viernes, 22 de marzo de 2013

Niños indígenas integran la única sinfónica rural en Guatemala
Por: AFP
Rodeados de majestuosos árboles de pino, decenas de niños indígenas aprenden desde los tres años a tocar violín, fagot, violonchelo, contrabajo, piano pícolo o tuba, para luego integrar la única orquesta sinfónica del área rural de Guatemala.

Atención, por favor formen varias filas; los más pequeños adelante, dice la maestra de piano y violín, la indígena Rubidia Lilubina Boror, y de inmediato los infantes, entre tres y 11 años de edad, se levantan con el violín a escala en la mano y se lo colocan en el hombro izquierdo, listos para interpretar algunos extractos del libro del método Suzuki, diseñado por un profesor japonés.

La profesora los guía y los pequeños interpretan un fragmento de la pieza Gavotte y otro pasaje de El mesías, del alemán Georg Friedrich Haendel.

Los niños cumplen las etapas previas para sumarse a la Orquesta Sinfónica Infantil Sonidos de Esperanza, la cual funciona desde 2004.

El centro de formación musical, financiado por la organización Evangélica Visión Mundial, está ubicado en el municipio de San Juan Sacatepéquez, unos 50 kilómetros al occidente de la capital, y sus asistentes son en su mayoría niños y niñas indígenas mayas kakchiqueles sumidos en la pobreza.

Cada sábado los pequeños llegan a la rústica academia, algunos después de un par de horas de viaje desde aldeas remotas.

La verdad, es un sacrificio grande el que hacemos. Yo vivo en una aldea que está a más de una hora de este lugar, pero vale la pena, afirma William Pu, padre de familia que cada semana lleva a sus dos hijas, Pamela, de seis años, y Katerin, de 10.

Amor por la música

El artífice del éxito y director del proyecto desde 2006, Martín Corleto, es fiel creyente de que los niños, sin importar su estrato social, pueden interpretar a Beethoven, Bach o Mozart, “porque la música es universal y no tiene élites.

Muchos niños, cuando vienen, todavía no saben leer ni escribir y aunque la lectura de las partituras es por añadidura, cuando ellos la aprehenden su aprendizaje en la escuela es más rápido gracias a la música, afirma Corleto, quien apenas supera los 30 años. Estudió dos en Rusia y ya dirigió la Orquesta Sinfónica Nacional.

Uno de los pequeños destacados es Abner, quien comenzó cuando tenía tres años y ahora, de seis, es ganador nacional en su categoría del concurso de violín del Conservatorio, comenta con orgullo.

Desde hace cinco años puedo leer las partituras, sé tocar piano, pero me gusta mucho el violín, manifiesta Adrián, mientras afina su instrumento en una silla de plástico en el patio de este lugar inhóspito, donde carecen de auditorio.

Adrián, de apenas 11 años, es el integrante más pequeño de la orquesta, junto con Ángel, que toca el chelo, un año mayor.

Después de varias horas de práctica, unos 30 integrantes de la orquesta y otros tantos del coro están listos para interpretar algunas melodías guatemaltecas.

Martín Corleto hace unos movimientos con la batuta de plástico y los jóvenes comienzan a interpretar Luna de Xelajú, pero unos segundos después grita: ¡Alto, alto! No tienen vergüenza; tomemos un poco de conciencia, volvamos a empezar.

Al concluir la ejecución, dice con satisfacción: Eso estuvo mucho mejor.

Mientras interpretan otra melodía, en las afueras del salón Daniel Gregorio, un aprendiz de 15 años, lleva el ritmo con los pies, porque su violonchelo se averió y está en el taller de reparaciones.

No tengo con qué tocar, pero vengo porque amo la música y estar aquí me hace feliz, señala.
Fuente: La Jornada / México / Distrito Federal Versión para imprimir