Si la Real Academia Española acepta a la palabra bienvenido entre sus adjetivos con definiciones, no veo por qué no se ha de aceptar la contraparte: la palabra bienhallado, que combina a su vez otras dos palabras y corresponde casi fielmente a la intención de quien otorga una bienvenida. Bien venido el año nuevo en que parecen disiparse desasosiegos y tribulaciones, bien venido el año que llega con libros nuevos porque así uno escribe sus propias páginas nuevas y, por ende, bien hallado el nuevo libro de Mauricio Montiel Figueras que tituló La brújula hechizada.
Le debo muchos párrafos de sincera gratitud y no pocos signos de admiración a Montiel Figueras desde el feliz momento —no exento de sana envidia— en que nuestro escritor logró publicar en la admirable editorial El Acantilado ese magnífico libro La penumbra inconveniente en 2001, reunión de historias entrelazadas que revelaba a Montiel como hechicero sagaz de historias con magia, narrador de prismas y detector de esos silencios que parecen palparse en los óleos de Edward Hopper. Desde entonces —parece mentira— casi una década transcurrida confirma de manera creciente la calidad de todas las prosas que navega Mauricio Montiel y el tino con el que destila en literatura su pasión por los libros, el cine y los laberintos del arte. Sin tener que verlo con frecuencia, Montiel es mi amigo que no por ello merma o define el sincero aplauso que escucho cuando lo leo.
He celebrado, regalando ejemplares al azar, su libro Terra cognita, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 2007, bello por el mapa con el que se diseñó su portada y por el mapa de párrafos que orientan a todo lector por los anchos mares del ensayo autobiográfico que puede confundirse con poemas en prosa, periplos del alma, cartografías íntimas… Eso es: Mauricio Montiel hace mapas con las palabras. Lo hace desde niño, desde que empezó a leer en libros y en la vida las rutas invisibles de las emociones, los sargazos de la melancolía o las pinceladas de pequeños guiños entrañables.
No hablaré de otros libros o artículos de Montiel Figueras para apuntalar mi declaración sobre su geografía. Me concentro en el libro La brújula hechizada, al que doy la bienvenida con estas líneas: en primer lugar, porque se trata de un nuevo título de la ya consolidada colección Pértiga de las Ediciones DGE/Equilibrista en colaboración con la Dirección de Literatura de la UNAM. Si hace apenas un lustro tanto lectores como autores andábamos norteados en busca de paisajes fértiles para el género del ensayo, la colección Pértiga ya se ha encargado de ofrecernos cosechas provechosas de buena literatura allende la ficción. Doy la bienvenida a La brújula hechizada porque los ensayos aquí reunidos confirman el tono y ánimo, talante y tamaño de la geografía narrativa de Montiel Figueras.
Tal como un mapa, los capítulos que son ensayos dedicados a autores afines, cercanos, leídos o paralelos al autor se presentan con su anotación geográfica específica. Aquí Henning Mankell, al Noreste (59° 20’ N, 18° o3’ E) y allá, al Sureste, Ricardo Piglia (34° 47’ S, 58° 23’ O) y al lado, a unos pasos, Paul Auster en Newark, New Jersey, a 40° 44’ N y 74° 11’ O… y sobre el mapa de los ensayos de Montiel se van plantando como alfileres de mapas las literaturas de Cees Nooteboom, Dino Buzzati, Yukio Mishima, Martin McDonagh, Elfriede Jelinek, Roberto Bolaño… y muchos otros escritores sobre los que Montiel traza su personal cartografía de lector que escribe, ensayista que lee, imantado por esa brújula hechizada por el Norte que mencionaba Borges, entre la arena silenciosa como el tiempo.
No me extenderé en mencionar cada uno de los autores o ensayos que conforman La brújula hechizada de Mauricio Montiel Figueras. No soy reseñista y la intención de mi bienvenida es en realidad hacer pública una gratitud para empezar bien el año: este libro contagia lecturas y quien lo lee queda comprometido a recordar sus propias lecturas de los autores o libros retratados en sus páginas, o bien, lanzarse a las páginas ignotas, parajes inéditos-aún por leerse de la mano de un guía que traza varias rutas de navegación. A diferencia de pretensiosos y pontificadores, Montiel señala los horizontes en los mapas, abre veredas y confía sus intimidades, pero jamás con el afán de imponer catálogos inamovibles de degustación. Uno se sube al vagón de sus prosas, agradece que cada uno de los ensayos tienen la extensión precisa y nada tediosa de las antiguas ventanillas de los viejos trenes, y sabe conforme pasan los párrafos que habrá de llegar a una estación (con coordenadas geográficas específicas) donde radica un escritor, Otro autor (ya leído o por descubrir) que Montiel nos ha puesto en el camino… como para empezar bien un año nuevo.
La fina y precisa ensayista Rebeca Solnit es autora de un libro delicioso titulado —muy atinadamente— A Field Guide to Getting Lost (cuya urgente traducción al español podría titularse Guía práctica para perderse). Escritora afinada con los paisajes por donde deambula, su libro es una invitación a perderse más allá de todo lo que nos es familiar. Es autora afín a las aventuras que asume Montiel Figueras, como ensayista y narrador, no porque nos inviten al abismo, lanzados en vilo hacia the wild side, sino flotando entre las nubes de la reflexión, la contemplación del arte como quien se detiene durante años a buscar entre sueños el sitio exacto donde se localiza una pequeña iglesia que pintó un artista medieval en el horizonte de un cuadro… y luego, encontrarla en vida para reencontrarla en el museo donde cuelga el óleo, celebrado por todo aquello que aparece en primer plano, sin que los turistas japoneses con sus cámaras digitales se detengan a contemplar esa pequeña iglesias antes anónima que sigue —necia y para siempre— al fondo del cuadro.
Rebeca Solnit se pierde felizmente en sus ensayos que llegan siempre a buen puerto, a “esos lugares sin nombre (que) suscitan el deseo de andar perdidos, de estar lejos, un deseo por ese melancólico asombro que es nada menos que el azul de la distancia”. Empiezo el año con la bienvenida a un nuevo libro de la colección Pértiga del Equilibrista (que ya me es entrañable), nuevo libro de Montiel Figueras (que ya me es entrañable) con ensayos de no pocos autores que me son admirables (y también, entrañables)… En realidad, quería decir que un libro que logra azuzar mi azoro, contagiar asombros, señalando ese lindo azul de la distancia que es mar, cielo y ciertas miradas no sólo es bienvenido, sino bienhallado. |