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Humanismo
Por Fidencio Aguilar Víquez
  • Estas tres características, según el poeta mexicano cuyo centenario mortuorio también recordamos, serían las que, en sentido amplio, muestran al humanista. Pero, ¿cómo sentir hondo cuando los sentidos, nuestros sentidos, sobre todo en la sociedad contemporánea (la del videoclip de 30 segundos), se encuentran embotados? ¿Cómo sentir hondo cuando en vez de ser leales a la experiencia somos afectos a los clichés discursivos de la cultura mediática dominante?

¿Cómo pensar alto cuando el pensamiento mismo se vuelve volátil? ¿Cuando sus raíces epistemológicas se vuelven evanescentes? ¿Cuando da lo mismo lo verdadero y lo que no lo es y cuando no existe criterio de distinción? En suma, ¿cuando lo innoble vale lo mismo que lo noble?

¿Cómo hablar claro cuando, como en la novela de Orwell, 1984, la verdad es la mentira (pues no otra cosa es eso de la guerra es la paz, la libertad es esclavitud y la ignorancia es la fuerza? ¿Cuando, como lo hace el presidente del instituto y sus aliados (y toda la cultura que representan), se habla de transparencia y se oculta la información?

Y aun así, sentir hondo, pensar alto y hablar claro se vuelven los horizontes de significado de la palabra humanística y poética, para que el lector de esa palabra pueda verse reflejado en ella; en efecto, como escribe Paz: Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro. (Paz, 2008: 24).
Por eso, cuando el lector lee los poemas épicos, las hazañas de los héroes, sus luchas y hasta sus tragedias, revive en sí, siente en sí, lleva en sí, no sólo sus sentimientos, sino también sus pensamientos, sus palabras y la imagen de sus hechos.

Y la historia no es otra que la de la relación entre el pensamiento y el lenguaje; por tal motivo, sentimiento, pensamiento y lenguaje hacen del ser humano un ser histórico. Los cambios históricos comienzan siempre con la crítica del lenguaje.

Escribe Paz: Se olvida con frecuencia que, como todas las otras creaciones humanas, los Imperios y los Estados están hechos de palabras: son hechos verbales. En el libro XIII de los Anales, Tzu-Lu pregunta a Confucio: ‘Si el Duque de Wei te llamase para administrar su país, ¿cuál sería tu primera medida? El maestro dijo: La reforma del lenguaje.’ No sabemos en dónde empieza el mal, si en las palabras o en las cosas, pero cuando las palabras se corrompen y los significados se vuelven inciertos, el sentido de nuestros actos y de nuestras obras también es inseguro. (Ib.: 29).

Por ello, y sólo por ello, me interesa compartir con el lector el lenguaje de un personaje (y de esos personajes del oficialismo local) que habla de campañas de altura y no de democracia de altura y de calidad; de ese personaje que habla de transparencia y la confunde con la participación ciudadana y con los procedimientos legales.

O de esos otros cínicos (de los que ya he hablado anteriormente en otras colaboraciones editoriales) que administran los recursos del instituto bajo la farsa de la legalidad y la aplican unas veces de una manera y otras de forma distinta.

Al escucharlos decir una cosa, y acaso el lector también encuentre esta imagen, quizá se haya de entender lo contrario, como en los arcaicos tiempos de la política mexicana, cuando se decía que no habría devaluación y al día siguiente la había. Esos tiempos de hace unas tres décadas, hoy son el pan cotidiano del discurso oficialista local.

El problema del lenguaje oficialista no es su carácter de expresión, sino de pretensión de univocidad (univocidad hueca, por cierto), cuando en el fondo la naturaleza del lenguaje es, más bien, equívoca (entendiendo por tal, la riqueza de las diferentes significaciones y, por tanto, de las más diversas interpretaciones.

Mientras más interpretaciones tenga el lenguaje, más rico es en su sentido, y más se puede ver el peso de aquel (de los sentidos) que reviste mayor significación. Si eso ocurre, como señala Paz, el pensamiento se vuelve vida.

Pensar es respirar porque pensamiento y vida no son universos separados sino vasos comunicantes: esto es aquello. La identidad última entre el hombre y el mundo, la conciencia y el ser, el ser y la existencia, es la creencia más antigua del hombre y la raíz de ciencia y religión, magia y poesía. (Ib.: 106).

Nota bibliográfica:

Paz, Octavio: El arco y la lira. El poema, la revelación poética, poesía e historia, Fondo de Cultura Económica (Lengua y estudios literarios), México, 3a. ed. 1972, 16a. reimp. 2008, 307pp.

Fuente: E-consulta / Opinión / México / Puebla / http://www.e-consulta.com/index.php?option=com_content&task=view&id=48564&Itemid=210
Martes, 30 de marzo de 2010
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