Supe que había muerto Alejandro Rossi y me puse a releerlo. Volví sobre su reciente novela de “vida imaginada”, Edén [FCE], y estoy flotando desde entonces, en los jirones de esa admirable burbuja iniciática, el recuerdo de unas semanas luminosas, iluminadas en realidad por su reinvención literaria sesenta años después.
La burbuja está hecha de la evocación minuciosa de unas semanas pasadas por la cosmopolita familia Rossi, venezolana y florentina, tropical y aristocrática, de prosapia caraqueña y europea, en un hotel de veraneo argentino, en la provincia de Córdoba.
Es el verano austral de 1943 o el de 1944, ambos quizá, reunidos en una evocación que va y viene por el tiempo de la salida de la infancia de Alessandro, El Negro, Alex, “un testigo permanente” de su mundo, “un orador infantil, un gracioso niño precoz”, narrador-personaje de la novela,
Mientras una civilización se derrumba en el Viejo Continente, nuevo campo de matanza y exterminio, en el otro lado del mundo, un muchacho fantasioso, que inventa historias y mira de más, sabe de más, oye de más, se inicia en lo que será con los años el talismán de su memoria, los concienzudos días de felicidad de aquellas vacaciones de la última infancia, donde todo tiene ahora nitidez y sentido: el rigor de un presente perfecto y el aura de una inminencia radiante que se cumple.
La novela termina en las aguas diáfanas de una piscina donde se establece para siempre en la memoria de Alessandro la huella no del primer encuentro sexual, sino del primer amor.
En una entrevista del año de 1994 publicada hace unos días en Laberinto, de MILENIO, Alejandro Rossi dice a Enzie Verduchi. “La felicidad es elusiva, la olvidamos. Es una frivolidad de la memoria”.
Al cuidadoso cortejo de esa frivolidad dedicó Rossi sus últimos años, de penosa, prematura, fatal enfermedad. No pudo elegir nada mejor pero sus últimos años que tallar esta jubilosa joya de la corona de una obra ceñida, ajena a las debilidades del aprendizaje, nacida en la madurez y culminada en la maestría absoluta de las páginas de Edén.
Me consuela haberle dicho esto que escribo al mismo Rossi, en persona, durante alguna conversación telefónica que tuvimos a propósito de una coincidencia y la publicación de un desplegado.
Añado que nunca he estado más cerca de él que en estos días de su relectura póstuma, la primera de nuestro nuevo encuentro.
Pienso que le gustaría leer esto y por eso, supersticiosamente, lo escribo.
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