Representación del México ya ido, sobre todo del fílmico, es el libro que lleva por título Armando Herrera. El fotógrafo de las estrellas (2009, Fondo de Cultura Económica). Hecho para celebrar los 96 años de vida del autor, tiene una parte medular, una serie de imágenes reunidas bajo el título de Retratos de lo invisible.
Dichos Retratos de lo invisible se concentran en lo que ahora puede considerarse el eje de la nostalgia del cine mexicano perdido. Son los rostros de, por estricto orden de aparición, Agustín Lara, María Félix, Mario Moreno Cantinflas, Jorge Negrete, Pedro Infante, Yolanda Montez Tongolele y Germán Valdés Tin Tán.
Cada rostro captado por Herrera parece congelado en una sonrisa falsamente artificial. Esa, precisamente, que exige el fotógrafo de estudio cuando se va a hacer un retrato. Para pasaporte o para título universitario. De esta estirpe es el fotógrafo Armando Herrera. Un fotógrafo de estudio con sensibilidad para atrapar el lado amable de las personas y entregarles un retrato, si no exacto de su inmarcesible juventud, al menos agradable en la evidencia de sus sonrisas genuinas.
Caras sonrientes la mayoría de las veces. O pensativas. Caras que sonríen de lado, que apenas dibujan algo en los labios, que miran tal vez hacia la inmortalidad. Caras en algún momento conocidas o entrañables. Caras que se pierden en el tiempo y que se recuperan por la magia de esas impresiones retocadas que quitan imperfecciones y acentúan la amabilidad, la ternura, la sensualidad, el carácter recio.
Caras, pues, que destacan. Pero ninguna como la de esos Retratos de lo invisible. Porque esas caras rompen con el esquema. Porque hay en ellas eso que el heredero de esa sensibilidad para captar en el retrato un rasgo del alma del modelo, y compilador del volumen Héctor Herrera, denomina la piel de plata.
Cierto. Aquello que hace brillar a esos retratos de lo invisible es que se les envuelve en esa piel de plata. Lo que confirma que la intuición de Armando Herrera estuvo no tanto en el manejo de las luces y las sombras sino en captar un momento, ese instante próximo al fuera de foco, donde por apenas unos centímetros unos ojos, parte del rostro, la mano, algún rasgo característico destaca; permite ver al fotografiado como figura evanescente, casi onírica, que entre la bruma que propone el foco suave surge como algo escondido en los recuerdos. Algo que de súbito cobra vida. Al menos la vida que el blanco y negro otorga al pasado. Una vida, sí, envuelta en papel. Y en esa piel de plata. Que congela un instante de la estrella fílmica para poderla contemplar sin pudores.
Es esa sutil impudicia de los retratos invisibles lo que revela la sustancia de Herrera, su habilidad para despojar a sus figuras de cualquier artificio y dejarlas ser. No es una pose lo que asumen, como en otros retratos. Es una sensación vital de que el fotógrafo se interna a través de sus rostros para capturar al personaje. Al menos a su mitología personal, con lo que desvela tal cual es cada uno en una intimidad de la que se hace cómplice al espectador.
Aunque el trabajo del fotógrafo expresa una complejidad notable. La del lado íntimo de sus estrellas. Asimismo, la búsqueda por subrayar su calidad mitológica. Si la cámara no miente ante la etérea belleza de Marga López, o la juventud intensa de Silvia Pinal, o la virilidad irrepetible de Pedro Armendáriz, o el exotismo erótico de Su Muy Key, o los diversos registros de sensualidad que van de Blanca Estela Pavón a María Victoria, incluso pasando por el de su propia hija Norma, Herrera sabe que puede lograr más. Por ello los retratos de lo invisible exhiben a una Doña de elegante arrogancia que se sabe seductora, a un Lara que en sus imágenes actúa la biografía de sus heridas existenciales, a un Cantinflas que disfruta siempre el momento como una crónica del éxito, a un Tin Tán que se exige ser divertido para cada impresión fotográfica, a un Pedro Bueno asumiendo en sus rasgos la epopeya del enigma de ser mexicano, a un Jorge Malo sonriendo como emblema próximo a reemplazar al escudo nacional, a una Tongolele que materializa en cada centímetro de piel expuesto a la cámara la lógica del deseo. O sea, que esos retratos son la intimidad de la mitología pura.
Aunque no están todas las que son ni son todas las que están en Armando Herrera, fotógrafo de las estrellas, el volumen junta las suficientes para hacer la crónica puntual de un México en el que el espectáculo era un soberbio desfile de rostros por siempre indelebles. Por obra y gracia de la piel de plata. Y de su memoria. |