martes, 3 de julio de 2012

La única novela de Antonio Alatorre
Por: Federico González
Antonio Alatorre (Autlán, Jalisco, 1922-Ciudad de México, 2010) sólo escribió una novela y fue esta. Su publicación no es un asunto menor. De hecho, podría decirse que es uno de los mayores rescates del año. El problema es que este autor políticamente incorrecto no goza de las bondades que implica ser un escritor mediático.

El ensayista y filólogo se ocupó de sendos estudios sobre el idioma; crítico de la academia, defendió la vitalidad del lenguaje que se construye y transforma en las calles.

Salvo en este ejercicio, nunca incursionó en la narrativa. Es más, la obra quedó inconclusa y fueron sus hijos Silvia, Gerardo y Claudio quienes la terminaron añadiendo un pequeño marcado en cursivas.

El protagonista es Guillermo, una suerte de alter ego del propio Alatorre. Desde el principio el personaje se advierte a sí mismo, pero también al lector: “Lo que pasa, Guillermo, es que no tienes pasta de novelista. Decididamente, no. Y lo más sensato es borrar todo eso de la envidia que me dan los que al escribir lo tienen todo estructurado y compacto. La envidia está fuera de lugar, pues no pertenezco a la misma especie que ellos. Pertenezco más bien a la especie de los memorialistas”.

La única columna vertebral es la memoria y las evocaciones que el narrador hila a lo largo de las páginas. Algunos pasajes en Autlán, su educación religiosa, la transición de la niñez a la pubertad y su despertar a la sexualidad, su pasión por el idioma... son escalas dentro del soliloquio trazado por el personaje/autor.

Las coincidencias biográficas no son fortuitas. A través de la ficción transpiran elementos biográficos, que más que escritos en clave son una abierta exposición personal.


Rigor

En 1937, durante su estancia en la calle Calvario de Tlalpan, Guillermo conoció sin saberlo a la migraña: “Es una invasión poderosa y terrible, una dentellada reluciente, azul y amarilla. Se mueve en un zig-zag anguloso y rapidísimo, de arriba a abajo, pero nunca se agota”.

El padecimiento lo visitará a lo largo de su vida y, lejos de hacerla a un lado, aprenderá a convivir con ella, a confrontarla por medio del estudio y el conocimiento. ¿Es posible pensar en una analogía migraña/lenguaje/vida?

“La migraña tiene mucho sentido. Más que un rebosar de azogue luminoso y colorido, es rebosar de significado. La migraña es mi contradicción, mi condena, mi desgarramiento”, escribe.

A la par de la riqueza testimonial de la novela, se encuentra el placer que produce la lectura de una obra escrita con una paciencia de orfebre, a la que no le sobran palabras; rigurosa, como pocas, en términos lingüísticos y capaz de producir un efecto similar al que nos deja un buen vino en el paladar.

Otros títulos de Antonio Alatorre son Los 1001 años de la lengua española y Ensayos sobre crítica literaria.

Antonio Alatorre, La migraña, Fondo de Cultura Económica, 93 pp.
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Fuente: Vértigo / México / Distrito Federal Versión para imprimir