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“Hidalgo en la historia”
Por Edmundo O’Gorman

El Fondo de Cultura Económica y la historiadora Eugenia Meyer autorizaron a este semanario la reproducción del siguiente texto, parte inicial del discurso de ingreso de Edmundo O’Gorman a la Academia Mexicana de la Historia, en 1964. Meyer lo tomó de Memorias de la Academia para el libro que acaba de presentar el jueves 25, Imprevisibles historias, en torno a la obra y legado de O’Gorman.

I

Fue tan violenta, tan devastadora la revolución acaudillada por Hidalgo, que siempre nos embarga la sorpresa el recordar que sólo cuatro meses estuvo al mando efectivo de la hueste. En el increíblemente corto espacio de 120 días, aquel teólogo criollo, cura de almas pueblerinas, galante, jugador y dado a música y bailes; gran aficionado a la lectura y amante de las faenas del campo y de la artesanía, dio al traste con un gobierno de tres siglos de arraigo, porque si la vida no le alcanzó para saberlo, no hay duda que fue él quien hirió de muerte al virreinato. David y Goliat, solían decir sus panegiristas. ¿Cómo no asombrarnos, entonces, del trauma que le provocó a la sociedad de la época el cariz tempestuoso y tumultuario de aquella rebelión? Y sobre todo, ¿cómo no comprender el pasmo entre quienes, amigos suyos, admiraban en él, disimulando flaquezas, la clara inteligencia y los sentimientos benévolos y progresistas? No muy distinto sería nuestro horror; si mañana desayunáramos con la nueva de que Justino Fernández había asaltado en la madrugada el Palacio Nacional al frente de los barrenderos de la ciudad y de los detenidos en los separos de la procuraduría.

Quienes pretenden –y son legión– hacernos creer en el alzamiento de Hidalgo como el episodio inicial de una lucha entre buenos y malos, harían bien en tener presente aquel desconcierto para enjuiciar con más tolerancia reacciones inmediatas como la tan censurada excomunión que fulminó Abad y Queipo y para comprender, además, la acrimonia que predominó durante la primera etapa de la insurgencia. Españoles y criollos, por igual, le acumularon al sacerdote rebelde la suma de epítetos que atesora nuestra lengua para el vilipendio. Pero a este respecto conviene distinguir entre cargos e insultos, aunque lo primero suele sonar a lo segundo. Así, cuando el fiscal del santo oficio dice del cura que, entre otras cosas, era hereje, apóstata, deísta, materialista, libertino, sedicioso, lascivo, judaizante, traidor y secuaz de las sectas de Sergio, Berengario, Cerinto, Carpocrátes y de otras que desenterró para lucimiento de su erudición, no es que lo injurie, como tampoco el agente del Ministerio Público de nuestros días a quien indicia de la comisión de un delito. Pero descontado todo eso, todavía queda el imponente cúmulo de denuestos que le dedicaron a Hidalgo sus enemigos. Sin mencionar los que mejor están para callados, podemos entresacar los siguientes a manera de ejemplo: soberbio endemoniado, oprobio de los siglos, sardanápalo, sicofanta descarado, clérigo espadachín, capitán de bandoleros y asesinos, aborto del pueblo de Dolores, injerto de los animales más dañinos, y otras lindezas por el estilo.

Pero a esta imagen de execración se opone la que nos han conservado los documentos procedentes del campo contrario. Hidalgo, en efecto, no sólo conservó entre los suyos el renombre de sabiduría y de bondad que le conquistaron sus afanes académicos y los esfuerzos que desplegó por mejorar las condiciones de vida de sus feligreses, sino que, decorado con el tratamiento de Alteza Serenísima y exaltado al pedestal de héroe magnánimo e invicto, de defensor de la religión y del pueblo, acabó por emprender un vuelo trascendental: predilecto hijo de María en su advocación de Guadalupe, apareció esplendoroso en el cielo de Jalisco como el elegido de Dios, el mesías de la regeneración de la Nueva España, el hombre providencial, el primero de los muchos que, quizá más para mal que para bien, se ha dignado enviar entre nosotros la majestad divina.

Monstruo luciferino y ángel de salvación, he aquí la extraña dualidad con que penetró Hidalgo en el reino del mito donde las balas ya no pudieron alcanzarlo. Así transfigurado descendió a la Tierra, y en torno a la pugna entre aquellos extremos irreductibles se fue convirtiendo en el genio tutelar de nuestra historia. En las páginas siguientes queremos rastrear las huellas que en esa peregrinación ha dejado tan ilustre sombra.

II

No lograda todavía la independencia ya hay, respecto a Hidalgo, un pro y un contra, aún entre quienes desatan y luchan por ella. Rayón y Morelos ven en el pronunciamiento de Dolores el antecedente bélico de la rebelión que encabezan, pero, además, vinculan ideológicamente ambos acontecimientos al considerar a Hidalgo como el inspirador de los ideales democráticos y republicanos adoptados por ellos. Pese a lo discutible de semejante filiación, el hecho es de gran importancia, porque no sólo le comunicó unidad histórica a los 11 años de lucha, sino porque ésa fue la base que halló la Reforma para convertir a Hidalgo en su bandera, la vía por la cual alcanzará su más alto honor como padre de la patria.

Pero aquella primera utilización de la figura de Hidalgo, nacida, me parece, de la necesidad de crear un centro de unión a la lucha armada, no encontró eco unánime. Un escritor tan insospechable en la simpatía por la causa de la independencia como es el padre Mier, piensa, es cierto, que el grito de Hidalgo se justifica como reacción frente al despotismo y a las condiciones vejatorias en que estaba la mayoría de los habitantes, insensata y desastrosos sus efectos, como encabezada que fue, dice, por un hombre ilustrado y emprendedor; pero ayuno de ideas y de talento político, autor de excesos y crímenes, y, sobre todo, por un hombre que en lugar de incurrir en el ridículo de otorgarse títulos y tratamientos pomposos debió preocuparse por darle cohesión y semblanza de legalidad al movimiento que desencadenó. Hidalgo, concluye Mier, “no fue un santo ni santa la obra que emprendió”, y agrega, “jamás un abismo semejante de males y crímenes me arrancará demasiados panegíricos”. Según esta opinión, el pronunciamiento de 1810 fue un episodio negativo, nada glorioso y desligado a la verdadera lucha por la Independencia, de suerte que lejos de vincular a Hidalgo a los ideales republicanos, el padre Mier cree en la sinceridad de la invocación por parte de aquel del nombre de Fernando VII, el tirano que él, el padre Mier, tanto detestaba.

III

Ahora entra en la escena el gran rival, el otro candidato a la paternidad de la Independencia: don Agustín de Iturbide. A éste, como a su antiguo jefe Calleja, los insurgentes siempre le parecieron una cuadrilla de ladrones y asesinos que sólo procuraron el provecho propio y el engrandecimiento personal. Repetidas veces afirmó que si el tiempo echara marcha atrás, volvería a perseguirlos con las armas, y lo más que pudo concederles fue que el desastroso ejemplo que dieron sirvió para fijar la opinión pública en el sentido de que la guerra a los españoles residentes en el país era injusta e insensata y que la única base para cimentar la futura felicidad de la patria consistía en la unión de todos los habitantes, sin distinción de origen ni raza. Y puesto que ése fue el fundamento principal del Plan de Iguala, no es difícil comprender que Iturbide haya repudiado con vehemencia la noción, después tan general, de que no había hecho sino consumar la obra comenzada por Hidalgo. Para Iturbide, pues, las revoluciones de 1810 y 1821 eran acontecimientos enteramente desligados e incompatibles, y la obvia consecuencia resultaba ser que a él y solamente a él correspondía la gloria de haber independizado la Nueva España.

IV

Es innegable que Iturbide disfrutó de un inmenso prestigio a raíz de su triunfo; no tanto, sin embargo, como para que los antiguos insurgentes aceptaran de grado su tesis. Les parecía que sin un Hidalgo no habría un Iturbide y les repugnaba el monopolio de gloria que pretendía reclamar para sí el Generalísimo-Almirante. Así las cosas, Iturbide, que con toda evidencia no recordaba bien su Maquiavelo, cometió el error táctico de permitir la creación, frente a su poder casi omnímodo, de otro poder infusilable, es decir, colegiado, donde se atrincheraron sus enemigos y las tendencias republicanas. No tardó en estallar la sorda pugna que todos sabemos, y no fue el menor de sus síntomas el tenaz empeño de los miembros de la Soberana Junta Gubernativa y más tarde de los del Congreso para obtener el reconocimiento oficial del mérito de los servicios prestados por los insurgentes, y el de la obligación en que, según ellos, estaba la patria de conmemorar las hazañas de sus jefes y honrar las cenizas de los que habían sido sacrificados. Al desprevenido que lea las actas de los largos debates suscitados con esos motivos, podrá parecerle frívolo el gasto de tiempo en asunto a primera vista tan trivial y pensará que habría sido mejor empleado en ventilar la gran cuestión para la cual fue convocado el Congreso. Pero la verdad es que, bien visto, no otra cosa se discutía, porque un voto a favor de la memoria de Hidalgo había adquirido el sentido de un voto republicano.

Por lo pronto, la pretensión era sacar a la insurgencia del limbo histórico en que quiso hundirla Iturbide, sin ninguna idea de negarle a éste el mérito de sus servicios. Sólo se insistió, pues, en que se aceptara que la revolución de Hidalgo era el antecedente y la condición de posibilidad de la de Iguala. No otros, en efecto, fueron los sentimientos que expresó el regidor Sánchez de Tagle en presencia de Iturbide en la composición poética que leyó el día en que hizo su entrada el Ejército Trigarante a la Ciudad de México. Pero más ilustrativo es el proyecto que tenía don Carlos María de Bustamante para perpetuar la memoria de la Independencia y de quienes él consideraba sus autores. Propuso que, depósitos de inmundicias, se arrasaran las cuatro fuentes de la Plaza de Armas para sustituirlas por cuatro columnas consagradas a Hidalgo, Allende, Morelos y Mina. Serían, dice, marcadas en señal de que esos héroes comenzaron la obra de la libertad sin concluirla. A Iturbide, propone que se le dedique una inscripción en el pedestal de la columna a la Independencia que debería levantarse en la Plaza de Santo Domingo, y sugiere como texto el siguiente: “Al ciudadano Agustín de Iturbide y Aramburu, porque en el espacio de siete meses concluyó con medidas prudentes más bien que con armas, la obra de la libertad e Independencia mexicana, comenzada desgraciadamente once años antes”. No hace falta mucha imaginación para adivinar lo que el tal proyecto le parecería a aquel ciudadano.

Es sensible carecer de tiempo para relatar el forcejeo entre el Congreso e Iturbide, empeñado éste en torpedear toda la decisión de aquél que fuera favorable a la memoria de los insurgentes. Al respecto, lo más interesante son los dictámenes de las Comisiones de Premios y Eclesiástica, encargada la última de proponer la respuesta que debería darse a una consulta del impresor Zúñiga y Ontiveros que no sabía, el pobre, qué festividades nacionales deberían aparecer en la próxima edición de su calendario ni qué notas explicativas darles a las que se aceptaran como tales. Sin poder entrar en los sabrosos detalles, baste advertir que la importancia de esos documentos estriba en que en sus resoluciones alcanzó Hidalgo el primero de sus triunfos póstumos. Veamos en seguida los términos de la victoria.

V

Mientras Iturbide tuvo poder, lo más que logró el partido insurgente fue la inclusión del 16 de septiembre en dos decretos sobre fiestas nacionales. No era, en verdad, gran cosa. Pero una vez derrocado Iturbide, nulificada su coronación, declarado traidor vitando, decretada la insubsistencia del Plan de Iguala y de los Tratados de Córdoba, ahuyentada el águila imperial por el águila democrática y anticipado el voto a favor del sistema republicano federal, el Congreso dedicó sus últimos alientos a organizar la gran promoción histórica de la insurgencia, que no otra cosa significa su famosa ley del 19 de abril de 1823.

Tan proscritos andaban los insurgentes que, por increíble que hoy parezca, el legislador estimó necesaria la declaración legal de ser “buenos y meritorios” los servicios que prestaron. Se ocupó en seguida de la manera de calificarlos y de premiarlos, y despachados así los vivos volvió la mirada hacia los muertos. Se empezó por declarar beneméritos en grado heroico a Hidalgo y a otros jefes de la insurgencia, y a continuación se explicó que el honor de la patria reclamaba el desagravio de sus cenizas. A este efecto se exhumarían los restos de aquellos héroes; se depositarían en una caja que se traería a la Ciudad de México; se edificaría en Catedral un sepulcro con una leyenda alusiva; se inscribirían sus nombres en el salón de sesiones del Congreso, y finalmente, los lugares donde fueron sacrificados se “cerrarán –dice el texto de la ley– con verjas, se adornarán con árboles y en su centro se levantará una sencilla pirámide que recuerde a la posteridad el nombre de sus primeros libertadores”. Parece que vemos una viñeta en una antología de versos románticos.

Llegado el 17 de septiembre, el día prefijado en la ley y que en lo sucesivo se consagró como aniversario de sufragio por las almas de los muertos en la causa de la patria, la ceremonia se desarrolló con la mayor solemnidad posible. La caja que contenía los restos fue llevada desde la garita de Peralvillo hasta la iglesia de Santo Domingo en una carroza tirada, dice la crónica, por “personas decentes”. Al otro día se la trasladó en procesión y bajo palio a la Catedral. Allí el diputado doctor Argandar predicó el incendiario sermón que provocó en la plebe el intento de profanar aquella noche el sepulcro de Hernán Cortés, y celebrados los oficios fúnebres, la caja fue depositada provisionalmente en la bóveda debajo del altar de Los Reyes en espera del grandioso monumento que iba a levantarse y del que, según don Lucas Alamán, solamente se llegaron a hacer dos estatuas de Patiño.

Fue así como legalmente pasó Hidalgo de cabecilla de salteadores a iniciador de nuestra Independencia. Aún le falta un largo y agitado recorrido para su promoción final a padre de la patria. Iturbide, en cambio, quedó degradado. Ciertamente se reconoce que continuó la obra iniciada en 1810, pero no que la hubiere concluido, porque se piensa que bastardeó su programa y sus ideales y que, con la implantación del imperio, hubo una regresión al estado de esclavitud colonial. Se admite, pues, que Iturbide consiguió la emancipación del dominio español, pero que la Independencia que se creía haber conquistado fue enteramente ilusoria. Iturbide es ahora la víctima de una metamorfosis parecida a la que sufrió Hidalgo: al que fue el “sin par hombre de los siglos y enviado al cielo” se le descubre el torvo perfil del traidor; y como Hidalgo, también tendrá que morir en el patíbulo para que su nombre ronde las gradas del templo de Clío en busca de su pedazo de gloria.

Fuente: proceso.com.mx / Cultura / México / Distrito Federal / http://www.proceso.com.mx/rv/hemeroteca/detalleHemeroteca/150901
Martes, 30 de marzo de 2010
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