domingo, 29 de julio de 2012

Científicos porfiristas
Por: Raúl Olvera Mijares
Alba y ocaso del Porfiriato,
Luis González y González,
FCE,
México, 2011.


En Alba y ocaso del Porfiriato, Luis González y González emprende una veloz aunque justa valoración de ciertos aspectos de la época porfírica. El autor se centra en el gobierno de los decrépitos (momiza) que ejercieron, a la sombra de la silla presidencial, los llamados científicos (o cientísicos). Un grupo de prohombres, cuya formación supuestamente positivista los capacitaba como asesores del tirano, a quienes éste usó para desplazar a los militares y gentes de armas que habían sido sus compañeros de lucha. Los científicos gozaron de fama de rancio abolengo y exquisita formación, lo que fue cierto en casos más bien contados. 

A la cabeza del Ministerio de Hacienda se perpetuó José Yves Limantour, que supo salir con superávit en una buena parte de su gestión. Bernardo Reyes, primero como gobernador de Nuevo León y luego terminó como ministro de la Guerra, Justo Sierra fungió como ministro de Educación. Francisco Bulnes, Ramón Corral, Diego Casasús, Guillermo de Landa y Escandón, Enrique Creel, Alfredo Chavero y Emilio Rabasa son algunos de los nombres más conspicuos. “Los más de los científicos merecían el membrete de ricachones. Según uno de ellos, como eran inteligentes y profesionales notables ‘medraban naturalmente en el ejercicio de sus profesiones’. Siguiendo esa versión, aun los que ‘hicieron negocios que les acarrearon utilidades cuantiosas’, eran una punta de ladrones. Ralph Roeder asegura que ‘sirvieron de enlace entre el gobierno y el capital de fuera’, como satélites del Ministerio de Hacienda. En suma, infiltrados en el mundo de las finanzas, dueños de la fuente de prosperidad más copiosa, salieron bien pronto de pobres, y algunos amasaron fortunas que su despilfarrada descendencia aún no consigue agotar.” 

Los compromisos del régimen porfírico con el capital extranjero eran firmes y francos, claro que también esclavizantes, así que, cuando don Porfirio comenzó a coquetear con el Japón, sus socios estadounidenses le retiraron el apoyo y le armaron una revuelta. “Los jóvenes acusan a Díaz de extranjerismo desmesurado; le achacan la venta a 28 favoritos de unos 50 millones de tierras maravillosamente fértiles para que fueran traspasadas a las compañías extranjeras; la entrega, por un plato de lentejas, de la mitad de Baja California a Louis Huller; la cesión a Hearst, ‘casi por nada’, de tres millones de hectáreas en Chihuahua; el casi regalo de terrenos cupríferos al coronel Greene en Cananea; la escandalosa concesión de la región del hule a Rockefeller y Aldrich; la venta absurda de los bosques de México y Morelos a los gringos papeleros de San Rafael; la venta a compañías norteamericanas de negociaciones mineras en Pachuca, Real del Monte y Santa Gertrudis; la modificación del código minero para favorecer las propiedades hulleras de Huntington; el monopolio metalúrgico de los Guggenheim.” Estos jóvenes eran nada menos y nada más que los hermanos Flores Magón, Juan Sarabia y Camilo Arriaga, entre otros. 
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Fuente: La Jornada Semanal de La Jornada / México / Distrito Federal Versión para imprimir