viernes, 24 de mayo de 2019

El bello libro de tu infancia
Por: Rael Salvador
En el selecto universo de los libros –lugar donde la lógica se hinca ante la imaginación– existe el mágico mundo de las ediciones infantiles, vasto y reconfortante territorio donde, por un lado, ilustradores y escritores cumplen con la grandeza celeste a partir de su propia luz, para que los lectores gocen, sin límite alguno, del atesoramiento cósmico de todas las fantasías.

Porque, como decía la poeta Muriel Rukeyser, “el Universo está hecho de historias, no de átomos”, y cualquier cosa que surca los sueños “es nuestra para darla”.

Tintas, trazos, delineamientos, hallazgos en el horizonte de la hoja, lienzos escurridizos, palabras que se desdibujan para transformarse en memoria, jóvenes tratados de armonía, nuevas estas del color, conguraciones, constelaciones, una retro-cognición del Ser donde no necesitamos hacer poesía, porque la poesía es la infancia misma… ¡Sencillez profunda en toda liviana complicación de nada!

De esa volubilidad de mundo, donde todos somos niños antes de volver a ser hombres, la creatividad conforma un reino que ofrece cobijo cada vez que se abre el libro y nos sumergimos en la calidez de sus páginas. Recorrido que va desde el aprendizaje del terciopelo nocturno a la luminiscencia exquisita del descubrimiento de cualquier misterio.

En estas ando con las ediciones del género, rearmando la biblioteca de mi escuela (que en su frontispicio llevará el nombre del maestro, poeta y amigo “Luis Pavía López”) cuando en la librería doy con los especiales de A la Orilla del Viento (Fondo de Cultura Económica) y me topo con el inigualable Oliver Jeffers (Australia, 1977), autor de una amplia gama galáctica, donde la belleza es un mensaje de alquimia, incendio celeste que bautiza las maravillas del ingenio para transmutarlas en vida de papel: Una niña hecha de libros, Aquí estamos. Notas para vivir en el planeta Tierra, El misterioso caso del oso, El corazón y la botella, Atrapados, Cómo atrapar una estrella, Perdido y encontrado, El día que los crayones regresaron a casa (a cuatro manos con Drew Daywalt, quienes tienen también el Best Seller El día que los crayones renunciaron), por citar parte de la colección.

Cuando era una curiosidad de niño, apto para el mundo sensible y los pinceles –mi madre comó siempre que el arte sería mi ruta estelar–, me esmeré por ilustrar el bello libro de mi infancia. Consciente que al principio fue el palimpsesto (libro rehecho en otro libro), en la lejanía del tiempo pasado observo nacer la vocación de editor: reacomodo las páginas de otras ediciones, pego recortes de periódicos y encabezados de revistas, fotografías ajenas y dibujos de autoría personal, a partir de mi particular interés y gusto. La decencia no deja de ser hermosa.

Recuerdo que Sartre decía de Merleau-Ponty: “Nunca se recuperó de una infancia feliz”. Puntualizo con Oliver Jeffers y su elevada cátedra de sentimientos, vinculada con esmero a su exposición creativa, conando que sus trabajos –tanto argumentales, narrativos y pictóricos, acuñados en estas inmejorables presentaciones del FCE– serán un liviano respiro espiritual en las manos de pequeños lectores, sin descartar que los profesores –gustosos de sus saberes y llevando un romance con los libros– promocionen el placer por la lectura, fascinados por el bien mínimo de conocer otros universos
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Fuente: elvigia.net / México / Ciudad de México Versión para imprimir