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Un editor al estilo tradicional que practica la procrastinación
Por Yanet Aguilar Sosa

Joaquín Díez-Canedo Flores, director general del Fondo de Cultura Económica (FCE) dice que su principal virtud es la tolerancia que define como un efecto de “cierta cobardía a la confrontación”, pues él siempre dice: “Para qué me peleo, mejor le doy la vuelta”, aunque reconoce que eso también puede ser un problema porque es producto de cierta cobardía física y de la inseguridad total. “Yo nunca estoy seguro de nada; cómo voy a ponerle nada a nadie si yo mismo no estoy seguro. Ahí abro un espacio para el diálogo, para la negociación, para tomar puntos de vista ajenos. Ahora que se puso de moda reconocer al otro, yo digo que siempre lo he tenido muy claro”.

El editor, hijo del reconocido Joaquín Díez-Canedo Manteca, dice que su mayor defecto es la procrastinación, que es dejar las cosas para más tarde, a lo que él llama “producto de decir a ver si más tarde tengo las cosas más claras”. Por eso le gustó mucho un texto que leyó de Elena Poniatowska donde decía que ella esperaba que las cosas se resolvieran solas. “Yo también tengo ese problema, y sé que para un ejecutivo es un defecto gravísimo, pero compruebo que es como cierta prudencia, así nunca dejo de pensar las cosas”.

Díez-Canedo Flores, nacido la madrugada del 30 de agosto de 1955, que dice que dialogando es mucho más creativo y “le funciona mejor la cabeza cuando piensa con alguien más”, no sabe si en su carrera editorial le ha pesado la figura de su padre, más bien cree que la ha aligerado. “Si yo no me llamara Joaquín Díez-Canedo seguramente no hubiera tenido ni la cuarta parte de las oportunidades. La gente en general me dice que lo respetó y lo quiso mucho, esa gente a mí me tiene una enorme buena voluntad. Así se me han abierto muchas puertas que de otra manera tal vez hubiera sido difícil”.

El esposo de la matemática Graciela Novelo y padre de dos hijos: Marissa, quien es abogada y Joaquín, estudiante de Arquitectura, se convirtió en el director del FCE, el 20 de marzo de 2009, en la misma casa donde había sido gerente editorial hasta febrero de 2008. Aunque estudió física en la UNAM, su carrera profesional siempre ha estado ligada a la edición. Nació entre libros y se inició en ellos, en Joaquín Mortiz, la editorial fundada por su padre, a la que regresó para dirigirla en 1987, año en el que estuvo más cerca de su progenitor, ese hombre al que tanto se le parece.

“No quisiera hacerle responsable de esto, pero un día me di cuenta que me parezco a él, en el modo de gesticular, en el modo de tratar a la gente, yo era muy parecido. Sin embargo, él tenía un gran gusto para comprar, tenía un apego a las cosas y yo soy un poco codo, me gusta vestir bien, pero no por vestir bien sino que resulta que siempre digo este traje es muy bonito y —me da pena decirlo— pero de verás siempre es el traje más caro”, señala el editor.

Contrario a su padre, que sólo usaba calcetines ingleses y fumaba pipa, a Joaquín no le gusta fumar. Sus pasatiempos son correr por las mañanas —aunque quisiera retomar su práctica de remo en Cuemanco—, leer, platicar con amigos, observar la naturaleza y pintar “que es muy gratificante” pues relaciona cabeza y vista con el movimiento de la mano, el trazo, color y percepción del volumen.

El editor confiesa: “Me gusta platicar con los hijos; no me gusta mucho ir al cine, me avasalla, es demasiado fuerte para mí: lloro, me enamoro de la protagonista, pienso que me tengo que cambiar de vida. Prefiero tener una novela donde puedo cerrar la página e irme a beber una cerveza. El cine me involucra demasiado y la tele es aburridísima”.

Nació cuando su padre ya tenía 13 años trabajando en el Fondo de Cultura y se quedaba a cargo del despacho cuando no estaba el mítico Arnaldo Orfila; sin embargo, Joaquín no tuvo conciencia del mundo editorial hasta los 60, cuando su papá ya había fundado la editorial Joaquín Mortiz, donde él, ya de adolescente, pasaba sus vacaciones trabajando. A los 18 años ya revisaba galeras e incluso hizo algunas portadas de los libros de Ramón Xirau y Gabriel Careaga. “Mi papá me empezaba a dar algunas galeras, yo corregí por ejemplo La cabeza de la hidra, en alguna de las lecturas, no la única, por supuesto, mi papá no era nada irresponsable. Corregí algunos de los libros de Azuela, creo que El tamaño de un infierno, Las muertas de Jorge Ibargüengoitia, El sinarquismo mexicano de Jean Meyer. Luego, un día, mi papá se enojó conmigo porque le dejé a medias un libro de Ibargüengoitia”, señala el editor que es elegante como un caballero inglés.

Fuente: El Universal / Kiosko / México / Distrito Federal
Lunes, 08 de febrero de 2010
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