EN LA EDICIÓN de la Ortografía académica (Espasa) del año 1999 aparecía, en el apéndice 2 (“Nombres de los países reconocidos por los organismos internacionales, con sus capitales y gentilicios”), chilango como gentilicio de “México, D.F., capital de México”. Asimismo, en el DRAE de 2001, chilango tiene dos acepciones, ambas con la nota de “coloquial”: 1) Natural de México (¿país, ciudad?); 2) Perteneciente o relativo a esta ciudad (aquí se aclara que es “ciudad”) o a “este Distrito Federal, en México” (?). No deseo entrar, en esta nota, en el espinoso asunto de la etimología y origen de la voz chilango. Mejor debería decir: no puedo entrar, sobre todo porque no tengo la menor idea sobre la historia o procedencia de esa palabra. Las diversas hipótesis que sobre este tema he leído me parecen inaceptables. Lo que resulta indiscutible es que los registros escritos de la voz son muy recientes: fines del pasado siglo XX. Quiero detenerme en las marcas que lleva la voz en cada una de las dos obras citadas: por una parte, la marca de “gentilicio” (en la Ortografía) y, por otra, la de “coloquial” (en el DRAE). La gramática explica que el adjetivo gentilicio es aquel que denota la procedencia geográfica de las personas o su nacionalidad. Los gentilicios pertenecen a la clase de palabras llamadas “derivadas”. Constan éstas de una raíz y de un sufijo (mexicano: mexic- [raíz] + -ano [sufijo]). En el caso de los gentilicios, en la raíz está la información del lugar; el concepto ‘originario, procedente de’ está en el sufijo (mexicano: ‘originario, procedente de México’). Los gentilicios, como cualquier otro tipo de palabras derivadas, se estudian en la morfología (una de las partes de la gramática). No toda palabra que designa procedencia u origen es un gentilicio. Para que un adjetivo pueda llamarse gentilicio se requiere que esté formado precisamente mediante una derivación: Mexicano procede de México; madrileño, de Madrid; aguascalentense, de Aguascalientes... Hay en español muchas palabras que, sin ser derivadas, designan procedencia u origen. No conviene llamarlas gentilicios, pues al no ser derivadas, no constan de raíz y sufijo, como se exige que estén formados los gentilicios. En México y en otras partes de América se emplea en ocasiones el adjetivo, evidentemente despectivo, gachupín, para designar, en general, a los españoles. ¿Quiere decir que gachupín es un gentilicio? De ninguna manera, pues no se trata de una voz derivada. Es probable que, hace siglos, a cierto tipo de españoles establecidos en América, por determinadas razones, se les llamara gachupines (o algo semejante). Poco a poco esa designación fue extendiéndose a otros españoles no radicados en América, y el vocablo acabó por ser, en alguna medida, y dentro de determinados dialectos, contextos y registros, sinónimo de español. El despectivo gachupín, por tanto, designa hoy procedencia u origen, pero no es un gentilicio, pues no es fragmentable en raíz y sufijo, como todo gentilicio. Lo mismo sucede con otros adjetivos, no necesariamente despectivos, como jarocho (‘originario del puerto de Veracruz’) o tapatío (‘de Guadalajara’). Ni jarocho ni tapatío tienen, en su estructura, una raíz que remita a la ciudad de Veracruz o de Guadalajara. No son, por tanto, gentilicios, aunque signifiquen procedencia u origen. A este tipo de voces pertenece chilango (sin ser gentilicio, refiere a un origen o procedencia). Resulta por tanto inconveniente su inclusión en la lista de gentilicios que aparece en la Ortografía. Ahora bien, en el DRAE, chilango tiene la marca de coloq. (coloquial). En el mismo Diccionario se nos aclara que coloquial es lo “propio de una conversación informal y distendida”. Creo que, por ejemplo, jarocho o tapatío podrían merecer en efecto esa marca (coloquial), aunque bien pueden no llevarla. En la nota biográfica de un personaje importante, tal vez no se anotaría “destacado político jarocho”, sino veracruzano; pero cualquiera diría “me gusta el buen humor de los jarochos”. La marca que no podría llevar ni tapatío ni jarocho es la de despectivo. Por sí mismas estas voces no resultan ofensivas. En el otro extremo estaría el vocablo gachupín. En efecto, la sola voz y no necesariamente el contexto manifiesta cierta idea de menosprecio. En mi opinión, chilango está más cerca de lo despectivo (como gachupín) que de lo meramente coloquial, como podría ser jarocho. En el CREA (Corpus de referencia del español actual), hay sólo ocho apariciones de chilango. La más antigua es apenas de 1987, y procede de Cristóbal Nonato, de Carlos Fuentes. En todos estos textos chilango tiene, en mayor o menor medida, un evidente valor despectivo. Resulta particularmente revelador un texto procedente de un diario de Yucatán en el que se discute precisamente el sentido que el autor quiso dar a esta voz. El título del artículo es “Chilangos y chilanguismo”. Copio sólo un breve fragmento:
“Tal altanería, combinada con la idea de que fuera de México todo es Cuautitlán, constituye la infraestructura psicológica del chilanguismo. Agréguese el centralismo irreductible del gobierno y la abyección de los millones que ignoran que ‘mandatario’ significa ‘mandadero’ y no ‘mandamás’, y tendremos la explicación de esa imaginaria superioridad que convierte a algunos capitalinos en chilangos al momento en que salen a la provincia. Huelga decir que mientras más civilizado sea un capitalino, más ajeno es a esa barbarie. Diría el gran Ortega que no es más que una manifestación local de la rebelión de las masas, cuyos entes llegan ‘al interior del país’ a enjuiciarnos sin más criterio que su ignorancia, ni más autoridad que la de venir de la capital. Del odio suscitado por el centralismo en general y por el chilango en particular salió la igualmente odiosa consigna de ‘Haz patria: mata un chilango’."
Queda claro que chilango no es exactamente una voz coloquial, sino francamente despectiva, por decir lo menos. Con alguna frecuencia se emplea para denigrar o injuriar. Si nos atenemos a la explicación transcrita (del diario yucateco), resulta que chilango no sólo no es gentilicio sino que tampoco designa a los naturales de la ciudad de México, ni siquiera coloquialmente. Designa sólo a algunos capitalinos que parecen hacerse merecedores de calificativos tales como centralistas, abyectos, bárbaros, ignorantes, odiosos… No todos los capitalinos son chilangos. Los chilangos son una clase particular de capitalinos. No dudo de que hoy también, así sea esporádicamente, se emplee el adjetivo chilango sin estas claras connotaciones injuriosas y que, al paso del tiempo, pueda llegar a ser un simple sinónimo de capitalino. Mientras ello sucede, convendría corregir cuidadosamente la definición del vocablo en los diccionarios. |