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No tuve una infancia de lector, por eso escribo libros que me hubiera gustado leer: Villoro
Por Yadira Llaven

“Yo no tuve una infancia de lector. Para mí fue un pasado vacío. Mis padres son profesionistas y en mi casa había libros, pero sólo de especialidades que no le interesaban a un niño. En casa no había la costumbre de enseñar la lectura, había pocos libros y no existían ediciones como las del Fondo de Cultura Económica, que hoy en día hace asequible la lectura de autores mexicanos y de otras lenguas, traducidos al español que hablan los niños”, desveló, entre anécdotas personales, bajo el influjo de su característico humor, el escritor y periodista Juan Villoro (ciudad de México, 1956), durante la charla que dió sobre “El placer de la lectura”.

“No me quejo, pues más tarde me enteraría que mi padre, por encargo, hizo una de las primeras traducciones de El principio, para publicarse en fascículos en el periódico Novedades. Y nunca lo leí en mi casa”.

“La educación que tuve, respecto a la lectura, fue muy pobre. Una de las razones por las que escribo para niños es pensando en los libros que me hubiera gustado leer en mi infancia y que no tuve”.

Villoro forma con Carmen Boullosa y Daniel Sada una generación sin nombre. Sin embargo, entre los tres podrían llenar una biblioteca que representaría de una manera importante a la literatura mexicana. Son el eslabón a la etapa anterior a José Emilio Pacheco, Sergio Pitol, Vicente Leñero y Carlos Monsiváis.

El Premio Herralde estuvo ayer en la Biblioteca Palafoxiana, para reponer la conferencia que quedó pendiente, desde el pasado 11 de noviembre, dentro del Festival Internacional de Puebla. Hay que recordar que su cancelación, se debió a que las marchas del SME paralizaron la ciudad de México, y fue imposible llegar a tiempo.

En compañía del secretario de Cultura, Alejandro Montiel, Villoro agradeció la presencia de su amigo Pedro Ángel Palou Pérez, “quien fue la primera persona que me trajo a Puebla, hace 30 años, cuando se tenía que ser bastante intrépido para confiar en un escritor que casi no había escrito nada”.

Previamente, dijo que Puebla es una ciudad muy significativa. “La semana pasada estuve en la librería que, para mí, es la más hermosa de México, Profética, y ahora también me encuentro en la biblioteca más hermosa del país, la Palafoxiana, sintiéndome como un personaje de El nombre de la rosa”.

La plática, que tuvo como eje la aventura por leer y la puesta en práctica de esta actividad que convocan los libros que nos rodean, duró más de lo esperado, pero del abarrotado recinto nadie quiso abandonar su lugar hasta escuchar la última palabra del autor de El testigo.

Forzosamente, una plática sobre este tema, tiene que ver con el itinerario personal de quien se ha dedicado a este oficio, por lo que habló en un sentido genérico de la actividad de leer, sus desafíos, sus retos, sus placeres y sus obstáculos.

“Nadie nace siendo lector. Ser lector nos puede dar una diferencia esencial en nuestra vida y nos puede comunicar con personas de todos los tiempos y las latitudes, gracias al instrumento de la lectura, aunque no siempre esto es posible”.

Hace un par de años, rememoró, en una gala cinematográfica que se le dio al actor hollywoodense Sean Connery, por sus logros a lo largo de su vida, le pidieron que hablara de su infancia. Él dijo que fue huérfano y muy pobre. Vivió con uno tíos y no tenía cama dónde dormir, lo hacía en un cajón de una cómoda. Y esta difícil situación pudo superarla gracias a que encontró una herramienta que lo igualaba a cualquier persona, y no se trataba del carisma ni de la capacidad de actuar: a los cuatro años aprendió a leer.

Bajo esta premisa, aseguró que la lectura transforma a una persona, por ello debe ocurrir inicialmente en la infancia, “porque marcará nuestra vida y la determinará para siempre”.

Confesó que el primer libro que leyó, a los 12 años, lo encontró en una batería de libros clásicos, que su maestra Muñiz había juzgado ya podría merecer. “Pero nosotros no entendíamos que eran excepcionales. La mayoría escogió el Lazarillo de tormes, porque era el más delgado, y los matados de la clase, que nunca faltan, El Quijote, de Cervantes. Yo me encontré con el Cantar con el mío Cid, atraído por la película El Cid, actuado por Sherlock Heston y Sofía Loren, que previamente había visto”.

“A los 12 años me estrellé con el Cantar del mío Cid, sin darme cuenta de que está hecho de materia viva y que es una obra fundamental de la literatura. Traigo a cuenta esta anécdota porque en ocasiones la lectura se nos impone como una especie de aerolito caído del espacio exterior, que nada tiene que ver con nosotros, y que debemos estudiar de manera forzada”.

“La lectura no se debe imponer, es más creo que ni siquiera se debe enseñar, en un sentido literario, la lectura se debe contagiar. Uno de los grandes problemas es que los maestros no leen, de manera que no contagia algo que ignoran, como una forma de la felicidad. Ellos lo ven como una asignatura, como un asunto a resolver”.

Parafrasean a Borges, dijo: “somos los libros que nos han hecho mejores. En efecto. La lectura nos mejora, esto no quiere decir que sólo los que leen tienen una condición ética, hay campesinos analfabetas de una rectitud ejemplar y de una bondad insuperable. El libro no garantiza la ética de una persona”.

“Si nosotros lo queremos, los libros nos pueden hacer mejores personas”.

La lectura, comparó, es como aquel que practica el paracaidismo “en condiciones normales sólo unos cuantos se atreven a brincar, pero en condiciones extremas a cualquiera le puede salvar la vida”.

A través de su texto El libro salvaje, con la historia de un niño que no es lector, busca dar a conocer los retos y problemas con los que se encuentra el autor para que la gente lea.

Fuente: La Jornada de Oriente / Cultura / México / http://www.lajornadadeoriente.com.mx/2009/11/25/puebla/cul221.php
Miércoles, 25 de noviembre de 2009
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