jueves, 9 de agosto de 2012

Plural, boceto de una revista intelectual
Por: Antonio López Mijares
El objetivo de este artículo es mostrar la presencia de la revista Plural en los escenarios públicos de México en la primera mitad de la década de los años setenta, y el papel e influencia que ejerció a través del registro e interpretación de cuestiones políticas, sociales, económicas, culturales que preocupaban por entonces a los mexicanos.

Puede resultar interesante para los lectores de hoy acercarse a una revista de cultura que apareció en un entorno concreto para responder a determinadas necesidades de expresión y difusión cultural. Plural asumió claramente por voz de su director, Octavio Paz, un programa de puertas y ventanas abiertas al tiempo real del mundo, con el afán de “airear” esa habitación cerrada y de atmósfera ya enrarecida que era nuestro país –según apreciación de Paz y otros mexicanos– en los años de apogeo del sistema político mexicanos y de las ilusiones suscitadas por el progreso económico con estabilidad social.

Plural, además de ser una revista innovadora en temas de arte y literatura, fue también una revista política que defendió con firmeza las convicciones de su director y del círculo intelectual que contribuyó a definirla; dichas convicciones, sin duda no del todo homogéneas, encontraban un denominador común en la idea de que México –y el conjunto de los países latinoamericanos– debía abandonar el lastre histórico de sus herencias autoritarias para convertirse en una sociedad de ciudadanos, lo que suponía y demandaba la consolidación de una vida pública digna de ese nombre.

Puede afirmarse que la publicación mensual auspiciada por el diario Excélsior contribuyó a la formulación y puesta al día de una agenda temática novedosa, que incluía planteamientos referentes al medio ambiente, a los límites del crecimiento y a la crisis del modelo industrializador en Oriente y Occidente; cuestiones éstas que en su momento enriquecieron nuestra visión sobre lo que podía ser un legítimo proyecto de desarrollo, erosionando nociones arraigadas sobre las condiciones de la modernización y las ilusiones de progreso incesante.

Con el proyecto de Plural y su empeño explícito en pensar y modificar su circunstancia mediante las ideas y la crítica, se suscita la cuestión del papel desempeñado por nuestros intelectuales en la política nacional desde el siglo XIX. ¿Cuál es su lugar en la creación de una vida pública, es decir, de ese espacio donde los ciudadanos, por lo menos en un plano formal, deliberan para tomar decisiones de índole política desde la autodeterminación? O menos idealmente, ¿cómo evaluar sus responsabilidades en la legitimación de la razón de Estado y en la exaltación del poder por el discurso? Vale la pena situar el tema en el contexto de la aparición de esta revista cultural. 


OCTAVIO PAZ Y PLURAL

Octavio Paz regresa a México en 1971 luego de una ausencia por doce años que lo llevó, entre 1959 y 1971, a vivir en Francia y la India, donde cumplió funciones diplomáticas, incluyendo la de mayor jerarquía –embajador de México en Nueva Delhi desde 1962– y luego a Inglaterra y Estados Unidos, país en el que impartió conferencias en diversas universidades.

Su vuelta a México tiene varios propósitos, entre los cuales está el de promover la circulación de ideas y elevar el nivel del debate sobre los diversos proyectos de país; alentar la participación política con una perspectiva claramente democratizadora, revisar con ánimo crítico actitudes e instituciones hasta ese momento consideradas inamovibles; se propone también alentar el diálogo de los artistas e intelectuales con sus pares de otras latitudes; sobre todo aspira a poner en evidencia la para él ya inocultable petrificación del proyecto revolucionario, lo mismo que el autoritarismo de sucesivos gobiernos emanados del Partido Revolucionario Institucional (PRI), incapaces a su juicio de asumir los cambios profundos ocurridos en los últimos decenios, que afectaban sobre todo a las generaciones beneficiarias de la educación masiva y del acceso creciente a fuentes alternativas de información.

También regresa con el objetivo de sumarse a los esfuerzos de un sector de la intelligentsia de izquierda –Heberto Castillo, Demetrio Vallejo, Luis Tomás cervantes Cabeza de Vaca, Carlos Fuentes, Gastón García Cantú, Víctor Flores Olea, entre los más destacados– para crear un partido político de tinte social-demócrata, con un programa progresista y al mismo tiempo comprometido con el ejercicio de las libertades públicas. La alianza entre la izquierda nacionalista y la inteligentsia liberal nunca llegaría a cuajar; de hecho, las diferencias se acentuaron conforme el sistema político entraba en crisis y obligaba a definiciones perentorias sobre el futuro deseable de la democracia mexicana.

En este sentido, la respuesta unívoca del régimen político al pliego petitorio del Comité Nacional de Huelga –respuesta que exhibía una profunda incomprensión hacia los alcances (y límites) de la protesta estudiantil–, daba la razón a los observadores nacionales y extranjeros del escenario mexicano, quienes señalaban la escasa capacidad de respuesta del sistema político, tan celebrado por teóricos y prácticos, ante el reto que suponía la revuelta de una parte significativa de las clases medias.

En una entrevista concedida al diario Excélsior a mediados de 1972, Octavio Paz (citado en Marie-José Paz, et al., 2001: 7-15) afirma que sus ideas, especialmente el sentido de su reflexión política sobre México en particular y sobre los dilemas de la civilización contemporánea en general, de manera específica para el caso de América Latina, podían ser encontradas en Posdata, donde hacía un análisis doble, social y político por una parte, histórico y psicológico por otra (este último muy criticado por sus recurrencias al inconsciente y al peso del mito y de los símbolos para interpretar la pretendida fascinación de los mexicanos hacia el poder). Además, tanto en su intervención en la mesa redonda “México: presente y futuro”, en Harvard, acompañado por Jhon Womack y Frederick C. Turner, estudiosos de México (Plural, núm. 6, marzo, 1972); como en la carta a Adolfo Gilly (Plural, núm. 5, febrero, 1972), da cuerpo a sus ideas sobre el régimen político mexicano, al que considera una variante de las burocracias políticas autoritarias del siglo XX, pero también el producto de los particularismos de nuestra historia profunda, visibles en las actitudes colectivas de sumisión/fascinación hacia el poder y sus usufructuarios sucesivos: el tlatoani, el caudillo, el licenciado.

LA CIRCUNSTANCIA MEXICANA

La respuesta del régimen a la rebelión estudiantil de 68, prueba manifiesta de la incapacidad del Estado revolucionario para confrontar y articular de manera constructiva la complejidad de los diversos países que pervivían en México, suscitó reacciones disímbolas entre los intelectuales mexicanos: el apoyo reciente o explícito de escritores como Agustín Yáñez, entonces Secretario de Educación Pública, Martin Luis Guzmán, José Luis Martínez, Mauricio Magdaleno, entre otros; la aquiescencia discreta –no por ello menos notoria– de gran parte de los intelectuales vinculados a las tareas públicas; y también la abierta inconformidad  de una minoría encabezada por Fernando Benítez, Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco y Gastón García Cantú, quienes denunciaron desde las páginas de “La Cultura en México”, suplemento cultural de la revista Siempre!, la reacción gubernamental hacia la disidencia y, sobre todo, debatieron las razones del México institucional y de sus voceros, comprometidos a fondo en la defensa a ultranza de la estabilidad, es decir, de la hegemonía del Estado y su partido sobre la vida pública.

Octavio Paz renunció a su puesto diplomático y al Servicio Exterior, luego de conocerse los sucesos trágicos del 2 de octubre en la Ciudad de México. Enseguida hizo declaraciones críticas hacia el gobierno y el sistema político imperante; señaló la petrificación del régimen y su involución social; advirtió sobre las consecuencias negativas que tendrían en las siguientes décadas la carencia de alternativas democráticas sobre todo entre lo jóvenes, propiciándose con ello la violencia como respuesta a la esclerosis del régimen. Tlatelolco, el espacio donde se condensa el mito y la tragedia para la memoria colectiva el destino del movimiento estudiantil y su disolución por el crimen, despierta la ira y la imaginación creadora del poeta, que escribe “México: olimpiada de 1968”, incluido en el libro Ladera este, y cuya estrofa, “Los empleados/ Municipales lavan la sangre/ En la Plaza de los Sacrificios”, parece manifestar, en su irónico laconismo, el talante general hacia la insensata (¿calculada?) reacción gubernamental en la Plaza de las Tres Culturas. 

La inquietud de Paz por los dilemas que enfrentaba el país y por las cuestiones urgentes que afloraron con la rebelión estudiantil de 68, así como las salidas posibles que vislumbraba tanto para la solución del conflicto como para la ausencia de alternativas democráticas reales, se expresan con claridad en la carta que dirige a Antonio Carrillo Flores, entonces Secretario de Relaciones Exteriores, unas semanas antes de la matanza. Escribe Paz, refiriéndose a los estudiantes movilizados:

[…] estos grupos de un modo intuitivo encuentran que nuestro desarrollo político y social no        corresponde al progreso económico. Así, aunque a veces la fraseología de estudiantes y otros        grupos recuerde a la de jóvenes franceses, norteamericanos y alemanes, el problema es        absolutamente distinto. No se trata de una revolución social, aunque muchos de sus dirigentes sean    revolucionarios radicales, sino de realizar una reforma en nuestro sistema político. Si no se        comienza ahora, la próxima década será violenta (citado en Krauze, 1997: 358).    

Esas líneas, premonitorias en un sentido, del vaticinio sobre la violencia política que caracterizaría efectivamente la primera mitad de los años setenta en México, condensan el tono de lo que serán la prédica democratizadora y el talante crítico de los proyectos editoriales de Paz en los años siguientes.

LA REVOLUCIÓN SE BAJÓ DEL CABALLO

El México de los años cincuenta y sesenta, el de la Revolución institucionalizada (pues como dijera Miguel Alemán Valdez: “la revolución se bajó del caballo” para ser dirigida por hombres de traje y corbata), fue el del modesto pero innegable “milagro mexicano”, expresión poco original pero que sintetizaba con eficacia semántica la suma de transformaciones de la vida mexicana que había desembocado en un intenso (y desarticulado) proceso de urbanización, con significativas secuelas: secularización acelerada de sensibilidades y costumbres, ampliación significativa de las clase medias, acceso de porciones importantes de la población a formas de vida modeladas, en no escasa medida, por las imágenes tan persuasivas, entonces como ahora, del american way of life.

Culminaba así, en una evidente estabilidad económica y política cuyo único parangón histórico entre nosotros lo representaba el periodo porfirista, la larga hegemonía del partido oficial, obra principal de Plutarco Elías Calles (que Lázaro Cárdenas consolidó) e instrumento político mediante el cual el presidente la República imponía su designio, distribuía las prebendas y orientaba por cauces previsibles los potenciales conflictos entre los miembros de la “familia revolucionaria”. Transformaciones aceleradas las de nuestra modernización bajo una eficaz y benigna (con sus asegunes sonados) tutela autoritaria, la del Estado heredero de la revolución (cuya encarnación político-jurídica, a manera de texto sagrado es, por supuesto, la Constitución de 1917).

Esa eficacia manifiesta para conducir por sendas de orden –y control corporativo– las manifestaciones de la vida pública, fue caracterizada me manera ejemplar por Daniel Cosío Villegas en su análisis sobre el llamado sistema político mexicano, donde queda en evidencia la voluntad autoritaria que dosificaba, a partir de una política sabiamente oportunista, el palo y la zanahoria, la cooptación y la exclusión. 

La desigualdad económica y social, aunque acentuada por las consecuencias no previstas de la modernización, será, en este contexto, el pecado original de un modelo considerado en muchos sentidos ejemplar por algunos politólogos –entre ellos Samuel P. Huntington, quien en El orden político de las sociedades en cambio, caracteriza la capacidad inclusiva del régimen revolucionario, o Giovanni Sartori que lo clasifica como régimen de “partido hegemónico-pragmático”–, y observadores externos, unos y otros admiradores de la mezcla de autoritarismo, legitimidad y eficacia que lo caracterizaba. Esta desigualdad fue conceptualizada en la teoría de los “dos México”, de Pablo González Casanova en su libro La democracia en México, cuya primera edición aparece en el año de 1965.

El hecho de que la distancia entre los dos México, lejos de aminorar se hubiese ahondado luego de más de tres décadas de gobiernos supuestamente comprometidos con el progreso material de las mayorías, parece haber sido uno de los factores determinantes en la paulatina propagación de un creciente ánimo adverso entre personalidades y grupos intelectuales universitarios, políticos y sociales, aun dentro del establishiment revolucionario, hacia lo que se percibía como una traición de las nuevas élites dirigentes a los principios básicos del programa nacional-revolucionario. Dicho programa había encontrado su mejor definición –en su anti-imperialismo y en su reivindicación de los intereses de obreros y campesinos (y en la exaltación un tanto artificial de una cultura arraigada en “lo mexicano”)–, en el periodo de gobierno del general Lázaro Cárdenas, de 2934 a 1940, o más profundamente, en su herencia política, el “cardenismo”, expresión de un ánimo reivindicatorio de lo nacional y lo popular, que ha llegado hasta nuestros días a través de vertientes, grupos y personalidades que siguen influyendo en los derroteros y en el tono de la política nacional.

UTOPÍAS Y PROYECTOS.
UNA VITALIDAD DIFUSA

La inconformidad abierta o soterrada de algunos grupos intelectuales, empeñados desde diversas posiciones –aunque adscritas en su mayoría al amplio espectro de la izquierda política– en hacer la crítica del régimen político priista por su traición a los postulados radicales de la Constitución de 1917, y por considerarlo esencialmente antidemocrático en la medida en que se obstaculizaba por todos los medios el desarrollo de una ciudadanía participativa, no carecía de eco entre determinados sectores urbanos.

Los años sesenta ven la aparición, estimulada por el hecho latinoamericano más notable e influyente de esos años, la Revolución cubana, de diversos proyectos editoriales y periodísticos que reivindican, con todos los matices posibles, una diversidad de interpretaciones culturales y políticas sobre las causas profundas del subdesarrollo mexicano y latinoamericano, atribuidas en lo fundamental al vinculo dependiente de nuestras sociedades con el imperialismo norteamericano.

Proliferan las expresiones de una clase emergente de intelectuales desafectos del sistema político (aunque pocas veces, como en el caso de José Revueltas, marginados del mismo): revistas como el espectador Y Política, orientadas explícitamente al examen de la situación nacional desde una perspectiva de izquierda, donde colaboran Carlos Fuentes, Víctor Flores  Olea, Jaime García Terrés, Enrique González Pedrero, es decir, buena parte de la denominada “generación de medio siglo” (Krauze, 1983: 124-168) y la Revista Mexicana de Literatura, espacio de la alta cultura y de espíritu renovador; o agrupaciones políticas como el Movimiento de Liberación Nacional, que si bien efímeras, dan cuenta de un maridaje entre las ideas y el activismo político que será el estilo y el destino de buena parte de los intelectuales en los años sesenta y setenta. Asimismo son indicios claros de cambio generacional y cultural la fundación y el arraigo (relativizado por el pequeño número de lectores) de editoriales como Era, Joaquín Mortiz y Siglo XXI Editores, de amplia significación hasta el día de hoy en la configuración de las ideas dominantes entre los públicos letrados.

Predomina una vitalidad difusa aunque auténtica, un entusiasmo explícito hacia las potencialidades entrevistas del cambio social, por vía democrática o revolucionaria (esta última vía emblematizada en los procesos de descolonización que culminan a principios de los sesenta en África, pero sobre todo con las revoluciones socialistas, en alguna medida también nacionalistas, de China, Vietnam y Cuba). Se propaga con rapidez una necesidad, compartida por muchos, de ventilar con ideas y prácticas renovadas los espacios enrarecidos del poder político y de sus expresiones institucionales.

“La cultura en México”, suplemento de Siempre! que funda Fernando Benítez luego de su expulsión del diario Novedades (por su apoyo entusiasta, desde “México en la cultura” a la naciente revolución cubana), se convierte en la caja de resonancia de novedades artístico-literarias y en el ámbito por excelencia donde la crítica ilustrada denuncia el clima cultural (y moral) prevaleciente, los mismo que los rasgos autoritarios de un sistema que se percibe agotado, irreformable. El suplemento gana su prestigio cultural como el único órgano capaz de contradecir versiones oficiales u oficiosas de la “gran prensa” y en general de la inmensa mayoría de las publicaciones periodísticas nacionales sobre temas conflictivos: las secuelas de la represión a los movimientos reivindicatorios de médicos, maestros y ferrocarrileros, a fines de los cincuenta; los conflictos agrarios, en particular el asesinato de un líder campesino, Rubén Jaramillo y de su familia, que suscitaría la indignación de los sectores más informados y una célebre crónica de Carlos Fuentes; los reiterados y crecientemente fraudes electorales. “La cultura en México” opone, a la hora del conflicto entre los estudiantes y el gobierno, en 1968, la reflexión político-cultural y la denuncia de la represión ante el silencio general o la recurrente diatriba oficiosa. Sólo Excélsior, revitalizado en aquellos años por su director, Julio Scherer García, y esporádicamente El Día, son capaces de albergar voces disonantes sobre la situación del momento.

Desde entonces, Fernando Benítez, acompañado por Carlos Fuentes, Gastón García Cantú, Henrique González Rojo, Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco, gana su lugar en la historia política y cultural del país a través de un competente periodismo de ideas, acompañando la crónica cotidiana del país y dialogando con determinadas vertientes de la creación y la reflexión de la época. En este sentido, el papel de “La cultura en México” es inestimable.

UN INTELECTUAL POLÍTICO

En la entrevista al diario Excélsior de 1972, Paz puntualiza, respondiendo a la pregunta sobre sus presuntas afinidades con la posición de Carlos Fuentes es torno a la apertura política que emprendía en ese momento el presidente Luis Echeverría, “[…] para saber lo que piensa Octavio Paz hay que leer lo que escribe Octavio Paz. Mis cartas –mis textos– están a la vista: un pequeño libro, Posdata; dos artículos y una entrevista a raíz de la matanza del de junio de 1971; la Mesa Redonda con Womack y Turner, mi Carta a Adolfo Gilly en el número 5 de Plural. En esos textos trato de indagar la realidad contemporánea de México” (M. J., Paz, 2001: 12).

El poeta había recorrido hasta ese momento un largo camino intelectual para darle cuerpo a su visión política de México, desde los primeros textos estudiantiles, las revistas iniciales, Barandal y Cuadernos del Valle de México hasta sus notas periodísticas sobre la miseria del campesino maya, impregnadas de lirismo y al mismo tiempo comprometidas con una perspectiva politizada del problema agrario.

A fines de los años cuarenta escribe El laberinto de la soledad, condensación de su complejo vínculo con la propia tierra –“al escribir me vengaba de México; un instante después, mi escritura se volvía contra mí y México se vengaba de mí” (Paz, 1988: 29)–, aproximación analógica a nuestra historia donde se preconiza que los mexicanos, por primera vez “somos contemporáneos de todos los hombres”, dado que nuestra marginalidad histórica había sido transformada por nuevas realidades –las revoluciones, la descolonización, la intensificación de los intercambios–, y el cambio general nos llevaba del aislamiento a la intemperie, es decir, al desamparo del ser histórico, condenado, por así decirlo, a la contingencia y a la libertad, superando con ello los determinismos religiosos, doctrinarios, políticos que lo aprisionaban.

Después de El laberinto de la soledad, desarrolla con cada vez mayor amplitud y concreción sus juicios (y sus prejuicios) sobre el modelo político vigente y la burocracia gobernante, sobre las consecuencias de la modernización autoritaria y, obsesión fija, sobre el papel público de los intelectuales; a estos –sus genuinos interlocutores como hombre de ideas– les reprocha a lo largo de cinco decenios tanto su incapacidad para pensar e imaginar alternativas posibles al marasmo de la vida política mexicana, como a su fascinación por las soluciones radicales y el desdén de muchos por la democracia, única alternativa válida, según Paz, para dar respuesta a nuestros dilemas históricos y disipar nuestros fantasmas colectivos. Las siguientes líneas sintetizan su pensamiento sobre la misión del intelectual, pensamiento al que será fiel como protagonista de la vida política mexicana hasta el fin de sus días:

 Es comprensibles la obsesión de los intelectuales mexicano por el poder […] No predico la        abstención: los intelectuales pueden ser útiles dentro del gobierno… a condición de que sepan        guardar las distancias con el  Príncipe… Gobernar no es la misión específica del intelectual. El        filósofo en el poder termina casi siempre en el patíbulo o como tirano coronado […] Ahora bien, la    crítica es inseparable del quehacer intelectual. En un momento o en otro, otro Don Quijote y     Sancho con la Iglesia, el intelectual tropieza con el poder. Entonces el intelectual descubre que su    verdadera misión política es la crítica del poder y de los poderosos (Paz, 1987: 363-364).

Los años setenta y ochenta son de plenitud en su expresión política (y en su capacidad combativa): escribe un libro crucial sobre las vías muertas de la modernidad autoritaria en su versión mexicana, Posdata (1970), y reúne en dos títulos, El ogro filantrópico (1979) y los tres volúmenes de México en la obra de Octavio Paz (1987), su pensamiento sobre la sociedades contemporáneas, contempladas desde los ámbitos del arte, la cultura y la política. A través de esas obras, y desde un liberalismo crecientemente asumido, ajusta cuentas con el sistema político mexicano y con el socialismo real, por una parte, y con la que concibe, desde su concepción de la libertad de pensamiento, como la “disminución de los intelectuales”, sobre todo en América Latina, respecto de sus responsabilidades civiles en el esclarecimiento de los asuntos colectivos. Puede decirse que en estos libros da forma definitiva a sus miradas sobre México.

Octavio Paz vive los acontecimientos más significativos del siglo XX mexicano, acompañado durante décadas el proceso de institucionalización y modernización de la vida política y económica nacional, así como la creación, consolidación y deterioro de un sistema político.

El poeta y ensayista se convierte en un activo escritor político a raíz de los acontecimientos del 68 mexicano. Desde luego, la obra anterior del poeta explora las relaciones entre historia, palabra, erotismo y poesía, manifiesta en cierne las que serán, con el tiempo, convicciones políticas sobre cuestiones como la omnipotencia del  Estado y de sus burocracias, en cualquiera de sus versiones ideológicas; las contradicciones del capitalismo, más específicamente, en la sociedad post-industrial, entre el impulso de creación (erótico) y la racionalidad instrumental del sistema técnico-burocrático, y sobre todo los dilemas irresolubles planteados por el culto al progreso, tema éste que Paz desarrolla con atención específica al caso de México y de las ilusiones colectivas que se condenaban, con genuino  e intenso entusiasmo, allá por los sesenta, en el seguimiento y celebración de denominado “milagro mexicano”.

Sin embargo las posiciones de Paz no permanecen inalteradas: Si en Posdata enfatizaba el carácter esencialmente autoritario y antidemocrático del PRI, posteriormente y de manera gradual modificará su postura: de la desconfianza hacia las capacidades del sistema para reformarse y transitar hacia posiciones favorables al pluralismo y a la participación de todos los grupos políticos, Paz transita a posiciones menos hostiles, como en el caso de la aceptación explícita de las reformas privatizadoras emprendidas en su momento por Salinas de Gortari y –reproche significativo que le hacen algunos intelectuales– de su supuesta indiferencia hacia el equívoco resultado electoral de 1988 y la marginación de la izquierda en el sexenio del citado presidente.

Xavier Rodríguez Ledesma (1996: 286) pone de manifiesto ese sentimiento adverso a determinadas actitudes públicas de Paz: 

El Estado, nos dice Paz, debe autolimitarse en lo económico, debe abandonar su papel protagónico en el desarrollo de la economía mexicana, y así se ha hecho parcialmente en la última década. Por el otro lado, esa autolimitación se restringe únicamente al ámbito de lo económico, ya que en lo político el Estado mexicano se sigue abrogando el derecho de decidir y definir todo lo que se refiera a esta actividad, y en este ámbito Paz no se muestra tan claro y contundente en sus posiciones democráticas; véase si no su actitud de hace unos años para acá, especialmente desde 1988, frente a los graves conflictos electorales que se han presentado en nuestro país.

¿POR QUÉ Y PARA QUÉ PLURAL?

La importancia de la revista Plural como espacio de animación de la cultura mexicana en su tiempo parece no admitir demasiados reparos: los testimonios de sus contemporáneos confirman, a través de la abalanza, el denuesto o el diálogo razonado, que Plural era una referencia significativa para los lectores informados de la época, incluidas las diversas familias intelectuales.

Durante los 58 números en que fue dirigida por Octavio Paz (octubre de 1971 a julio de 1976) afirmó un estilo y un temperamento, una visión coherente sobre la cultura, la política, el arte que es preciso considerar al hacer el recuento de aquellos años, primera mitad de la década de los setenta, y de lo que representaron para nuestra historia política e intelectual.

Quizá la identidad de la revista respecto de sus prestigiosos referentes hispanoamericanos y europeos haya descansado en la función crítica que aspiró a desempeñar, simultáneamente con sus previstas responsabilidades en la difusión artística y literaria, función que se tradujo en un claro designio político: la reivindicación de la idea liberal y del modelo democrático representativo para México y Latinoamérica. Este rasgo supuso en los hechos una equidistancia respecto tanto de las revistas apolíticas, defensoras de la autonomía del arte y de la cultura ante las determinaciones sociohistóricas, como de aquellas que asumían una explícita vocación al servicio de ideas y planteamientos políticos. Plural fue, en ese sentido, una revista inequívocamente culturalista y literaria, que también asumió responsabilidades civiles.

Como indican los índices publicados anualmente (los correspondientes a cuatro años: de octubre de 1971 a septiembre de 1975), un porcentaje de sus contenidos no menos al 80 por ciento correspondió a ensayos y obras de creación literaria, antropológica, de artes plásticas y visuales, reseñas críticas, mientras que el 15 o 20 por ciento restante abordó temas nacionales e internacionales de economía o política.

Si bien la revista reflejó el pensamiento y los juicios de su director, no podía ser de otro modo, un somero análisis de sus contenidos a lo largo de cinco años, y de la trayectoria de sus colaboradores, algunos de ellos con un prestigio similar al de Paz, permite aseverar que Plural fue un proyecto plural, en el sentido de una coexistencia en sus páginas y sus secciones de posiciones distinta –a veces encontradas– sobre los temas que interesaron al director, a los colaboradores habituales, a los sucesivos consejos de redacción.

Cabe reconocer en este sentido que hay una mayor variedad temática, en cuanto a la inclusión equilibrada de literatura y arte, por una parte, y de cuestiones sociopolíticas e históricas por otra, en los primeros tres años de la revista que en los tres restantes, como indica la lectura de los índices generales y los específicos de cada número: en los años 1974, 1975 y 1976 la política, la historia, la reflexión sobre sociedades y temas relacionados con los dilemas en torno a la modernidad, pierden terreno a favor de la cultura artística en todas sus manifestaciones. Esta pauta es similar por lo que se refiere a la variedad de posiciones políticas de los colaboradores de Plural: es notoria dicha variedad en los primeros años, y tiende a disminuir conforme el énfasis liberal de las plumas y los contenidos (o distanciamiento frente a diferentes proyecciones del socialismo) va definiendo en mayor medida el perfil de la revista.

Plural fue una revista mexicana en el sentido no sólo de su procedencia e identidad editorial, sino sobre todo por la importancia cuantitativa y cualitativa de los temas nacionales en sus páginas: desde luego las artes, visuales sobre todo; la creación y la crítica literarias; también la aproximación multidisciplinar a los problemas de nuestra sociedad en su conjunto, desde perspectivas que incorporaban categorías de análisis ahora habituales y entonces novedosas, entre ellas el “desarrollo integral” o “sustentable” y nociones como la de “sociedad de consumo”.

Comparto con Francisco José Paoli Bolio (2002) la percepción de que Plural fue una revista mexicana inscrita en una tradición política y en una genealogía cultural específica, donde cosmopolitismo y compromiso con la propia circunstancia se entrelazaron para caracterizar los afanes “regeneracionistas” de los intelectuales que asumieron como propósito ético e intelectual la puesta al día de México entre las naciones modernas.

Un somero análisis de los temas y colaboraciones que abordaban diversos aspectos de la vida política en México muestra que las referencias principales se centran en unas pocas cuestiones, la mayoría relacionadas con las características del sistema político entonces vigente y con las consecuencias del llamado “desarrollo estabilizador”. Es notorio el peso de la vertiente política en Plural: de un total de 766 colaboraciones, 127 abordaron cuestiones políticas, económicas y sociales relacionadas directamente con México (un 16.6 por ciento del total). Este porcentaje se incrementa notablemente si se toman en consideración sólo las 335 colaboraciones sobre tema mexicano: entonces el porcentaje se eleva a un 38 por ciento; es decir, más de una tercera parte de las referencias a México en Plural eran de índole sociopolítica y económica.

Por lo que se refiere a quienes escribieron en la revista: el colaborador más asiduo fue Gabriel Zaid, con 35 colaboraciones, 28 de las cuales aparecieron en su columna desde agosto de 1973, Cinta de Moebio; el resto fueron ensayos y artículos. Octavio Paz asumió la autoría de 18 colaboraciones, 13 de las cuales aparecieron en la sección Letras, letrillas, letrones, dedicada a registrar –y con frecuencia a satirizar– hechos y personajes de la vida nacional e internacional, hay otras 20 colaboraciones anónimas sobre cuestiones políticas mexicanas en dicha sección de que puede sospecharse con sólidos fundamentos que fueron escritas por Paz. El tercer autor más asiduo en la páginas de Plural fue Daniel Cosío Villegas, con doce artículos y ensayos, la mayoría sobre los rasgos característicos del sistema político mexicano; siete de estos aparecieron en su columna Compuerta. Otros escritores con presencia esporádica a lo largo de los 58 números fueron Luis Villoro, Carlos Fuentes, Gastón García Cantú, Fernando Pérez Correa, Rafael Segovia.

Por otra parte, algunos “momentos políticos” registrados en Plural, considerando el interés que mantienen por su tratamiento, y asimismo como indicios de lo que entonces interesaba o preocupaba a un sector de nuestros intelectuales y lectores en cuestiones sociales y políticas.

Entre estos momentos significativos destaca la aproximación a los dilemas del desarrollo mexicano, en el marco conceptual y político que abrió el Club de Roma con sus aproximaciones a la viabilidad de las sociedades industriales desde una perspectiva ambiental; Plural incluyó en sus páginas el tema, a través de ensayos, artículos y reseñas de autores como Luis Villoro, quién además de escribir un ensayo de prospectiva, “Variables para el futuro”, presentó el libro Los límites del crecimiento, obra pionera sobre la depredación de la naturaleza en nombre del progreso. También las colaboraciones de Victor L. Urquidi ofrecieron un panorama global sobre los desequilibrios causados por la dilapidación de recursos naturales.

La crítica más certera a las proyecciones ideológicas del progreso y de la modernización en su vertiente mexicana provino de Gabriel Zaid, quien en las 28 Cintas de Moebio aparecidas se las arregló para demoler por la vía del humor, el absurdo y la paradoja las ilusiones, las coartadas intelectuales y los costos tangibles de nuestro progreso y de sus protagonistas: las élites universitarias, políticas, empresariales. Dichas colaboraciones dieron pie a dos títulos impresionantes de nuestra tradición intelectual moderna, El progreso improductivo y La economía presidencial.

Otra presencia significativa del debate político en la revista lo constituyeron los ensayos y artículos de Daniel Cosí Villegas, donde formula y adelanta tramos enteros de la que sería su célebre trilogía sobre el sistema político mexicano, integrada por El sistema político mexicano, El estilo personal de gobernar y La sucesión presidencial.

En el mismo sentido hay que mencionar algunas de las colaboraciones de Octavio Paz: la ya citada “Carta a Adolfo Gilly”, diagnóstico del escenario político nacional e internacional del momento y caracterización histórico-política de la revolución mexicana, así como las intervenciones en la mesa redonda de Harvard, “México: presente y futuro”. Son asimismo importantes las consideraciones vertidas en el ensayo “La letra y el cetro”, donde desarrolla sus ideas sobre la compleja relación entre política y literatura, y establece la que desde su perspectiva debe ser el papel de crítica e imaginación frente al poder. También destaca el que dedica a Cosío Villegas en el número 55 de la revista (abril de 1976), al mes del fallecimiento del empresario cultural e historiador: “Daniel Cosío Villegas: las ilusiones y las convicciones”, reconocimiento al legado intelectual y político de aquél.

Es de subrayar la presencia constante de la política en Letras, letrillas, letrones, la sección que Paz, sus allegados y algunos espisódicos invitados reservaron para la revisión de la política cotidiana en México y en el exterior. Entre otras colaboraciones: “Tapadismo y destapadismo”, de Salvador Elizondo; “Esa mayo…”, de Gabriel Zaid; “Información y participación”, presumiblemente de Rafael Segovia, varias de Octavio Paz: “Entre Viriato y Fantomas”; “El plagio, la plaga, la llaga”; “La doctora adulación”; “Bohemia y revolución”; “Elogios que matan”; “¿Hay salida?”; “El desayuno del candidato”. Colaboraciones anónimas (¿cuáles son las de Paz?) sobresalen por su oportunidad y su virulencia: entre ellas “Canción de la más alta torre” y “Los misterios del pedregal”, sobre los problemas que afectaban en ese entonces a la Universidad Nacional Autónoma de México.

Otros ensayos aparecidos en Plural sobresalen por su calidad intrínseca y por el acierto con que sus autores reflexionaron sobre temas de importancia pública: “Carreras de vida en la UNAM”, de Larissa Lomnitz; los escritos por Mario Ojeda (“I. La política internacional”), Carlos Bazderesch (“III. La política económica”), bajo el título común de “Ojeada a la situación de México”; “Los límites de la sucesión presidencial”, de Fernando Pérez Correa. También interesantes son “El estado mexicano del futuro”, de Manuel Camacho, “La particularidad autónoma de México”, de Jorge Hernández Campos; “¿Iniciativa privada o sector público? Las alternativas políticas de nuestro desarrollo”, de Víctor Flores Olea.

Incluyo, por último, una polémica de amplia repercusión en su momento sobre naturaleza del régimen echeverrista, que involucró a Carlos Fuentes y a Gabriel Zaid; el primero había escrito una suerte de manifiesto, “Opciones críticas en el verano de nuestro descontento”, donde razonaba la necesidad de apoyar al gobierno de Luis Echeverría ante las acechanzas supuestas o reales del fascismo; la respuesta del polígrafo regiomontano en su en su “Carta a Carlos Fuentes”, señalaba que lo que verdaderamente importaba en ese momento era, por encima de la defensa del régimen, promover la restitución integral de sus derechos cívicos a los ciudadanos mexicanos: “Si las circunstancias de la Realpolitik han hecho indispensable cierta ventilación pública, si la tenebra, para consolidar su juego, necesita soltarle poder a la luz pública, lo que a nosotros nos corresponde no es seguir ese juego para consolidar el adentro, sino para consolidar el afuera. Tratar de arrebatar la oportunidad de que haya un verdadero ‘cuarto poder’: de que haya una verdadera vida pública” (Plural, núm. 12, septiembre, 1972).

¿Acaso no es ésta una condensación cabal de lo que pueden hacer –de lo que se espera que hagan– los denominados “intelectuales” en las circunstancias mexicanas presentes, en este 2012, para reivindicar “una verdadera vida pública”?

REFERENCIAS
Krauze, E. (1983), “Cuatro estaciones de la cultura mexicana”, en E. Krauze, Caras de la historia, Cuadernos de Joaquín Mortiz.
Krauze, E. (1997), La presidencia imperial. Ascenso y caída del sistema político mexicano (1940-1996), México, Tusquets.
Paoli Bolio, F. J. (2002), Conciencia y poder en México. Siglos XIX Y XX, México, Miguel Ángel Porrúa.
Paz, O. (1987), México en la obra de Octavio Paz. Volumen 1. El peregrino en su patria. Historia y política de México, México, FCE.
Paz, O. (1998), Itinerario, México, FCE.
Paz, M. J. A. Castañón, D. Torres Fierro (eds.), (2001), A treinta años de Plural (1971-1976). Revista fundada y dirigida por Octavio Paz, México, FCE.
Rodríguez Ledesma, X. (1996), El pensamiento político de Octavio Paz. Las trampas de la ideología, México, UNAM/Plaza y Valdés. 

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Fuente: Metapolítica / México / Distrito Federal Versión para imprimir