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Decir que un historiador deja un legado se podría escuchar reiterativo. Pero al aplicar la fórmula a lo realizado durante toda su vida profesional por don Edmundo O’Gorman, bien vale el subrayarlo. La obra de este pensador obsequia en el tiempo, “predica”, dice Eugenia Meyer, el reconocimiento de que la verdad histórica resulta apocalíptica: habrá que buscarla “sin desconfiar de la imaginación”.
Pero, rarezas de nuestra geografía, resulta que buena parte de la obra de don Edmundo permanecía dispersa. De ahí la tarea, homenaje no regateado, de la propia doctora Meyer para recuperar, editar y comentar los textos de quien mira en el tiempo como un hombre “fiel” al momento de “pensar la historia”.
Conocedora del “oficio” del historiador, Meyer se vuelca con admiración y conocimiento a revivir las miles de cuartillas acumuladas por quien, como pocos, entendió “lo mexicano”. Ese autor, de trato ambivalente y no sencillo, “ajeno a lo factico y descriptivo”.
Lejanía que le posibilitó privilegiar “la interpretación y el entendimiento de los procesos históricos, alejado siempre de la cientificidad que terminaba por acosar y limitar el trabajo propiamente histórico”, nos refiere Meyer.
Los textos corren de la década de los 30 a los 90, décadas en las que los preceptos de O’Gorman no estuvieron libres de polémicas y refutaciones; si bien, en cada momento, fueron defendidos con pasión. (“Insistía en el recurso de la historia como instrumento y compromiso para plantearnos el futuro común”, anota la antologadora).
Y son escritos, en consecuencia, que dibujan a un autor que crece y a la vez se transforma. Un O’Gorman que si en 1932 escribe El caballo blanco, breve texto “para personas decentes o para niños”, en 1981 publica El heterodoxo guadalupano, y con el cual reubica la obra de Servando Teresa de Mier.
Eugenia Meyer, Imprevisibles historias, FCE, México, 2010, 960 pp. |