sábado, 5 de mayo de 2007

RICARDO ELIZONDO ELIZONDO: NARRATIVA DEL DESIERTO
Por: Andrea Rivera Villegas

Leer a Ricardo Elizondo Elizondo (Monterrey, 1950) equivale a experimentar un variado espectro de emociones sin hacernos conscientes de las palabras. Parece como si las desapareciera y nos transportara directamente al paisaje emocional de sus cuentos y novelas. Nacido en el norte de México, Elizondo es uno de los cinco escritores cuya obra constituye desde los años ochenta la llamada “narrativa del desierto”. Además de él, autores como Daniel Sada (Baja California), Gerardo Cornejo (Sonora), Jesús Gardea (Chihuahua) y Severino Salazar (Zacatecas) han retratado la vida, la transformación de ciudades y pueblos establecidos en la frontera norte mexicana.

La narrativa de Ricardo Elizondo es plenamente reconocida como escenario literario del noreste de México en su dimensión histórico-cultural. Las novelas Narcedalia Piedrotas (1993) y Setenta veces siete (1987), de la que en este abril se cumplieron 20 años de su publicación, son hoy cátedra universitaria, materia de análisis de aquella región. Su obra se compone de dos colecciones de cuentos: Relatos de mar, desierto y muerte (1988) y Maurilia Maldonado y otras simplezas (1988). Los sefarditas en Nuevo León (1987), Ocurrencias de Don Quijote (1992) y su Lexicón del noreste de México (1996) son otros libros importantes. De su pasión por la fotografía, afición heredada de su padre, Elizondo ha hecho investigaciones imprescindibles; de ahí surgieron los libros Monterrey, una visión fotográfica, Regiomontanos 1900 y Polvo de aquellos lodos. Elizondo además posee una interesantísima y vasta colección fotográfica del siglo XIX. Asimismo, se le han encomendado trabajos sobre la historia de empresas (de la cerillera La Central) y de instituciones (la cárcel de Lecumberri). En 1999 elaboró una edición conmemorativa del centenario del Palacio de Lecumberri (Lecumberri, ángel y escorpión: galería fotográfica del último día), con fotografías de Arturo de Córdova. Esas imágenes, testimonio de la población que habitó el penal durante más de 70 años, van mostrando su transformación “rincón por rincón” en el Archivo General.

También historiador, Ricardo Elizondo debutó hace unos años como dramaturgo con El indio muerto (1985) y Chanclas de oro (1986). “Dos obras con bastante éxito”, refirió el autor en conversación telefónica desde Monterrey. “Siempre me he interesado por difundir nuestra identidad cultural”. El indio muerto es una historia de odio y de desprecio entre una tribu de indígenas ganaderos y pobladores españoles, de intransigencia, severidad e intolerancia de esos españoles asentados en la parte norte de nuestro país hacia aquellos indios que les cobraron sus tierras arrebatadas en sangrientas luchas. Una adaptación libre de la obra Madre coraje, de Bertolt Brecht, Chanclas de oro se desarrolla durante la guerra de los cristeros. Elizondo describe cómo es la vida en un ambiente de guerra, cómo se comercia con el dolor y la muerte y los beneficios económicos que ésta depara a algunas personas.

20 años de Setenta veces siete

La identidad local, pero la familia sobre todo, figuran como eje principal de Setenta veces siete. No son más importantes la política ni los asuntos sociales o de negocios ––temas igualmente abordados–– que el seno familiar. En esa novela se percibe a un escritor sensible. Elizondo se descubre sabio del desierto, con vasto conocimiento sobre plantas medicinales, historia y filosofía. Anecdotario de personajes valientes a fuerza de sobrellevar la vida, el autor despliega poderosa habilidad en la resolución de las vicisitudes familiares: siempre de manera discreta, en la intimidad, con el corazón y la razón presentes. Durante la trama hace interesantes analogías: une emociones a procesos orgánicos. La envidia indigesta a sus personajes, entre otras cosas. La mayoría de ellos se expresa de manera directa; son claridosos, utilizan muletillas y toda clase de construcciones idiomáticas a la hora de echarse en cara la puritita verdad. Pese a ello, Elizondo es un autor elegante, delicado y respetuoso ante lo obvio. Y bastante divertido por simple. Si no: el caso de la vieja Nicolasa (personaje al que le debe el título y cierra la novela): nunca enamorada, jamás llorosa, de mente ágil y solitaria. Mujer llena de “pura bondad sin sentimiento”, regía sus actividades cotidianas por la luz del sol reflejada en el suelo: la hora de comer, la de guardar a los animales… Y si está nublado “no hago nada porque no sé qué hora es”, decía alzada de hombros.

No se confunda a Elizondo con un autor al que le da por la sensiblería; él está muy por encima de eso, es conocedor de las naturalezas humana y mundana. De ahí las características de sus personajes: Carola, de “mirada directa”, sin parpadear nunca. Cosme, “serio, bien intencionado, de los que se entregan conscientemente a un solo cariño”. Ramón, diligente y valiente, alocado “gato enamorado”. Agustín, “con aire suave y simpático de educado niño rico, mente de cuarzo con alma de pan de almendra, dulce pero inflexible”. Virginia, “una diabla”, mujer segura de increíble ingenio.

Cazador de palabras

“Toda mi existencia se encuentra enmarcada en la siguiente frase: ‘con la sangre en los confines y en el eterno amor por las palabras y la literatura’”, menciona Ricardo Elizondo con voz serena desde el otro lado del auricular. “Con la sangre en los confines”, así tituló su conferencia magistral impartida el 13 de marzo pasado en el ITESM-Monterrey como parte de la Cátedra Alfonso Reyes. Elizondo, quien es director de la Biblioteca Cervantina y Patrimonio Cultural de ese campus, de alguna manera justificó ciertas características de la tradición oral de la región norte de México: “Cuando comenzamos éramos considerados escritores de mal gusto, rancheros, porque nos interesábamos por cosas ordinarias. Pero creímos que eso era parte de nuestro ser y que era la única manera de poder estar en los demás”.

Desde niño mantiene viva la “preocupación” de recopilar y aprehender el vocabulario. “Hace 40 años comencé a recorrer los estados de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. Conozco todos los pueblos de esos tres estados. Me fui con un saco de dormir a juntar palabras y era yo muy discreto para que la gente no se diera cuenta de que las andaba cazando”, comenta gustoso el autor, miembro informante de la Academia Mexicana de la Lengua. De esa investigación salió su Lexicón del noreste de México (FCE, col. Tezontle, 1996), del que Google le ha solicitado los derechos para subirlo a la red. “Probablemente ––aclara el autor–– en tres meses ya se pueda consultar. Debo decir que el Diccionario Panhispánico de dudas, editado el año pasado, ha tomado mis novelas como fuente de autoridad”.

Pliegues en la membrana del tiempo, fotografía y correspondencia en la frontera norte (1840-1870), publicado el año pasado por el Fondo Editorial de Nuevo León, es el libro más reciente de Elizondo. Considerado “tesoro de la identidad norteña del siglo XIX”, el volumen muestra las técnicas más primitivas con que se fotografiaron a familias de Cadereyta, Santiago, Linares y Monterrey. También se analiza el género epistolar y el funcionamiento del correo como la forma tradicional de comunicación a distancia en aquel tiempo.
Fuente: Laberinto de Milenio Diario / MEXICO / Versión para imprimir