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José Emilio Pacheco cumple setenta años, y eso regocija a muchos porque es uno de los protagonistas de la literatura mexicana más querido y admirado por propios y extraños: aun quienes no lo conocen personalmente se sienten muy cercanos a él debido a la calidez y calidad de su obra. Narrador, poeta, ensayista, antólogo, traductor, académico… José Emilio Pacheco está siempre bajo los reflectores, ya sea a través de sus libros, conferencias o la prensa.
Aunque muchos consideran que la poesía es la mejor faceta de la obra de José Emilio, opino que su narrativa en nada desmerece. Sus libros de cuentos son imprescindibles, aun los que escribió en plena juventud: uno de mis favoritos es “La reina”, que ocurre en un carnaval de Veracruz, y donde una niña padece los primeros embates del amor y de la decepción. Su novela Morirás lejos (1967) es una de las más importantes de cuantas aparecieron a mediados de los años sesenta, lo que no es poca cosa, porque entre aquéllas se cuentan Cambio de piel (Fuentes), Farabeuf (Elizondo), José Trigo (Del Paso), De perfil (Agustín), Gazapo (Sainz), Las visitaciones del diablo (Carballido), Los juegos (Avilés Fabila) y varias obras más que son pilares de la novelística mexicana. Recuérdese que el sello de esa época era la innovación técnica, y por eso varias de las mencionadas son de difícil lectura. La novela de José Emilio contiene visos de experimentación formal, pero no descuida el segmento anecdótico, que es importante porque se inscribe en asuntos de indudable valor social y político.
En 1981, apareció Las batallas en el desierto, acaso (o sin acaso) una de las novelas breves más hermosas de nuestro medio (y de otros). Y eso tampoco es cosa nimia, porque contamos con obras maestras en ese rubro, como Aura (Fuentes), El hombre de los hongos (Galindo) y Elsinore (Elizondo). Las batallas… es la recuperación, mediante la memoria, de una Ciudad de México (de un país) que dejó de existir hace mucho, pero que cuando estaba en su esplendor era una de las cosas más maravillosas del mundo. El autor advierte cómo se dieron los cambios de la fisonomía citadina, y lo hace con un dejo de nostalgia inocultable. Y está escrita con una prosa que da envidia: concreta y elegante, al mismo tiempo. Esta noveleta es ya un clásico, y la estudian los chicos de secundaria y preparatoria a petición de los maestros y su sentido común. La considero entre mis lecturas favoritas.
Por otra parte, José Emilio Pacheco es un hombre de una generosidad a toda prueba. Aunque es muy disciplinado, no se niega a convivir con los amigos, y las conversaciones con él son fascinantes: su cultura apabulla, mas no cae en la pedantería. He tenido oportunidad de convivir con él a lo largo de casi tres décadas, y es un lujo que me distinga con su amistad. Y espero que lo que voy a contar no le incomode, porque es una broma.
Entre los conocidos y admiradores de José Emilio, circula la versión de que su asistente doméstica dijo alguna vez: “Aquí la que trabaja es la señora Cristina (Pacheco): se va al periódico, a la televisión, al radio… En cambio, el señor (José Emilio Pacheco) sólo se la pasa leyendo y escribiendo”.
Sí, José Emilio Pacheco es un ser entregado al trabajo, no se da respiro en ese sentido: cuando está en México escribe su columna semanal, sus ensayos y conferencias, y no descuida su producción poética. Pasa parte del año impartiendo cursos en los Estados Unidos.
Qué bueno que las instituciones, y sobre todo sus lectores, le rindan homenaje por estos primeros setenta años. Me uno a la celebración y le digo ¡Salud! |