viernes, 24 de mayo de 2019

La literatura gris que escribe un académico
Por: Ronal Castañeda
Le gusta pensar en un optimismo trágico porque, aunque la humanidad esté reventada, eso dice, cree en la esperanza, la cultura y el progreso. Para este antioqueño el hombre tiene redención.
Alejandro Gaviria creció en Medellín, hizo su bachillerato en el Instituto Jorge Robledo y se graduó de la Escuela de Ingeniería de Antioquia. Quiso explorar un nuevo ámbito y decidió hacer una maestría en Economía en la Uniandes. “Pasaron 15 años desde que llegué a Los Andes como un ingeniero desubicado a ser decano de la Facultad de Economía”. Pasaron 30 años para volver como rector, sin que lo sospechara.

También escribe. Lo hace por una “persistente locura” y como una empresa humana que le apasiona. Su nuevo libro, Siquiera tenemos las palabras, muestra al bibliófilo, al cazatesoros de librería, al ávido lector.

Ha dicho que Alguien tiene que llevar la contraria lo escribió un reformista, Hoy es siempre todavía un hombre que cuenta su experiencia. ¿El que hizo Siquiera tenemos las palabras es un funcionario, un académico o un lector?

“Un académico que quiere conectarse con un debate más amplio. Hay una gran paradoja. Si fuera a incorporar esa publicación a mi hoja de vida, se tomaría como ‘literatura gris’, esto es, algo que no le está aportando a la academia. Digámoslo de esta forma: ‘Es un libro de un académico rebelde que cree que en la literatura gris porque es relevante y cumple una función”.

Esas tres publicaciones son como compilaciones de sus obsesiones intelectuales. ¿Qué ocurre en el más reciente?

“Los tres tienen el mismo hilo, son lecturas compartidas. De alguna manera, abordan la literatura para los problemas de las sociedades modernas. No es un libro para expertos de hermenéutica o teoría literaria, sino que relaciona mi experiencia con otras publicaciones que he leído”.
Los temas en los ensayos del libro se sobreponen. Puede traer un poema de Borges y compararlo con un análisis económico para hablar de cambio social...

“Siempre me ha gustado hacer ese tipo de conexiones críticas, aunque no son muy comunes en la academia. Me gusta juntar la reflexión de un economista con un poema de Jorge Luis Borges, así funciona mi mente porque soy un académico de día y un lector de noche. Y también creo que las dos se combinan”.

El texto parece que muestra, más que literatura, su amor por ella.

“Así es. A veces, cuando le dedico un libro a una persona, veo en su rostro que comparte mi amor literario. Para esos momentos tengo una dedicatoria estándar: ‘A Fulanito, con quien comparto mi amor existencial por la literatura’. Todos tenemos preguntas. La poesía y las ficciones nos dan ciertos momentos de lucidez, formas de entender el significado de las cosas”.

¿También se convierten en un mecanismo de defensa o un tipo de resistencia?

“Yo digo que no solo produce cierta felicidad, sino hasta calma existencial. Eso he querido transmitir en mis textos”.

¿Qué le devuelve un Orwell, un Joseph Brodsky, un Joaquim Machado, autores que cita en Siquiera tenemos las palabras?

“Tienen grandes enseñanzas. Han mirado ciertos momentos difíciles de la humanidad y han visto ciertas locuras colectivas, han levantado la mano y han llamado la atención. Cuando George Orwell habla de la corrupción del lenguaje se da cuenta de las implicaciones que puede tener y, en el fondo, hay una crítica social sutil. Justamente hablamos del escritor Machado de Assis cuando hace poco Bolsonaro, el presidente de su patria, sugirió que las humanidades y las ciencias sociales no deberían ser parte de la educación superior ni tener fondos.

Es como si hubiera una clarividencia en Machado de Assis, por lo menos una relevancia nueva de sus ideas. Cuando uno lee el cuento El alienista, de 30 o 40 páginas, de verdad creo que se debería meter en un nochero al lado de la Biblia y del directorio telefónico de los hoteles. Ese texto sugiere la facilidad con la cual perdemos los libertades y cierta servidumbre voluntaria que ha acompañado la experiencia política de los seres humanos”

¿Qué está leyendo ahora?    

“Tengo varios libros de poesía sobre la mesa. Curiosamente, hay una conexión entre Siquiera tenemos las palabras y Aldous Huxley, a quien estoy leyendo bastante en este momento. Me encontré un texto al que quiero hacerle una suerte de arqueología literaria. A partir de una carta que le escribió a un colombiano, Míster Ibañez (no sé quién es todavía), con un texto que se llama predicciones sobre el progreso, en el que le dice que le quiere hacer un homenaje a la cultura latinoamericana. Quiero desentrañar esa historia. Ahora estoy leyendo Las puertas de la percepción de Huxley. Me imagino escribir un ensayo de 30 o 40 páginas, si las nuevas obligaciones me dejan tiempo, en el que hablaré sobre cómo el autor puede salvarnos, un título que suene grandilocuente e irónico”.

Y la poesía...

“La leo siembre. Tengo aquí sobre mi mesa en la universidad un libro que se llama Un mar de piedras, del poeta chileno Raúl Zurita. Luego de mi doctorado en Estados Unidos, volví a leer al poeta y cuentista norteamericano Raymond Carver. Traduje un poemita suyo en un encuentro que tuvo con Murakami, por allá en los 80 cuando era un aspirante a escritor. Ahí sigo, sacándole tiempo a las obligaciones”.

Se ha declarado bibliófilo, cazatesoros y lector empedernido. ¿De dónde viene esa fascinación?

“En la casa crecí con una biblioteca, pero tuve varios complementos. Recuerdo mi primer trabajo como ingeniero en Medellín, donde ahora queda Sudamericana. Solía salir a una pequeña librería que se llamaba La Mesa del Silencio, no a comprar libros sino a estar ahí. Cuando estaba estudiando el doctorado, me alejaba un poco de las ecuaciones y los números y me iba a una librería o biblioteca a mirar libros. Fui como decantando ese gusto y luego me hice amigo de libreros en Bogotá para desentrañar las historias que hay en los libros viejos, una afición que siempre he tenido”.

¿Cómo le llegó la noticia de su asignación como rector de Los Andes?

“Ha tenido una repercusión mediática más grande de lo que imaginaba. Hay muchas esperanzas sobre el nuevo papel renovado en la universidad. Por ahora, estoy entendiendo las repercusiones mediáticas y el interés que ha suscitado este cargo. Quiero trabajar por tener una universidad más diversa. Esta es una universidad cural donde las ideas pueden discutirse, es, si se quiere, una institución paradigma del pensamiento crítico”.

¿Y hacia qué lugar debe ir esa universidad?

“En algunas de las entrevistas que me hicieron los miembros del Consejo Superior dije que nuestro papel no era defender el statu quo ni el establecimiento sino todo lo contrario. He enfatizado en el humanismo como una reflexión sobre la experiencia humana, sobre todo porque hay corrientes contrarias en nuestra sociedad, como el tema de Bolsonaro. La cultura, las humanidades y la ciencia pueden alcanzar y reflexionar sobre nuestros problemas cotidianos”.

¿Qué desafíos enfrenta el hombre del siglo XXI, en un momento tan contradictorio como el de hoy?

“Es una pregunta muy amplia y quisiera ser modesto. En El gran escape, del premio nobel de economía Angus Deatonh, recién publicado por el Fondo de Cultura Económica, se da cuenta de esos grandes avances de la humanidad. Muestra que estamos viviendo un ‘gran escape’ del hambre, la ignorancia y la enfermedad.

La humanidad ha dejado atrás esos problemas, pero ahora enfrenta otros, como los que en los círculos ambientalistas se llama ‘la gran aceleración’. Entre ellos se discute cómo ha crecido la emisión de gases de efecto invernadero o cómo hemos deteriorado los ecosistemas.
Lo que planteo es cómo hacer compatible ‘el gran escape’ con los límites planetarios. Esa aparente contradicción está en los objetivos de desarrollo sostenible [del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo] y para mí, como liberal, es inquietante”.

¿Por qué?

“Si uno lee lo que se está escribiendo de una cosa y de la otra, de cómo el gran escape y la gran aceleración pueden ser compatibles, se da cuenta de que no necesitamos cambios radicales sino solo modificar la forma como vivimos en el planeta. Debemos ver esa necesidad urgente y conciliar las dos cosas. Seguir nuestro tránsito hacia una existencia mejor y ver esa realidad insoslayable porque estamos llegando a un límite peligroso que nos puede llevar a un retroceso. Ese es el gran dilema que creo tenemos en la humanidad”.
Fuente: elcolombiano.com / Colombia / Versión para imprimir