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“El ambiente de la lectura”
Por Publicaciones

Hermann Hesse contaba que un día en una biblioteca no podía gustar de un libro que admiraba, “Las Mil y Una Noches”. Finalmente comprendió que la razón no se debía al libro en sí mismo, sino al entorno. Para leer este libro era necesario estar tirado cómodamente entre cojines, y no sentado en una silla dura e incómoda. Todo buen lector sabe que el lugar, la posición y la luz en la que lee es de una importancia capital. “Todo lector sabe que en dónde leemos afecta el cómo leemos: con qué placer, disposición y concentración”, escribe Aidan Chambers en “El ambiente de la lectura”, publicado por el Fondo de Cultura Económica. “Leer en la cama, sintiéndose cómodo y relajado es diferente a leer en una fría estación de ferrocarril esperando el tren, o bajo el sol en una playa saturada de gente, o en una biblioteca llena de otros lectores, o solo, en el sillón favorito, a las diez de la mañana”.

Desde luego no se trata sólo de una cuestión de lugar y circunstancias; sobre todo “es una cuestión de tener los libros que queremos, de qué humor estamos, con cuánto tiempo contamos y si somos o no interrumpidos”. A todo este contexto social de la lectura Chambers llama el ambiente de la lectura, que analiza en su libro, comenzando con lo que suele llamarse “el proceso de lectura”.

El libro tiene como objetivo evaluar ideas y brindar consejos prácticos para que maestros y promotores escolares puedan incentivar de manera fehaciente la lectura en los chicos. Considera esencial el ejemplo que puedan presentar los adultos, ya que hay educadores y padres que se quejan de que los chicos no leen, cuando ellos son los primeros en carecer de esta capacidad. “A los lectores los hacen los lectores. Éste es el principal factor que hay que tener en cuenta. Gran parte depende, por tanto, de cuánto leemos y qué leemos. Inevitable e inconscientemente, trataremos de convertir a otras personas en el tipo de lector que nosotros somos. Trataremos de interesarlos en el tipo de libros que más nos gustan. Los conduciremos a que piensen y hablen de lo que han leído de la misma manera que nosotros pensamos y hablamos. Y sin decir nada en absoluto, nuestro comportamiento comunicará el lugar y la importancia que la lectura tiene en nuestra vida privada... Si queremos ayudar a otras personas, en especial a los niños, a que se vuelvan lectores ávidos y, lo más importante, reflexivos, necesitamos saber cómo crear un ambiente de lectura favorable”, concluye Chambers.

Fuente: El Litoral / México
Miércoles, 15 de abril de 2009
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