lunes, 15 de septiembre de 2008

Otro final para la novela de Pavic
Por: Mauricio Flores

Convocado conjuntamente por MILENIO Diario y la editorial Sexto Piso, el concurso “Descifra la Pieza única de Pavic”, consistente en dar un final diferente, revelador, a la novela del escritor croata Milorad Pavic, ya fue dictaminado por el mismo Pavic. Entre los textos finalistas enviados por Francisco Fernández, Norma Macías, Liliana Pedroza, Víctor Tejeda y Tomoo Terada, resultó ganador este último. Luego de una cuidada selección de los trabajos recibidos, se enviaron estos cinco (traducidos al serbio) al novelista y también autor de Diccionario Jázaro. Desde su país el novelista remitió el siguiente mensaje:

“Me da mucho gusto que tengan muchos finales para mi novela Pieza única. Los cinco finales que me han enviado son realmente maravillosos. Quisiera darle ventaja al texto del señor Tomoo Terada ya que intenta cuestionar la posición del escritor y la del lector también. Esto es algo que he hecho todo el tiempo en mis libros”.

Tomoo Terada es escritor y periodista con estudios en Derecho. Colaborador de publicaciones culturales como la revista Replicante, mantiene activo el blog “Conte Biancamano”. Es autor de varios ensayos inéditos incluyendo uno polémico sobre Emiliano Zapata —que indaga en su posible muerte en una cantina y no traicionado en Chinameca—, y otros sobre la relación entre los intelectuales mexicanos y el poder. “Descifra la Pieza única de Pavic” es el primer reconocimiento literario que obtiene.

A Milorad Pavic (Belgrado, 1929) se le considera uno de los mejores representantes de la literatura posmoderna, término acuñado hace muchos años que viene a sumarse al aplicado a Pieza única como “la primera novela del siglo XXI”.

En traducción de Dubravka Susnjevi, la novela (dos pequeños tomos de bella presentación, empacados en una caja con ilustración de Miguel Castro Leñero), trasciende los parámetros de la actualidad en el género, puesto que, a la manera de las novelas abiertas e inconclusas en las que el papel de cada lector es concluyente, se ofrece como un juego que en su sencilla apariencia contiene divertidas complicaciones.

Tal vez por ello mismo el autor haya optado por el thriller en lo estructural, una destacada preocupación por detallar los perfiles de los personajes, y la incorporación del sueño (tan analizados desde la psiquiatría) como vértebra literaria.

En Pieza única, y su complemento “Cuaderno azul. Inspector Eugen Stross”, son los sueños —demasiados y entretejidos para conformar uno mayor— la posesión de mayor importancia de los personajes paviquianos. Sueños (pero también ensueños) que se desbordan en la imaginación deliberadamente conformada por el autor croata.

El entendimiento cabal de la novela, la resolución del thriller, si es que alguna existe, es una máquina en movimiento que se embrolla y enriquece según avanza la lectura, sin menospreciar las complacencias en la percepción individual, algo ya señalado, aunque en todos los casos tengan que sortearse trampas y juegos predeterminados desde la primera línea, plataforma de las paradojas por venir. “Aleksandar es un andrógino. Unos pronuncian su nombre como Aleksa, otros como Sandra”.

En paralelo al considerable conocimiento de la perfumería contemporánea y la fascinación por las marcas —Kenzo, Calvin Klein, Old Spice, Envergure, Antracite, Poison, Hugo Boss, Must de Cartier, Dolce & Gabbana…—, otro pequeño guiño autoral: Pieza única vuelve la mirada a grandes construcciones literarias. En ella está Alejandro Pushkin, fundador de la literatura rusa, quien publicara hacia 1825 la primera parte de su novela en verso Eugenio Oneguin, presente en la escritura de Pavic.

E igualmente está Chejov, último representante de la literatura rusa del XIX, que no se conformó con ser “un novelista” e incursionó en el ensayo político, la indagación moral, la interpretación de la historia y el tratado filosófico, páramos que a su manera también se contienen en Pieza única.

Novela de sueños y ensueños, bien lo dice Aleksa Klozevits, el andrógino señalado y señalante de la novela: “Yo puedo proporcionarle cualquier sueño que soñará en cualquier momento de su vida. Pero éste no es ese tipo de sueño. Es un sueño que no va a soñar nunca, porque no llegará a vivir 37 años. Es un sueño de la eternidad. Un sueño del más allá. Pero suyo”.

O como lo define, basado en Jung, el inspector Eugene Stross: “…el sueño es un diente de dos puntas o un fantasma de dos cuernos, y yo digo que el sueño es un monstruo de tres rabos”.

Entre sueños póstumos y la incorporación de otras lenguas en el desarrollo de la trama (ucraniano, lituano, polaco y ruso) la nueva novela de Pavic nos traslada a uno de los sitios más visitados por hombres y mujeres de distintas épocas. El de la muerte y los intentos por “controlarla”. El “¿cómo y cuándo voy a fenecer?”.

Interrogante que le permite a Pavic volverse a remitir al Pushkin de Los lamentos de un viajero, donde el escritor ruso se turba por “cuándo y dónde, en qué zanja terminará su vida”. Y la consiguiente respuesta en verso: “Al final de la soledad empieza la muerte”.

Obcecación que, curiosamente, concurre en autores y novelas de reciente factura como El traductor de Cambridge, de Fernando Báez (Venezuela) y Querido amigo, compañero del difunto, de Andrei Kurkov (San Petersburgo), ambas en otro sello alternativo como es Lengua de Trapo.

La muerte, presente en cada una de las páginas de Pieza única, tendrá que ser resuelta en las mismas; sólo con la ayuda de la complicidad lectora y la responsabilidad final de un autor muy bien escondido tras la escritura de una pieza literaria única.


A continuación reproducimos el texto ganador del concurso, autoría de Tomoo Terada.


101

Por supuesto no estoy muerto. Si quien ahora me lea leyó antes la novela Pieza Única sabrá entonces que en el epílogo de la misma se narra que soy asesinado en la noche del primero de noviembre de 2003, mismo día de la anotación inmediatamente anterior, la número 100, la cual aparecía como última anotación mía en las anteriores ediciones del Cuaderno azul que acompañaba la novela mencionada: en ella anunciaba que iba a una cena con el “V”, a quien consideraba como quien estaba detrás de todos estos asesinatos…

Como saben la novela ha sido descontinuada y su autor ha sido encarcelado por su extrema peligrosidad. Ahora sólo se publica el Cuaderno azul, de la autoría de un servidor, Eugene Stross, el cual ya no incluye novela anexa.

Esa última anotación en realidad fue un engaño, puesto para despistar a quien apodé como El Autor, y de cuya existencia me di cuenta gracias a lo que dijo Sofía (la tuteo ahora que he dejado de ser un hombre soltero y ella calienta mis tres almohadas):

Es alguien que sabe lo que usted escribe en secreto en su cuaderno azul y cuando quiera puede leer cualquier renglón de él. Tal vez lo está haciendo ¡en este mismo momento! Yo sé que usted me metió a mí también en ese cuadernito suyo, pero ése puede meternos a mí y a usted, con todo y su cuaderno, en su bolsillo y olvidarnos ahí para siempre.

Estuve pensando a quién se refería. ¿Al diablo quizás? Al poco me di cuenta de la existencia de Pieza Única, la novela con el Combat Mágnum en su portada, y anoté mi asombro por la rapidez de su publicación. Fue la vanidad lo que me impidió el comprarlo y ponerme a la lectura cuanto antes, pues no quería comprobar que otro había resuelto los asesinatos antes que yo. Pero al poco tiempo me enteré que la obra había tenido tal éxito que había sido traducida a varios idiomas. Una vez que llegué a casa de mi Sofía encontré que ella la había comprado, pero ni aún así no me animaba a leerla. Fue sólo hasta una vez cuando, jugando, me retó a que le diera a los libros colocados en la estantería con una piedra. Le di a Pieza Única y no me quedó entonces más que leerla. Noté entonces que no era uno sino dos libros los que componían la novela. Uno de ellos extraordinariamente parecido al cuaderno en donde yo anotaba todas mis observaciones y reflexiones respecto a los casos a mi cargo: resultó ser un “Cuaderno azul” atribuido a mi autoría.

Leí la novela de cabo a rabo muchas veces ¿Cómo podía el autor conocer los detalles de los casos tan bien? Pero empecé a notar que en el epílogo se citaban anotaciones mías en el “Cuaderno azul” que yo nunca había hecho. En una de ellas yo aparecía anotando que Klozevits me había anunciado un futuro asesinato y yo, en lugar de arrestarlo, permanecía sin actuar. El final era ridículo: veía a Klosevits orinando en el sanitario la sangre de toro que había bebido, por lo que, recordando el sueño de Pushkin, resultaba que él era el demonio. Y yo huía entonces. La única anotación realmente extraída de mi diario era sobre Erlanguen como un tipo siempre en primavera…. No sólo alguien leía las anotaciones que escribía sino que las alteraba poniéndole de su cosecha.

Nunca he sido muy listo, pero a partir de que tengo a mi Sofía comencé a despabilarme. Además en alguna parte leí que la sabiduría no le sirve de mucho al hombre, proporcionalmente a su inteligencia superior, los hombres sabios no van mucho más lejos que los tontos, sino menos, mucho menos.

Había muchas incoherencias, y sin embargo la novela, con el simple hecho de darle una estructura a la historia, dividiéndola en capítulos, permitía una comprensión de los hechos que yo no puede percibir antes. Se presentó conmigo un lector mexicano, quien había leído todos los libros del autor y me explicó que en Pieza Única eran recurrentes imágenes, frases y de algún modo hasta personajes de otras obras, como unos cazadores de sueños, de alguna manera relacionados con Klozevits.

Fue así que, gracias a la novela, pude resolver e incluso evitar mi propio asesinato, pues arresté a Asur Dadah: era el único que aparecía como lanzador de navajas con la mano izquierda.

También gracias a ella resolví el asesinato de Isaías Cruz. Como lo escribí en el apunte 1 del “Cuaderno azul”, me extrañaba la forma inusitada del homicidio en el hipódromo. El por qué le habían disparado en el cuello y no al cuerpo a o a la cabeza, cuando que hubiera sido lo más fácil. En la novela no hay una móvil para que Distelli dispare sobre Cruz y por eso era verosímil pero no creíble la versión de la novela, pues Klozevits no aparece, como con Lempitska, incitándolo a cometer el asesinato.

Distelli soñó a Pushkin y la respuesta que éste había obtenido a su pregunta de cómo moriría, prefiguración de la propia muerte de Distelli. Recordé entonces que originalmente Distelli parecía que iba a morir de cáncer en la garganta. Recordé un viejo chiste acerca de alguien que había muerto de “mal de la garganta”… o sea ahorcado y me pregunté quién más había muerto de ese mal. Y me pegué en la frente con la mano. ¡Diablos! Ese había sido Cruz. Leí mis propios apuntes como si fueran una novela y encontré al fin un orden: en la nota 28 cuento lo que me sucedió con un transeúnte al recoger una moneda, quien me dijo: “Tal vez alguien quiso librarse de un embrujo y para deshacer el conjuro lo lanzó sobre la moneda”. Y quien recogiera la moneda quedaría ahora embrujado. Distelli mató a Cruz porque pensó que si éste moría “de la garganta” en lugar de él, quedaría liberado. Por eso esperaba que el cáncer en la garganta remitiera y tenía esperanzas de curarse que comunicó a Lempitska. Fue una ironía el que se produjera la metástasis y el cáncer pasará al estomago, por lo que murió en cierta forma como Pushkin: el ricochet se produjo al matar a Cruz para evitar un cáncer en una parte de su cuerpo y la enfermedad evitara el disparo y se presentara en otra parte y lo matara. Distelli no dio en el blanco.

Ordené el arresto del Autor de Pieza Única.

—¿Fue usted quien asesinó a Sir Winston?

—Un autor no tiene por qué responderle a un personaje.

—No importa, señor autor, encontramos los guantes astrológicos, incluido el de siete dedos, en su casa. Lo que quisiera saber ahora es qué significa el que la señora Lempitska soñara una muerte como hombre y como mujer.

—En realidad no lo sé. Cuando filmaron su novela El sueño eterno, a Raymond Chandler le preguntaron que quién había asesinado a un personaje y él dijo no saberlo. Por cierto que la novela y la película son excelentes, así que como escritor no es mi obligación hacer su trabajo y dar explicaciones lógicas a todo. ¿Pero cómo pudieron atraparme?

—Un lector nos ofreció ayuda.

—¡Ya no se puede confiar ni siquiera en los lectores! ¡Alguna vez tenían que cobrármelo por hacerlos trabajar tanto dentro y fuera de mis novelas!

Fuente: Semanal.milenio.com / México / Versión para imprimir