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Recuerdos de una lucha
Por Patricia Rosas Lopátegui

Elena Garro abandonó el mundo de las apariencias hace una década. Pero antes de irse nos dejó sus obras en donde expuso, con una mirada crítica, mordaz y poética, la condensación más precisa de lo que es México, su sistema político corrupto, sus mitos y sus habitantes (Los recuerdos del porvenir); la opresión y las arbitrariedades de la sociedad falocéntrica (Busca mi esquela, La señora en su balcón, El rastro o Los perros); la traición a los ideales revolucionarios y que persiste hasta hoy en día (Felipe Ángeles); la podredumbre de los oligarcas y funcionarios (Invitación al campo); los crímenes y la impunidad padecida por los indígenas (El anillo); el racismo y el clasismo que dividen al País (Benito Fernández, La dama boba o El árbol); el resentimiento social, las relaciones disfuncionales y sus patologías (La mudanza, Parada San Ángel, Testimonios sobre Mariana o Reencuentro de personajes); el autoritarismo y la intolerancia de un régimen que desembocó en la masacre de Tlatelolco (Sócrates y los gatos)... y la lista se vuelve interminable, porque Elena Garro lo vio todo y escrituró ese mundo que le tocó vivir. Este legado sólido la coloca en el terreno de las letras universales.

Garro encapsuló nuestra memoria histórica colectiva y, paralelamente, también supo rebasar los límites nacionales para mirar y diseccionar el entorno mundial y los aspectos matrices de la condición humana. Fue una mujer brillante, genial, que vivió en una época y en un contexto histórico, el de la sociedad patriarcal mexicana posrevolucionaria, en donde la mujer no podía existir como ente pensante. Se llamaba Elena Delfina y nació en la ciudad de Puebla el 11 de diciembre de 1916, de padre español, José Antonio Garro, y madre mexicana, Esperanza Navarro. Su infancia transcurre primero en la Ciudad de México, y después en un pueblo del sur mexicano, Iguala, Guerrero.

Desde niña, Elena mostró un poder imaginativo excepcional, y este poder florece precisamente en Iguala, porque en ese espacio experimenta en carne propia el enfrentamiento violento entre las dos cosmovisiones que configuraron la historia e identidad mestiza mexicanas.

En los años 20, Iguala era un pueblito sin luz eléctrica, y en él Elena soñó con ser un general mexicano como Emiliano Zapata, Pancho Villa o Felipe Ángeles, personajes que empezó a admirar y a recrear en su imaginario de niña, pero no podía ser general mexicano porque era gachupina. Descubrió que en México, a pesar de haber nacido en territorio mexicano, ser hija de padre español la convertía en una gachupina. Es decir: de nacionalidad española.

En Iguala, donde la población mayoritaria a finales de los años 20 era indígena, Elena recibe la formación occidental clásica a través de la biblioteca familiar. Su madre fue un personaje crucial en su formación, porque Esperanza, originaria de Chihuahua, no fue la típica madre de la época. Para ella lo más importante era leer. La relación entre Elena y su madre se da en el mundo de las ideas.

Su padre, José Antonio Garro, era un hombre liberal, culto, muy progresista para la época, y su hermano Boni, quien también vivía en Iguala, fungen como los maestros de sus hijos. Elena a la par que lee y escucha a los clásicos españoles, griegos, latinos, ingleses, alemanes en la voz de su padre y de su tío, también escucha los relatos mágicos de la cosmovisión prehispánica a través de las voces de sus nanas y los criados indígenas que viven en su casa. Elena va creando su propio universo imaginario y descubre en la infancia que la realidad cotidiana, la ordinaria, no es la única que existe, que la realidad tiene múltiples dimensiones, y que todas son absolutamente válidas.

Cuando Elena Garro se casa con Octavio Paz en 1937, su vida cambia drásticamente. Antes de casarse cursaba el segundo año en Filosofía y Letras en la UNAM, era coreógrafa del teatro universitario dirigido por Julio Bracho, había trabajado con Rodolfo Usigli y Xavier Villaurrutia, estudiaba danza clásica, pero con el matrimonio se ve obligada a truncar sus estudios e intereses intelectuales.



Del periodismo al teatro

Tradicionalmente se ha dicho que Elena Garro entró al mundo de las letras en julio de 1957 como dramaturga. Esta aseveración resulta acertada sólo si consideramos que el género periodístico no forma parte del universo literario, ya que la primera vez que tomó la pluma y su nombre salió a la luz pública fue 16 años antes, en 1941, como reportera. Elena Garro se inicia en el periodismo en la revista Así.

Para Elena la pasión por la noticia comenzó en la infancia. Sus primeras colaboraciones periodísticas presentan un curioso común denominador: todas giran en torno a la condición femenina. A simple vista, dicho factor podría parecer irrelevante. Sin embargo, si exploramos el contexto cultural en el que transcurrieron sus años juveniles, descubrimos que ese leit motiv no resulta gratuito, sino que responde a los valores opresivos en que estaba fincada la vida social a principios del siglo 20.

En 1946, Garro y su hija, Helena, se trasladan a París al lado de Octavio Paz, quien se desempeña como funcionario de la embajada mexicana en Francia. En los años 40, Elena escribe poesía, poemas que estuvieron encerrados en sus baúles por décadas. En el poema El llano de huizaches, recrea la percepción que tiene de sí misma en esa época. Elena -como la diosa Coyolxauhqui- se encuentra desmembrada, deshumanizada por la supremacía masculina. A través de la palabra poética trata de reconstruirse, reencontrarse.

En 1953 la familia Paz Garro regresa a México. En 1957, Garro comienza su activismo social y se involucra en la defensa de los comuneros de Ahuatepec, que estaban siendo asesinados y despojados de sus tierras por los caciques y banqueros. Y se transforma en el general Emiliano Zapata que imaginó ser de niña.

En este periodo, no satisfecha con su lucha social, simultáneamente, iba revolucionando el teatro y la literatura en lengua española. En 1957, se da a conocer como dramaturga en el laboratorio de Poesía en Voz Alta -dirigido por Octavio Paz, Juan José Arreola, Juan Soriano y otros creadores. Elena Garro abolió el teatro costumbrista, naturalista, es decir, el teatro aristotélico, al romper con las unidades de tiempo, espacio y acción del teatro clásico griego, introduciendo la atemporalidad, la magia y la fantasía en la composición escénica en sus piezas, esto queda claramente demostrado en Un hogar sólido, Andarse por las ramas, Los pilares de doña Blanca, las tres piezas con las que se da a conocer en 1957. Elena Garro trae otra manera de ver la escena y de construir para ella, con un lenguaje poético depurado, original, lleno de imágenes y símbolos insólitos. Elena fue la única dramaturga representada por el grupo de Poesía en Voz Alta. Los críticos teatrales, escritores y dramaturgos de aquella época quedaron deslumbrados con su talento.

En 1958 la Universidad Veracruzana publica su primer libro, Un hogar sólido y otras piezas en un acto. Pero su intenso activismo social provoca que en el contexto de la política mexicana totalitaria y la sociedad puritana hipócrita contra la que ella se rebela, la expulsen de México en febrero de 1959. De 1959 a 1963, Elena se refugia en París. Un año antes, en 1962, se había separado de Octavio Paz. Elena regresa a México a mediados de 1963, y retoma nuevamente su activismo social y participa de la vida cultural mexicana.

En 1963 se publica su novela Los recuerdos del porvenir, que ella había escrito 10 años antes. En el campo de la narrativa también es quien rompe con los parámetros de la literatura realista e introduce el llamado realismo mágico, y no es Gabriel García Márquez con Cien años de soledad (1967), como se repite en el canon de las letras, novela que es posterior a Los recuerdos del porvenir (1963). Sin embargo, Elena siempre rechazó esta clasificación del mundo académico porque para ella la realidad mágica de Los recuerdos del porvenir no es sino la representación de lo que vio, escuchó y experimentó desde niña.

En 1964, aparece su colección de cuentos La semana de colores, con 13 relatos que han renovado la cuentística hispanoamericana, entre ellos basta recordar las innovaciones estructurales, temporales y del lenguaje en La culpa es de los tlaxcaltecas, donde explora, a través del juego intertextual, el tema de la caída de Tenochtitlán, propone la abolición del tiempo cronológico histórico y disecciona la conjunción de dos cosmovisiones que se entrecruzan y fusionan para enfrentarnos a nuestra realidad mexicana mucho más variada y rica. En esta época, Garro escribe no sólo cuentos, obras de teatro, novelas, guiones cinematográficos, sino que también se dedica al periodismo y entra en el espinoso campo de la política.

Garro lucha porque se lleve a cabo la Reforma Agraria Integral. Además, la escritora y activista señala en sus artículos la falta de compromiso de la clase intelectual en lo concerniente a los atropellos y crímenes padecidos por los campesinos, lo que le acarreó la enemistad no sólo de los funcionarios, sino también de los intelectuales supuestamente de izquierda.

A partir del 2 de octubre de 1968 su vida se vio rodeada de calumnias, miseria, hambre, el abismo interminable del exilio. El registro de esos años aparece en sus diarios recogidos en Testimonios sobre Elena Garro, eventos ficcionalizados en Andamos huyendo Lola (1980).

A partir de 1980, comienzan a aparecer otras obras en donde Elena Garro, con la misma mirada crítica, innovadora y desmitificadora, analiza las relaciones disfuncionales, los gobiernos totalitarios, la maldad de los seres humanos, la opresión de la mujer en la sociedad patriarcal, desde Testimonios sobre Mariana, Reencuentro de personajes, La casa junto al río, Y Matarazo no llamó..., Inés, Un traje rojo para un duelo, así como en sus célebres Memorias de España 1937.

En 1991, después de 20 años de ostracismo por Estados Unidos (1972-1974), España (1974-1981) y Francia (1981-1993), Elena Garro regresó a México acompañada de su hija y sus entrañables gatos. En 1993, se instaló en Cuernavaca y pasó los últimos cinco años de su vida refundida en un departamento, agobiada por las penurias económicas. Falleció el 22 de agosto de 1998.

Sin duda, las novelas, cuentos, obras de teatro, los diarios, poemas y artículos periodísticos de Elena Garro muestran un registro desgarrador, y a veces alucinante, que desnuda no sólo la figura avasalladora de la escritora y activista, sino también los lastres de la condición humana insertados dentro de los movimientos históricos que marcaron el siglo pasado.


Patricia Rosas Lopátegui
Ensayista e investigadora

Fuente: El Ángel de Reforma / México
Domingo, 24 de agosto de 2008
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