Puesto que desde hace algunos años no leo fuera de programa, salvo por algún libro que se me imponga y por el cual me vea forzada a romper mi rígida disciplina, que no es sino una estructura de vida a la cual me engancho porque es la que mejor despierta mi entusiasmo, el mundo y sobre todo la gente son para mí una enorme reserva de libros en mi biblioteca, que contemplo y hojeo, pero cuya lectura profunda dejo pendiente para mejor ocasión.
El libro salvaje [FCE], de Juan Villoro, se me impuso, de modo que en mis horas de lectura y en ratos robados a mis demás horas lo leí absorta, entre otras razones porque la historia narrada en él me interesó y me conmovió, y su desarrollo narrativo me aleccionó divirtiéndome, como los clásicos querían que fuera transmitida la enseñanza. Mientras leía El libro salvaje, no sólo ansiaba saber qué sucedería después, sino que me molestaba la idea de que la narración terminara, señales que indican a un autor que ha cumplido con la regla de oro de su arte, que consiste en conseguir atrapar al lector desde la primera línea, y no soltarlo ni siquiera después de la última.
Nadie duda que Villoro sea un gran narrador y un gran ensayista, ni que sea brillante, culto, imaginativo y simpático, ni que esté metido y al día en su tiempo ni que, esperemos que sólo en sentido metafórico, no deja de crecer. Pero, a menos que el lector sea niño, no es muy sabido que Villoro conmueva, y los niños, a quienes está dirigido El libro salvaje, quizá no sepan que conmover es el término preciso que define la emoción que este libro provoca, quizás el efecto principal que Villoro acciona en la lectura de este cuento largo o novela corta.
Alguna vez oí comentar que el problema de Villoro, como escritor y como ser humano, era que no había sufrido. Si recordara a quién le oí esta observación, directamente le recomendaría leer El libro salvaje para que la rectificara y, si se atreviera, dejara correr sus propias lágrimas. ¡Qué inconfesable para un intelectual llorar al leer un libro para niños! ¡Qué bochornoso leer (y gozar) un libro para menores! Porque otra cosa que he oído decir de Villoro es que es tan arrogante que, para que se le perdone esta falla, acoge temas populares y hasta estropea su sentido del humor nato al optar por el chiste. ¡Bueno! Desafío a quienes opinen esto a leer El libro salvaje, porque en él encontrarán a un Villoro que ha sufrido y que ha transformado su supuesta arrogancia en candor, o en esa simplicidad que sólo un niño brillante, culto, imaginativo y simpático puede tener, pues un niño sabio no sabe que es sabio, quizás porque al saberse niño piense que ser sabio es exclusivo de adultos, o es lo que él espera de ellos, que sean sabios, al menos los adultos a los que admira o ama. |