La mala del cuento (FCE, 2009) es el título del más reciente libro de Vivian Mansour, historia en la que los papeles se intercambian y las ruindades tradicionalmente atri- buidas a la figura de la madrastra ahora son encarnadas por una preadolescente que, tras el fallecimiento de su mamá, a toda costa desea impedir que su padre continúe la relación de noviazgo que mantiene con una mujer sospechosamente perfecta.
Con estudios en ciencias de la comunicación y un pasado como creativa de agencia publicitaria, la mexicana Vivian Mansour es autora de varios libros infantiles, entre los que se cuentan Familias familiares, El peinado de la tía Chofi, El enmascarado de lata y ¡Fuiste tú!
En el caso de La mala del cuento, señala Mansour, lo que catapultó la historia fue el hecho de que la mamá del mejor amigo de su hijo comenzó a salir con un viudo que a su vez tenía hijos: El hijito de mi amiga estaba muy feliz porque finalmente su mamá ya tenía novio; sin embargo, los hijos del viudo no la querían porque era la madrastra. Es decir, la mala de los cuentos. Si recordamos, a las madrastras las dibujan con verrugas y pelos en la barbilla. Así que lo que yo quería hacer era cambiar los roles: crear una madrastra que fuera la buena del cuento y una niña que fuera lo contrario. Me pareció que era una aportación con sentido del humor, porque aun cuando el libro trata temas delicados como la muerte de la mamá o la menstruación, siempre lo hice con sutileza y sentido del humor.
-¿Qué tan difícil fue presentar el fallecimiento de la madre a causa de anorexia y bulimia?
-Ese fue un tema muy delicado que quise sacar a la luz de manera simbólica. La madre tenía que morir. No es que ella fuera una mala madre, pero tenía que encontrar la forma de que desapareciera. Al principio yo iba a poner algo así como que había muerto de anoremia pero la editora, Eliana Pasarán, me dijo que era mejor poner el nombre tal cual: anorexia. Algo que me pareció muy atinado ya que, a partir de eso, la niña pone distancia respecto a la obsesión que la madre tiene por el cuerpo. Se da cuenta de que, aunque su cuerpo no le gusta porque es una adolescente, decide que nunca va a caer en este juego perverso y enfermizo.
-En virtud de que su protagonista tiene 11 años, ¿cómo eligió los dos episodios en que mostraría su máxima ruindad?
-Ahí siempre juega la imaginación del autor en combinación con situaciones que uno ha visto o escuchado. Cuando yo era adolescente, por ejemplo, tenía una amiga que le daba comida de perro a un pretendiente que no le caía bien. Por eso sé que la comida para perros no hace daño, aunque ha de saber realmente espantosa. Por otra parte, como yo sé qué es ser madre, sabía que uno puede soportar cualquier cosa menos que molesten a nuestros hijos. Por lo tanto, que Marina pusiera a comer comida de perros y gatos al hijito de la madrastra era lo peor que le podía hacer.
-Al igual que la bomba de humo que la niña explota en casa de la mujer. En este sentido, ¿cómo medir la magnitud de las travesuras que usted plantea en calidad de autora? ¿Cómo saber que no está yendo demasiado lejos?
-Lo de la bomba de humo se dio de manera natural. Era la travesura que la historia pedía. La historia pide un tipo de lenguaje, de personajes y situaciones, y uno tiene que obedecer sin hacer caso a los requisitos del mercado ni a la censura que pudiera tratar de imponer alguna editorial. Los niños entienden muy bien el género de la farsa, que está hecho de exageraciones. Ellos no toman literalmente las cosas como, a veces, lo hacemos los adultos.
-¿De qué manera se integra el discurso visual del caricaturista Patricio Ortiz con su texto?
-Los ilustradores son muy importantes, realmente son los coautores de las historias. Un niño escoge un libro por la ilustración y no tanto por la historia. A veces una buena ilustración puede subir un texto bastante sencillo o, al revés, puede hundir un texto muy bueno. En ocasiones uno trabaja codo a codo con el ilustrador, pero no siempre sucede así. En este caso concreto la editorial fue quien designó a Patricio Ortiz y él siguió su propio camino.
-Tratándose de personajes malvados, ¿tuvo en mente a La peor señora del mundo, de Francisco Hinojosa, al escribir su más reciente libro?
-Yo admiro mucho el cuento de Hinojosa, pero no tiene nada que ver. Hace poco la presentación en la Feria del Libro Infantil y Juvenil estuvo muy divertida, porque quien presentó a La mala del cuento fue La peor señora del mundo. Sin embargo, eso nada más fue un chiste por parte de la editorial.
-¿Cómo ha influido su extrabajo como publicista en su tarea como escritora?
-Durante casi diez años yo trabajé como copyright en una agencia de publicidad. El uso del lenguaje publicitario me dio muchas herramientas para aplicarlas a la hora de hacer cuentos de manera divertida y efectista. Me dio mucho sentido del ritmo, ya que como publicista debes contar historias completas en 20 o 30 segundos.
-¿Cuál considera que es el ingrediente fundamental al escribir para niños?
-Uno tiene que ser muy honesto. Podría suponerse que es un público muy pasivo o estático, pero en realidad se trata de un público exigente y crítico al que tienes que atrapar desde la primera hoja. A los niños no les importa si eres premio Nobel o no, sino que la historia los convenza y los divierta. |