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Ritmos
Por Luis Jorge Boone

Entre la creación y la crítica, el poemario más reciente de José Luis Bobadilla (Ciudad de México, 1974) sigue una dinámica de sístole y diástole: un primer movimiento que amplifica el paisaje interior a través de objetos materiales, y otro que concentra reflexiones fugaces, dudas e intuiciones que rodean la escritura. Es valiosa, la actitud consciente del poeta que mide distancias con su oficio (contrastante con la de quien espera ser leído antes que leerse a sí mismo). Sin embargo, debo señalar que los resultados de esta combinación de perspectiva y ritmo me parecen disparejos. Los poemas presentan algunos momentos notables, pero la parte aforístico-ensayística desmerece con frecuencia y no alcanza la cuota necesaria de lucidez e intuición que cabría esperar de un ejercicio como éste.

Una “máquina simple” es un dispositivo escueto pero autónomo que redirige una fuerza, refinando dirección y potencia en un sentido artificial. Me parece, amén de una idea merecedora de ahondamientos, una bella definición de la escritura. Las secciones “Pesquisas”, “Planos”, “Palancas” y “Poleas” contienen series de poemas afines, mientras “Protopoética”, “Una anotación” y “(Fragmento de una carta...)”, textos en prosa que confluyen en la cocina de la escritura. Ciertamente, los poemas de Bobadilla se mueven con la lógica de dichas máquinas: aspiran a elevar objetos inertes, mediante la presión de un decir poético ceñido y discreto —venciendo una resistencia natural—, a un nivel más puro de existencia. Lejos de pretender la totalidad, el autor ofrece vistazos, fragmentos que aspiran a señalar lo que flota del iceberg de la experiencia. No el todo por la parte, sino la completud de ésta. La fragilidad de un instante, su propia borradura: “fuimos a caminar entre el mar y la laguna unos kilómetros. escribimos varias veces una línea porque sí. junto a lo escrito acomodamos unos palitos y unas piedras que duraron tres días...” En los poemas no sobre el amor, sino sobre la compañía —el misterio de cierta comunión—, el autor debe sortear no pocas veces el escollo de la sentimentalidad que colinda con la sensiblería, aunque frecuentemente libra con decoro la complicación: “un dedo/ un cabello/ un cabello enredado/ olvidado de ti/ para que sigas/ prendida/ abrazada/ aquí conmigo/ en el auto...”

Hablando de las secciones ensayísticas, el sentido final de “Una anotación” es ponderar la mecánica del caminar como dispositivo y ritmo poéticos; el de “(Fragmento de una carta)”, hablar de la necesidad que reviste la vocación escritural. La sección más ambiciosa es “Protopoética”, y es en ella donde se notan las costuras del ejercicio. La estrategia del fragmento y la reflexión —donde lo mismo cabe una declaración de filias y fobias que el autodiagnóstico o el registro del asombro— colinda con el de las Prosasde Hugo Gola; aunque aquí es moneda corriente extrañar la apariencia de necesidad que en el modelo original barniza cada una de las percepciones. Y el reparo quizá empiece desde una minucia: la sustitución de comas por guiones. Si bien esto da una apariencia más continuada a la prosa (los fragmentos se vuelven bloques en cadena y no frases soldadas por puntuación), el recurso entorpece por momentos la lectura. No parece la mejor solución en una escritura que busca su continuidad, pues el elemento abona a la parte visual y no a la claridad. En general, el ritmo visual de los textos parece ser la parte que más preocupa al autor, pues el deslizamiento de los versos pretende referir la sensación de andadura. Pero con la sustitución de un signo tan de batalla como el ajolote indomable, uno tiene la impresión de que la prosa no es la continuación del verso por otros medios, sino un plano menor que hay que subvertir para restarle vulgaridad. Ahora, hablando del fondo, las observaciones caen con demasiada frecuencia en la obviedad o el simplismo (“No a la facilidad ni al descuido”, “Nos suspendemos en la nada —gocemos el amor— existe la poesía”, “Nada mejor que la posibilidad”; frases como éstas no invitan a detener la lectura y pensar por nuestra cuenta, no tientan a la curiosidad), pero también es cierto que suelen atinar en el comentario y en la cita enriquecida (Godard que explica el cine como su forma de pensar), en el diálogo con Williams, Luther Adams, Cage; y no pocas veces apuntan a un misterio valedero: “Las palabras tampoco son fáciles de manejar. Son —de un modo contrario a lo que se cree— también desorden.”

Al hojearlo, lo que me atrajo a priori de Las máquinas simples fue precisamente su naturaleza híbrida, de un poemario que contiene textos que no son poemas. Pero creo que una dosificación que mixturase ambos discursos hubiera resultado más dinámica, logrado mayor tensión entre pensamiento y acción poética (tal y como un fragmento aparece en la edición 2007 del Anuario de poesía mexicana del FCE; dicha modalidad me sedujo de entrada, pero la eché de menos en la disposición final del poemario).

Al margen de estas cuestiones, el poeta acierta cuando describe escenas que se vuelven metáforas de la escritura: “estoy haciendo ranuras en la mesa...// quiero decir// que con mis manos/ una moneda/ cierto ánimo/ hago ranuras sobre la superficie pulida de una mesa de madera// ¿cuál es el estado...?// cada ranura o surco es diferente/ pero son semejantes en su hondura”. “No ideas sino en las cosas”, nos llega Williams vía Paz. Me parece que ahí la intuición del autor es donde alcanza profundidad y capacidad de sugerencia, en la frágil materialidad de los objetos olvidables (el crujido de lo evanescente, la inteligencia de la geometría microscópica: estampas de reflexión implícita). En ese lugar donde sientan sus reales quienes entienden el mundo como una sucesión de imágenes sin estirpe, en perpetua extinción.

Fuente: Milenio / Laberinto / México / Distrito Federal
Sábado, 19 de diciembre de 2009
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