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Apunte para un ángel
Por Héctor Iván González

Debido a múltiples razones, la novelística mexicana de los últimos diez años ha visitado las temáticas del viaje y del reencuentro con los lugares que guardan, o reviven, una memoria de antaño. Si pensamos en obras como El testigo (Anagrama 2004) de Juan Villoro, donde su protagonista, Juan Valdivieso, un intelectual mexicano residente en Europa, regresa a su país al enterarse de que los 71 años de mal gobierno priista han terminado, lo cual le permitirá atar varios cabos sueltos de su vida; o si traemos a cuento la historia de Ernesto Cardona, personaje de Tu nombre en el silencio (Cal y arena, 2000) de José María Pérez Gay, quien regresa a la Alemania posterior a la caída del Muro de Berlín para encontrar una época de caótica transición donde, al igual que Juan Valdivieso, intentará sanar las heridas de un viejo amor; o si pensamos en Alex, el joven personaje de Edén. Vida imaginaria (FCE, 2008) de Alejandro Rossi, quien narra, de manera autobiográfica, el viaje de una familia transterrada de Italia a la Argentina, cuyo telón de fondo es, ni más ni menos, la II Guerra Mundial, podremos contemplar que el andar y la novela de los escritores mexicanos concurren en una ojeada al mundo.

Evidentemente, no puede quedar fuera Pedro Torres Hinojosa, personaje de La emperatriz de Lavapiés (Alfaguara, 1999) quien, hace 12 años, se acercó a una taquilla del aeropuerto con la secreta convicción de que iba a morir, “porque viajar es quizá morirse un poco”, y que —a través de su viaje— reunió dos extremos tan cercanos que parecería que jamás se divorciaron: la cultura mexicana y la española. Ni puede faltar en este trayecto Demetrio Sordo, el protagonista en Casi nunca (Anagrama, 2008) de Daniel Sada, quien tenía que atravesar cientos de kilómetros —igual que Pedro Torres— para encontrarse con una promesa de amor. ¿Y cómo podría ser de otro modo si todos los personajes de la narrativa mexicana, como se descubrió en el barrio de Lavapiés, son hijos del andante caballero Don Quijote de la Mancha?

Ciertamente, la enumeración de personajes viajeros en la última década de nuestra literatura se podría continuar, sin embargo, haremos un alto para presenciar un cambio, en el que los personajes pasan de dibujar una línea centrífuga al trazo de una serpentina inversa y oscura: la caída de un ángel.

Pues parece que el único destino del ángel que merodea por las calles y callejones de esta ciudad es profundizar, penetrar los recovecos del mundo que nos habita todos los días. No un mundo que habitamos sino un mundo que nos habita, que se nos sube encima, nos anda por la cara y nos corroe las venas. Porque, como dejan ver las líneas y párrafos de Réquiem para un ángel, la Ciudad de México es un ser vivo que —trémulo— nos deja vivir en él con la generosidad de un dios que con un solo movimiento nos aplastaría sin misericordia alguna. Y que nos convence paso a paso de que no somos indispensables en esta vorágine, de la misma manera que nadie lo es en el coro de necios que desayunan todos los días en el Sanborns de los Azulejos. Coro que hace homenaje a cualquier tipo de exilio, sin importar que sea aquel que se reunía en la Rotonda de Montparnasse, esquina con el Boulevard Raspail, en París, a donde acudía Miguel de Unamuno en su digno exilio ante la dictadura de Primo de Rivera, en el verano de 1925; o sea el corrillo de personajes entrañables como María Racaño o Carlos Gaos en Euclides número 5, tercer piso, donde Max Aub vio morir a cada uno de los parroquianos que se reunían a refrendar su creencia de que la muerte de Franco era cercana, y que, mientras pasaba el tiempo, se le disolvieron las esperanzas de regresar a España; o aquél otro, presidido por Don Manuel Pedroso, que junto con Carlos Fuentes, Sergio Pitol y Raúl Ortiz pasaba lista a cada uno de los artículos del Derecho Civil que había pisoteado “El caudillo” al socavar la República.

Porque este Réquiem… es un homenaje al maestro de tantos nombres. Como el que rinde a una novela que el año pasado cumplió sus primeros 50 años. De la misma manera que aquélla lo rendía a nuestro Alfonso Reyes (1899-1959). Pues, ya que estamos entrados en gastos, tendríamos que decir que el Ángel Anáhuac proviene de la Visión de esta misma tierra salitrosa y hostil en la que estamos parados.

De tal suerte que más vale que vaya refrenando estas líneas porque la obra de Jorge F. Hernández es tan amplia, es tantas cosas y —como se dice en la jerga detectivesca— abre tantas líneas de investigación, que éste sólo es un apunte a una novela que merece la lectura atenta, la relectura reflexiva y el análisis con pluma en mano; porque la prosa de Hernández es tan fuerte y tan ronca como su propia voz, una voz de roble y de colorín. Que no teme pasar de las tonalidades guanajuatenses a las fricativas del inglés obamaniano, o a las labiales que tanto se estilaban en Abbey Road o a la cadencia madrileña del cronista taurino. Cuya personalidad es la muestra primera de que para ser universal hay que empezar retratando los adoquines de nuestro barrio, las veredas del centro y del arrabal, tal y como lo hace el Ángel Anáhuac, quien deja constando en actas que al leerlo uno se enfrentará una y otra vez a la región del viajero que fue recibido con una voz que sólo podía venir de los cielos, y que rezó: “Viajero: has llegado a La Región donde el aire brilla como espejo y se goza un otoño perenne”, tu peregrinar ha terminado.

hombresdeagua@yahoo.com.mx  

Fuente: Laberinto de Milenio Diario / México / Distrito Federal
Sábado, 12 de septiembre de 2009
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