domingo, 9 de agosto de 2009
 
 

Gutierre Tibón, la historia a partir del lenguaje

Por Miguel Ángel Muñoz y Alvaro Matute

  • “...Un buen desafío para nuestra sensibilidad tal vez un poco abrumada de memoria, sea releer algunos de los libros de  Gutierre Tibón –celoso guardián de la integridad de la memoria mexicana-, que tanta historia y memoria  lograron rescatar para  preservar el pasado mexicano, y que hoy día tanta falta  hace..”

Hace  diez años murió  el historiador y antropólogo Gutierre Tibón (Milán, Italia, 1905 - Cuernavaca, Morelos, 1999), vástago de una familia  de sabios medievales de España; los Tibónidas de Granada.  “Tenía  94 años y era uno de los estudiosos  – dice Miguel Ángel Muñoz –de nuestro país más brillantes y respetados. Su obra escrita, tensa, directa y sin condescendencias retóricas, mereció el reconocimiento nacional e internacional”. En 1946 obtuvo el  doctorado  honoris causa de la Universidad de San Nicolás de Hidalgo en  Michoacán; en 1946 fue electo Académico de número  por la Academia Mexicana de Genealogía y Heráldica; en 1949 ganó la cátedra de filología comparada y alfabetología en la Universidad Nacional Autónoma  de México; en 1958 fue nombrado  Académico de número por la Academia Nacional de Ciencias y en 1992 Académico honorario de la Academia Mexicana de la Lengua. Entre los múltiples reconocimientos que recibió destacan: Cruz al mérito de la República Austriaca en 1959;  Condecoración del Águila Azteca en grado de Encomienda en 1972;  el Premio Internacional Alfonso Reyes en 1988, entre muchos otros.

El poeta, historiador y crítico de arte Miguel Ángel Muñoz (Cuernavaca, Morelos, 1972), acaba de  publicar el libro  Gutierre Tibón. Lo extraño y lo maravilloso, editado por CONACULTA- DGP, 2009, donde  presenta una selección de textos de Tibón que corresponden a diversos momentos de su vida, y ofrecen un amplio abanico de temas como viajes, filología, lingüística, historia, además de una entrevista que Muñoz sostuvo  a lo largo de dos años con Tibón, y que es testimonio no sólo de la  evolución de su pensamiento, sino todo un registro de su memoria. Muñoz es también autor de los libros de ensayo  Convergencia y contratiempo  (Fonca- Plan- Editores, 2008),  El espacio vacío (Conaculta, 2008)  y  Ricardo Martínez. Espacio, superficie y sustancia  (Siglo XXI- INBA, 2008).

-¿Cómo considera el proyecto histórico, lingüístico de Gutierre Tibón a la cultura de México?
-El caso de Gutierre Tibón es curioso, puesto  que su formación, virtualmente autodidacta, se había forjado en un disciplinado y nada indulgente aprendizaje de la mirada. Entre los historiadores, antropólogos y arqueólogos  de su generación, como Silvio Zavala, José N. Iturriaga, José Luis Martínez, Alfonso Caso, Ramón Piña Chán, o más jóvenes como Miguel León Portilla, todos dotados de una apreciable capacidad crítica que los convierte  en discutidos referentes casi intemporales del diálogo histórico del México contemporáneo. Pero el caso de Tibón era singular y apreciado unánimemente por su agudeza inquisitiva; el descubrimiento de la colosal obra, y a la vez su más acerada contribución: Historia del nombre y de la fundación de México (1975), la complejidad filológica  de su Diccionario  etimológico  comparado de los apellidos españoles, hispanoamericanos y filipinos (1988) y la ironía educada de sus Divertimientos lingüísticos  (1946) son hallazgos del  investigador difíciles de disolver en la “prosa del tiempo”.

-¿Cómo descubre Tibón su pasión por la historia, por México y por cada rincón de nuestro país?
-Gutierre Tibón descubrió la historia  a partir del lenguaje y con el pretexto de ser un viajero incansable en 1939, el delegado de México en la Liga de las Naciones en Ginebra, Isidro Fabela, convenció a  Tibón que se estableciera en su país para llevar a cabo estudios históricos y sociológicos. Desde su llegada a México, en 1940, Tibón se consagró  enteramente  a la investigación científica. Su  relación  constante con  el historiador francés  Jacques Soustelle le ayudó a afilar un utillaje crítico siempre más formalista que descriptivo.  México le descubrió las múltiples miradas de los  indios de cada  rincón del país, el respeto y rescate de cada tradición.

-En su ensayo introductorio a la obra de Tibón señala que vivió una  transformación de historiador a “divulgador” de la historia regional de México. ¿ Por qué nos hace notar este cambio histórico?

-Creo que resulta  decisiva esa conversión del historiador al de divulgador, entendido  como la “norma” de comprender  la historia y su complejidad; es decir, forjada desde el tiempo de la narración popular y distanciada del  referencialismo histórico tradicional. Sus libros   Pinotepa Nacional y  Olonalá  constituyen sus primeras apuestas fuertes al rescatar la historia y tradiciones de dos pueblos mexicanos. Ciencia, arte, religión, procedimientos políticos y sociales que se proyectan desde México y sus rincones, son un conjunto  para Tibón, diferentes, nuevos, en una palabra, propios del ser mexicano y de sus habitantes, los “americanos  criollos”, como le gustaba llamarlos. El afán  nacionalista de Tibón no es resultado de un capricho  individual, sino la consecuencia histórica de un proceso de integración que se dio al poner en contacto dos culturas diferentes: Occidente y América,  en el que los vencedores, marcaron la visión histórica, no obstante que Tibón   luchó contra las formas anquilosadas de la concepción del mundo, de la historia y de la ciencia.

-¿Qué fue lo que Gutierre Tibón observó en nuestro país para dedicarle más de 30 libros y 50 años de investigación? Se lo pregunto por algunos de sus libros que son decisivos hoy día, como por ejemplo: Pinotepa Nacional, Olinalá, El jade en México, etc…

-Tibón desde que llegó a México en 1940, se dedico absolutamente a redescubrir nuestro país. Vivió y vivía enamorado de México. Por ello pienso, que es necesario en su caso  apelar a una persistente tradición “moderna” que arranca de la crítica histórica del pasado, de sus modos de orientación escrita y representativa, que propone una nueva fundamentación imaginativa basada en el “único principio que escapa a la crítica, puesto que se confunde con  ella: el cambio, la historia”, como proponía Octavio Paz. Una historia negativa, y es modo de hablar,  que vaya más allá del imaginario y se instale en la pluralidad normativa para establecer  una relación de diálogo con aquellos modelos formales todavía capaces de generar respuestas históricas activas.

“Frente a las tentativas  anacrónicas de repetir las formas culturales del pasado, con mayor o menos astucia, Walter Benjamin sugería  sencillamente que “la historia debe trabajar con los materiales de que dispone”. Y hablaba en plena crisis de Weimar; cuando la cultura de masas empezaba a desdibujar el egoísmo estética romántico. ¿ Una cultura al margen de la historia? Tampoco es eso. Creer en la historia significa apostar por la creatividad  y la innovación. Un buen desafío para nuestra sensibilidad  tal vez un poco abrumada de memoria,  releer algunos de los libros de  Gutierre Tibón    – celoso guardián de la integridad de la memoria mexicana -, que tanta historia y memoria  lograron rescatar para  preservar el pasado mexicano, y que hoy día tanta falta  hace.



La palabra erudición de Gutierre Tibón vista por Miguel Ángel Muñoz*

Nunca conocí personalmente a Gutierre Tibón, a pesar de que se trata de una de las figuras intelectuales de las que tengo noticia desde mi niñez. Cuando la televisión mexicana era todavía artesanal, naif, había un programa de concurso en el cual giraban una enorme rueda con nombres dispuestos en orden alfabético hasta que se detenía en alguno. Entonces, intervenía Gutierre Tibón quien explicaba el origen y significado del nombre escogido. Luego seguía el giro con una rueda que contenía apellidos, y lo mismo. El concurso debió haber consistido en que los primeros que se llamaran tal y se encontraran en el público o hablaran por teléfono, ganarían algún dinero; después los que tuvieran ese nombre y el primer apellido y más adelante ganarían más aquellos que también tuvieran el segundo apellido seleccionado.

Tibón, en todos los casos, explicaba origen y significado de nombres y apellidos. A los pocos años que debo haber tenido, me impresionó ese hombre sabio que podía decir tantas cosas de algo que simplemente servía para identificar a las personas. No sabía entonces qué cosa era un filólogo, sino que lo aprendí de bulto. Desde entonces le cobré una gran admiración a Gutierre Tibón y con los años leí algunos de sus libros. Hacerlo es toda una aventura. Se está ante un representante enorme de lo que significa la más alta erudición.

Por contraste, he tenido el gusto de conocer y tratar a Miguel Ángel Muñoz (Cuernavaca, Morelos, 1972), y a pesar de haber alcanzado mucha familiaridad en nuestro trato, no deja de sorprenderme su capacidad de escritor, promotor de la literatura y el arte, historiador y —al igual que debe haberlo sido Tibón— estupendo conversador. De Miguel Ángel Muñoz escribió el propio Tibón que “vive enamorado de una palabra: cultura, y quiere ser su cultivador”. De hecho lo es, y su radio afortunadamente trasciende el ámbito de la capital de Morelos. Increíble, pero su revista Tinta Seca ya tiene quince años, cosa nada fácil para una empresa privada y, por añadidura, de provincia. El secreto tal vez radique en que es un provinciano cosmopolita, si los hay; Muñoz, antes de cumplir los 35, ha dado lección de promotoría cultural. Su cosmopolitismo lo lleva a entrevistar a cuanto escritor, artista o historiador se le presente y sea, desde luego, digno de su interés. Así, ha recogido las palabras de talentos de muchas partes del mundo. La Cuernavaca de Muñoz puede estar en París, Venecia o Madrid. Ahí está su palabra en busca de otras palabras —las de sus interlocutores—, con las que construye diálogos que entrega a los lectores, diálogos bien dirigidos, intencionados a mostrar al entrevistador en sus mejores facetas.

Gutierre Tibón tuvo la fortuna de ser entrevistado por Muñoz; Muñoz tuvo la fortuna de dialogar con Gutierre Tibón, y de ese intercambio resultó este libro en el cual es posible recuperar una trayectoria de lucidez, de pasión, de inteligencia.

Es posible abordar al milanés de nacimiento y mexicano por adopción, Gutierre Tibón, desde muchos ángulos. Uno de ellos permitiría entroncarlo con los italianos que han viajado a nuestras tierras y se pierden en la época , entre los que destacan Gian Francesco Gemelli Careri y Lorenzo Boturini, y que prosiguen en los siglos xix y xx con el comerciante Adolfo Dollero y, finalmente, con Gutierre Tibón. Podría haber un paralelo entre Boturini y Tibón, en la medida en que ambos provenían del norte de Italia y profundizaron en aspectos fundamentales de la lengua y la cultura náhuatl. El paralelo puede ser tan falso que no resistiría un análisis, pese a ello, los dos tuvieron sabiduría e intención filológica para llegar a la historia por la vía de la lengua. Según Boturini, el precepto viquiano así lo indica. En Tibón, en cambio, acaso fue la intención, aunada a su erudición, la que lo llevó a operar de esa manera en obras tan ricas y plenas como la Historia del nombre y de la fundación de México (Fondo de Cultura Económica, 1975), indudablemente su obra mayor, la más significativa. El otro paralelo, en este caso divergente, entre Boturini y Tibón fue la fortuna: muy adversa con el primero fue sin embargo pródiga con el segundo, que llegó a ser nonagenario, conservando su lucidez y recogiendo el reconocimiento que los mexicanos le tributaron.

Caso interesante el de Gutierre Tibón, también, porque floreció como historiador, filólogo y antropólogo en un siglo en el que la profesionalización académica de esas actividades fue lo que privó, tendiendo a expulsar de los cenáculos a los sabios que no pertenecían a las instituciones cuya vida y sentido radica en propiciar la investigación. Tibón, aunque no fue académico sí tuvo la formación propia para el caso, y fue aceptado por miembros importantes del mundo institucional mexicano. Cabe considerar aquí que la titulación es, sin duda, una patente, pero que afortunadamente no excluye a quien no la tenga. Qué bueno que existen los sabios no académicos como Gutierre Tibón, Ernesto de la Peña, Arrigo Coen Anitúa y José E. Iturriaga, entre otros, que pueden o no dar clases, diplomados, conferencias o dedicarse libre y tranquilamente a investigar sin rendir informes a las autoridades o a las agencias del ogro filantrópico; dirigen, que les tienen sin cuidado el Sistema Nacional de Investigadores (sni) y el informe de fin de año. Su sabiduría está en sus libros, en sus comunicaciones verbales o escritas y sus lectores y escuchas así lo reconocen y premian. De esta forma Gutierre Tibón pudo acumular una enorme y rica biblioteca, viajar por todo el país en busca de lo que le interesaba y le llamaba la atención y también, ¿por qué no?, equivocarse asumiendo el riesgo de hacerlo.

Recorrer la experiencia vital de Gutierre Tibón a través de las entrevistas que le hizo Miguel Ángel Muñoz implica recibir una enseñanza en la que el mensaje más claro es la pasión. Sin ella no se le pueden entregar a nada las horas de lectura, de búsqueda. Tibón fue un apasionado de la cultura mexicana pasada y presente, porque entre otras cosas, no separaba pasado y presente, sino que los entendía en su continuidad y, por consiguiente tenía fe en el porvenir que le aguardara a México. En ese sentido es refrescante leer las palabras de ese nonagenario optimista que compartía creencias profundas y no se abatía por las superficialidades.

Seguir su vida significa recorrer un camino que arranca del campo lingüístico y que penetra en la arqueología, la etnología y la historia sin establecer de manera drástica las fronteras entre unas y otras, sino que permite asistir al continuum que debe darse entre ellas, al fin ciencias humanas. Tibón se aplicaba a su objeto de estudio sin importarle dentro de qué disciplina ubicarlo, antes bien establecía las relaciones que le parecían evidentes entre los restos del pasado arqueológico y la etnografía presente, sin desdeñar los aportes lingüísticos —si se trataba de universos como los de Pinotepa Nacional u Oninalá— o enfrentando una historia sin límites disciplinarios como la del nombre de México, que lo llevó a sus inquietantes indagaciones sobre el simbolismo umbilical. Feliz Gutierre Tibón que podía escribir tranquilamente sobre el ombligo y decir cosas interesantísimas sobre los significados atribuidos al considerado centro corporal. Sólo un gran erudito con mente libre podía hacerlo y debemos agradecérselo, así como a Miguel Ángel Muñoz por haber recuperado a un hombre fuera de serie, como lo fue el autor de la columna “Gog y Magog”, que por tanto tiempo apareció en las páginas del diario Excélsior. Hombre de su siglo, fue igualmente hombre de todos los tiempos. Si fue nuestro contemporáneo, bien pudo haberlo sido de los Sforza o los Visconti de su Milán natal, con los que se pudo haber entendido de la misma manera como lo hizo con las personas humildes de Pinotepa y Olinalá, en tiempos en los cuales nadie se acercaba a ellos y pocos valoraban su trabajo. Tibón es precursor, o al menos, continuador de un redescubrimiento de México, de espacios mexicanos de todas las temporalidades, del gran mosaico que quiso y logró capturar con una actitud ejemplar de apertura y de apasionamiento. Esos dos ingredientes, que incluso aparecían en labores menores como la de ofrecer la etimología y los significados de patronímicos y apelativos fueron nota distintiva de ese hombre que, ya nonagenario, nos ofrece un recorrido por diferentes etapas de su vida y su experiencia guiado por la inquietud de Miguel Ángel Muñoz, curioso profesional, gracias a quien es posible recuperar a un hombre excepcional.

*Prólogo al libro Gutierre Tibón: Lo extraño y lo maravilloso de Miguel Ángel Muñoz que edita CONACULTA.


Fuente: Lajornadamorelos.com / México / Morelos