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La escritora uruguaya Mercedes Calvo (1949) sigue pellizcándose todos los días, “para saber que no estoy soñando”, desde que el martes pasado se enteró que era la ganadora del Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños 2008, que entrega la Fundación de las Letras Mexicanas, por su libro Los espejos de Anaclara.
Fue una sorpresa enorme, dice en entrevista vía telefónica. “Imagínate que es la primera vez que me atrevo a presentar públicamente algo de lo que escribo, sólo algunos amigos cercanos han leído mis escritos”.
Los espejos de Anaclara, cuenta, está escrito desde las vivencias de su infancia, aunque también desde la niñez de mucha gente.
“Cuando era pequeña sentía que yo no era esa que veía en el espejo, me sentía como escondida dentro de mi propio cuerpo y me buscaba en los espejos. Miraba mis ojos a ver si por esa puertita podía divisar no la apariencia o el envoltorio, sino a la verdadera Mercedes”.
El libro, que será editado por el Fondo de Cultura Económica, trata de ese tema: lo aparente, lo real, la fantasía y la poesía.
“Fui descubriendo que lo que está encerrado ahí, en nuestro interior, aflora por la poesía, y cuando digo poesía me refiero a algo más que letras rimadas, cuando digo poesía estoy hablando de música, amigos, naturaleza, una mirada especial, la mirada maravillada de un niño”, cuenta la escritora.
Mercedes Calvo fue lectora desde muy niña y en su época, explica, no se hacía, como sucede ahora, una distinción tan tajante entre poesía para adultos y poesía para niños.
“Fui omnívora, leí a Lorca, Machado, Alberti, lo que más gustaba, los españoles, eran mis favoritos porque no domino ningún otro idioma aparte del materno, por ese lado venían mis preferencias: Vallejo, Miguel Hernández, Darío, yo creo que cada niño toma algo: la música del poema, la sonoridad, ahí se quedan.
“Siempre recuerdo que un escritor salteño, yo soy de la ciudad de Salto del Uruguay, Enrique Morín, tenía un poema que me gustaba muchísimo y una estrofa decía: ‘Labra el silencio cofres de arreboles, y en el aire hay nostalgia de bajeles’. Yo no sabía lo que eran los arreboles, ni los bajeles, pero sonaba tan bonito que me encantó”.
—¿Qué significa hacer poesía para niños, qué reto implica meterse en una escritura concebida para un público específico?
—No sé si hay una poesía específica para niños, al parecer sí, y el jurado del premio consideró que mi obra encajaba muy bien en este rubro.
—¿Qué hay en su poesía que la hace accesible a los niños?
—No se trata de hacer una rima simplemente, un uso de los diminutivos, creer que los niños son tontos y que determinados temas no se pueden tratar con ellos, es absurdo. Yo hablo en mi poesía de la realidad, de la vida, del dolor, de la muerte y son cosas que los niños pueden sentir o tal vez ya nos olvidamos de lo que sentíamos cuando eramos niños.
La poesía es como una salvación, es algo que se hace de a dos, por necesidad biológica. No conozco a nadie que, alguna vez, ante una pena de amor no se haya sentido Neruda. Trabajé como maestra durante muchos años y en el trabajo con los niños disfruté mucho eso, escribir poesía, no escribir poesía para ellos, sino escribir poesía con ellos. Al fin y al cabo, como decía alguien: la poesía no está hecha para ser respetada, sino para ser superada, y ellos se atrevían a escribir.
—¿Dónde encontró a Anaclara?
—Anaclara somos todos, soy yo, pero somos todos los que mantenemos un poco vivo el asombro, la poesía. Anaclara es un nombre sonoro, el nombre de una niña a la que quiero mucho. |