Para quienes escribimos en verso, la lectura de la prosa de Rossi es un aprendizaje, y sobre todo una lección de humildad… una sonriente lección de sabiduría.- Octavio Paz.
Vasconcelos dijo que hay libros para leer sentado y libros para leer de pie; los que pertenecen a la segunda clasificación son aquellos con los que experimentamos una avidez casi frenética que nos impide interrumpir su lectura. No parar hasta el final.
Así, nuevamente con la misma avidez, en un día reciente, releí la primera -y única- novela de Alejandro Rossi, Edén. Vida imaginada. Fondo de Cultura Económica, México, 258 pp. (Letras Mexicanas), por esta obra Don Alejandro recibió el Premio Xavier Villaurrutia en su edición del 2006.
Con Alejandro Rossi, viejo conocido de mis lecturas -siempre regreso a sus dos libros de ensayos (“Manual del distraído” y “Cartas credenciales”)-, me ocurre lo que con aquellos autores que me han marcado: sea por admiración o curiosidad, no puedo sino buscar la oportunidad de cualesquier dato biográfico, minucia anecdótica si se quiere, saber lo que hicieron en tal el o cual momento, algún diálogo, relato de viaje o de comida, memorias.
Mexicano por elección, y obviamente de excepción, Alejandro Rossi en “Edén. Vida imaginada”, narrado en tercera persona, nos regala en forma novelada, con su acostumbrado manar de infinitos adjetivos, siempre precisos, las tribulaciones de su imaginativa infancia y primera juventud, muchas veces con minucias anecdóticas. El marco nos deja sin aliento: Florencia el lugar paterno donde nació en 1932; un nostálgico Buenos Aires de sus primeras lecturas; Montevideo; Caracas, terruño de su madre, y de su pasado de abolengo. Sobre todo el Hotel Edén en la provincia Argentina.
En su Novela de tinte biográfico, Rossi se descubre en una infancia sin idioma ni patria definidos, fruto de vaivenes por la guerra, recurre también a sus fantasmas, Octavio Paz, Bioy Casares y su Invención de Morel; evoca la sensualidad de Cheche, su madre, se pinta también con algo de fabulador, cierta vanidad, y obviamente el primer amor.
Es una suerte que Alejandro Rossi, el de los muchos pasaportes y formas migratorias, cosmopolita al fin, y contra su costumbre nos deja conocerlo, nos revela al niño Álex, al joven Rossi… después de todo “redimido”.
Por obvias razones no puedo evitar traerle al lector algo de Rossi en su célebre “Manual del Distraído”: “En Nuevo Laredo estuve diez días. En un hotelucho desordenado y tórrido”, así inicia Rossi la crónica del calvario que sufrió en nuestra ciudad. Sin precisarlo, debió ser hacia el final de 1951, en que estuvo entre nosotros con el fin de obtener una visa de estudiante, entre los cafés y la plaza ( la Hidalgo , supongo), y el refugio del aire acondicionado en las oficinas de Migración, Rossi, entonces venezolano, padeció bajo nuestro Sol el entramado burocrático. No olvido decir que su trámite fue infructuoso.
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