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EL CASO MÉXICO. La situación de México, se oye decir por todas partes, es desesperada. Abundan los motivos en que se funda esta triste afirmación: la situación de los ferrocarriles, la carestía de la vida, la mortalidad infantil, la música de Agustín Lara, la mordida, el compadrazgo, el cacicazgo y muchas otras cosas más. Es de suponerse, sin embargo, que el gobierno y los hombres de bien están haciendo lo posible por poner remedio a tantos y tantos males. Pero la verdad es que la situación desesperada de México lo es, además, por unos motivos y de un modo que por lo visto ni el gobierno ni nadie se ha percatado.
Como mi propósito es que esta situación no siga envuelta en las tinieblas del desconocimiento o de la indiferencia, para que no pueda más tarde invocarse la ilegal excepción de la ignorancia, este artículo aspira a ser en cierto modo una revelación. Una revelación en el sentido auténtico de esta palabra. Tengo la absoluta convicción de que lo que voy a decir va a poner de manifiesto los fondos radicales de los males que nos afligen. Se trata de exponer ante la nación, sin compromisos ni ocultaciones, el problema de la cultura en México y la situación de los hombres que por ella se preocupan.
¿Ceguera o malicia? Pero ¿qué realmente no se han dado cuenta los señores secretarios de Educación y Hacienda, el señor rector de la Universidad y en general todos en cuyas manos está el destino del país, de cual es la situación del hombre de cultura en México? Porque si se han dado cuenta será que no les interesa.
Y si no les interesa, será porque ni idea tienen de lo que la cultura significa. Por otra parte, si realmente tienen idea de lo que la cultura significa, entonces no se explica por qué no les interesa. Y si les interesa, entonces no se explica por qué no se han dado cuenta de la situación. Y si, por último, sí se han dado cuenta de la situación, entonces están faltando a sabiendas a una de las obligaciones fundamentales que les impone el sitio de autoridad que ocupan.
Barbarie Barbarie es sinónimo de irresponsabilidad ante la cultura. Esto es, ante todo lo que hay que decir. Todo lo demás no será sino consecuencia irrefutable de esta afi rmación fundamental.
Los civilizados El hombre civilizado es un bárbaro en la medida en que es irresponsable ante la cultura. El hombre civilizado, sin embargo, no es un salvaje. Barbarie es a cultura lo que salvajismo es a civilización. He aquí otra afi rmación muy pertinente que convendrá no perder de vista. La ley: fundamento de la irresponsabilidad El hombre de la calle es, en términos generales, el hombre civilizado moderno.
Es, pues, el hombre irresponsable ante la cultura. Es, pues, un bárbaro en el sentido rofundo que hemos indicado. Pero como el hombre civilizado no es un salvaje, no es totalmente irresponsable, lo es tan sólo ante las exigencias del mantenimiento y continuación de la cultura. Es, podríamos decir, el hombre de responsabilidad limitada.
La ley es la encargada de fi jar la responsabilidad ilimitada del hombre civilizado del que es bárbaro, pero no es salvaje. La ley no obliga a nadie a esforzarse porque la cultura subsista, ni mucho menos por continuarla. En esto la ley obra sabiamente: sanciona y consagra estructurando jurídicamente un hecho social innegable, a saber: que la continuación de la cultura no depende de todos, sino de pocos.
El derecho a la barbarie Puede sostenerse que la irresponsabilidad ante la cultura es un bien social.
Un elemento de barbarie (no de salvajismo) es condición esencial de la salud pública. Con numerosos ejemplos la historia entera parece confirmar este pequeño pensamiento. En todo caso, la irresponsabilidad ante la cultura es un derecho del hombre moderno. El hombre civilizado tiene derecho a no curarse de la cultura, a que le importe un bledo. Este derecho es una de las conquistas consolidadas de la cultura y uno de los grandes beneficios de la civilización. No curarse de la cultura es el confort máximo y el hombre civilizado, si a algo tiene derecho, es a estar cómodo. No puede, sin embargo, violar los límites que le impone la ley. Ésta es la única incomodidad que hay que soportar. |