sábado, 4 de octubre de 2008

Cenizas
Por: Daniela Tarazona

Sus ojos son fuego
Gonzalo Soltero
México, fce, 2008, Letras Mexicanas, 165 p.
ISBN 978-968-1682-668

Publicada en Guanajuato por primera vez en 2004, tras haber obtenido el Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia, esta novela de Gonzalo Soltero podrá llegar a más lectores ahora que el FCE la reedita. Este relato híbrido, con elementos de ciencia ficción y de literatura de misterio, es una exploración sobre el mal y sobre las miserias de la vida urbana

La vida peligra en la ciudad. Adrián Ustoria, hombre valiente, es un ciudadano con el ímpetu del héroe. Bajo las amenazas que la ciudad impone cada día, el científico Ustoria decide emprender una búsqueda terrible: conocer qué provoca la violenta realidad circundante.

La civilización contemporánea muestra su mayor triunfo en las grandes ciudades. Algunos creemos que la solidez de los edificios o la electricidad de los semáforos son un efecto visual. Nosotros, como Adrián Ustoria, hemos pensado que la ciudad de México puede hundirse bajo las aguas pestilentes de su drenaje. No sólo esta ciudad es una pretensión frágil, basta anotar los recientes desastres naturales en muchas ciudades del mundo para aceptar que la civilización que hemos forjado es un juguete del tiempo.
En Sus ojos son fuego, la ciudad de México es la Gran Bestia cuyo crecimiento amenaza a sus habitantes.

Las imágenes en esta novela carecen de iluminación —como la vía pública— y en esa oscuridad donde los cuerpos de los personajes no revelan diferencias, reducidos a su materia, a su carne inútil, Adrián va de un lado a otro para comprender el origen del Mal. El personaje transita por las calles de la Gran Bestia y se encuentra una y otra vez con la presencia ensombrecida de las ratas que alimentan la urbe.

Para amainar los efectos colaterales del estrés, Adrián bebe café y Melox y toma aspirinas. Sus días transcurren entre la lucha avorazada del laboratorio, donde los empleados se aplastan continuamente para sobrevivir en la jungla espantosa de cada jornada.

Los especímenes que ocupan las jaulas del laboratorio son un símil en bruto de las acciones humanas. Los habitantes de la ciudad, como ellos, se retuercen bajo los efectos de la toxicidad del ambiente y, además, parecen violentarse ante la presencia de un semejante —aunque sea del sexo opuesto—. Ellos, como nosotros, están atrapados en el absurdo y sostenido juego de la civilización: la relación causa-efecto es, en Sus ojos son fuego, el principio de la venganza. —A toda acción corresponde una reacción—, dijo Isaac… (y no era un personaje bíblico).

Esta ciudad tiene un testigo que cuenta la historia cotidiana: aquel que da aire sulfuroso a nuestros bronquios es el mismísimo diablo, parece revelarnos Gonzalo Soltero.
La ciencia no da respuestas satisfactorias —porque el torpe desarrollo de cada jornada en la ciudad es imposible de comprender mediante el método científico—; a cambio, Adrián es un hombre sensible. La mirada subjetiva, como se apunta en el epígrafe de la novela, convierte el análisis de las especies en una ciencia inexacta. Él, condenado por su valentía y su curiosidad científica, caminará en zigzag hacia el origen de la barbarie.

En la tierra yerma por la que transita Adrián —la misma tierra que no se ve allá afuera, bajo la costra de asfalto— se retuerce la Gran Bestia; aquello que la cubre es idéntico a su piel: “Árboles apenas presentes, desteñidos, mimetizados con el entorno grisáceo y concreto del que forman parte.”

Adrián recorre el reino de la paranoia, amedrentado por lo que no se ve pero cuya existencia enrojece su rostro. La ciudad es el sitio de la rabia pero también el recuerdo impropio de nuestro pasado de cazadores recolectores, aunque ya no veamos animales de carne saludable —tal vez por eso los hombres son amenazados por los hombres (dice un dios sensato, aquel pobre dios inválido que vive en alguna parte).

Poco a poco, los movimientos del héroe se convierten en trazos circulares y señalan que Adrián está dentro de una enorme jaula que no ve, en la que sólo da vueltas sin moverse de sitio hasta encontrarse perdido en las entrañas de la Gran Bestia. De la misma forma, el laboratorio donde trabaja es una suerte de laberinto; Adrián cierra y abre puertas que dan a sitios casi idénticos y recorre los pasillos, desdibujado en la penumbra del encierro.

El contrapunto de la narración está marcado por los encuentros accidentados que Adrián tiene con Malula, mujer tentadora que le ofrece morder una manzana. Adrián muerde el fruto después, lo encuentra oxidado o a punto de mostrar otra materialidad y degusta el sabor de la ceniza para “reconstruir la boca de Malula en las ausencias de la pulpa”.

En Sus ojos son fuego, la ciudad es la trágica inversión del Jardín del Edén ahora habitado por animales carroñeros y hombres que ejercen la violencia para sobrevivir a los otros.

Las últimas acciones de Adrián (Adán civilizado), que lo conducen al infernal desenlace, son producto del amor. Sin embargo, a diferencia de los protagonistas del Génesis, Adrián y Malula no son ejemplares, pues su unión dicta que ya nada florecerá en esta tierra.

+el irónico festejo de nuestra suerte: no seremos polvo, sino cenizas suspendidas en el aire.

Daniela Tarazona acaba de publicar su primera novela, El animal sobre la piedra, en Almadía


Fuente: Hoja por Hoja / México / Versión para imprimir