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Hidalgo: ¿padre de la patria?
Por Héctor Tajonar

A dos siglos del levantamiento encabezado por Miguel Hidalgo, muchos mexicanos nos preguntamos por qué los gobiernos del PRI y el PAN celebran sólo el inicio, no la consumación de la Independencia, lograda 11 años después; además de haber condenado al limbo de la historia, en calidad de innombrable, a Agustín de Iturbide.

Tal muestra de mutilación y tergiversación de los acontecimientos del pasado, se deriva del intento por imponer una interpretación oficial de la historia, con el propósito de construir una idea de nacionalidad basada en la creación de mitos y héroes a lo cuales la población pueda admirar, como ocurre en los cuentos infantiles. Puede argumentarse que la construcción de una dimensión simbólica de la realidad resulta esencial para crear el sentido de pertenencia, base del concepto de nación o, dicho de otra forma, que la creación de una historia oficial es un elemento indispensable para la formación de la llamada identidad nacional.

No obstante, el deseo de imponer una visión única y totalizadora de los sucesos pretéritos representa una forma de subdesarrollo intelectual, propio (aunque no exclusivo) de sociedades atrasadas y autoritarias, en las que el poder simbólico se utiliza con fines de control o legitimación política. Ello puede traducirse en lo que Pierre Bourdieu llama violencia simbólica, la cual supone la manipulación del pensamiento y las creencias de grupos sociales o pueblos enteros, que pueden conducir a niveles inadmisibles de sujeción y sometimiento. Por eso considero que la historia oficial es, además de un mal necesario, una forma de prisión del entendimiento, que limita la libertad del individuo para pensar e interpretar su propio pasado.

Un inmejorable ejemplo de la construcción del mito fundacional de nuestra historia de bronce es el luminoso ensayo de Edmundo O’Gorman, titulado “Hidalgo en la historia”, lectura imprescindible para toda persona interesada en descubrir el sentido de los acontecimientos que se conmemoran este año. Lo recomiendo especialmente al Presidente de la República, así como a los encargados de escribir sus discursos. En escasas 20 páginas, el ilustre historiador analiza, con inteligencia y gracia, la manera en que el iniciador del movimiento independentista se fue convirtiendo en el “genio tutelar de nuestra historia”, o bien, el proceso mediante el cual Miguel Hidalgo y Costilla pasó de ser un personaje de la historia al broncíneo mito que lo considera “el padre de la patria”. (Imprevisibles historias. En torno a la obra y legado de Edmundo O’Gorman, Fondo de Cultura Económica, 2009, pp. 379-399).

A través de un riguroso recorrido historiográfico, O’Gorman realiza un espléndido retrato del cura Hidalgo mediante la combinación de testimonios de sus críticos y sus panegiristas, enmarcado en una brillante reflexión acerca del conflicto entre liberales y conservadores que constituyó el telón de fondo del nacimiento de la nación mexicana (dicotomía que no hemos superado).

O’Gorman, quien hizo de la historia un arte y un pensamiento, empieza por reconocer que, en sólo cuatro meses, Hidalgo hirió de muerte al virreinato: “Aquel teólogo criollo, cura de almas pueblerinas, galante, jugador y dado a músicas y bailes, gran aficionado a la lectura y amante de las faenas del campo y las artesanías, dio al traste con un gobierno de tres siglos de arraigo”.

Morelos, Ignacio Rayón y el escritor Carlos María de Bustamante fueron los primeros en considerar a Hidalgo como el inspirador de los ideales democráticos y republicanos. Pese a lo discutible de la filiación —escribe O’Gorman— ello “no sólo le comunicó unidad histórica a los 11 años de lucha, sino fue la base que halló la reforma para convertir a Hidalgo en su bandera, la vía por la cual alcanzará su más alto honor como padre de la patria.” El arraigo definitivo de la insurgencia como antecedente del liberalismo mexicano fue confirmado en el Manifiesto que se publicó al promulgarse la Constitución de 1824. Dos décadas más tarde, Andrés Quintana Roo, Melchor Ocampo e Ignacio Ramírez se encargaron de consolidar el ascenso de Hidalgo, “entre guirnaldas e incienso, a los altares cívicos en la advocación de Divino anciano.”

Erigidos en herederos del liberalismo del siglo XIX, los gobiernos emanados de la Revolución de 1910 convirtieron esa interpretación en historia oficial, la cual ha prevalecido durante los gobiernos del PAN. Ayunos de ideas, los panistas han decidido abandonar la tradición conservadora a la que pertenecen, a cambio de un pragmatismo esquizoide.

hectortajonar@yahoo.com.mx  

Fuente: Milenio / Opinión / México
Miércoles, 13 de enero de 2010
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