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Pensar es algo casi increíblemente despilfarrador
Por George Steiner

No sólo eso. Nadie puede penetrar, aun ni con las más terribles torturas físicas, en nuestros pensamientos. Tampoco tenemos manera alguna de comprender los pensamientos ajenos. De hecho, en los momentos de extremada intimidad, el amante es incapaz de abrazar los pensamientos de la persona amada. Estas y otras exquisitas y sutiles reflexiones son parte de un pequeño, delicioso libro que entra en circulación estos días: Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento, y del cual presentamos una selección de fragmentos con la autorización de la editorial Fondo de Cultura Económica.

Nadie ni nada puede, de manera verificable, penetrar mis pensamientos. Hacer que otro ser humano “lea” los pensamientos de uno no es más que una figura retórica. Puedo ocultar por completo mis pensamientos. Puedo disfrazar y falsificar su expresión externa lo mismo que puedo hacerlo con mi lenguaje gestual o corporal. Las plañideras contratadas claman de dolor sobre los restos de unos clientes a los que no conocen. Ni siquiera la tortura puede arrancarme más allá de toda duda mis pensamientos más íntimos. Ningún otro ser humano puede pensar mis pensamientos por mí. Ésta es la razón determinante, la clave ontológica por la que ningún otro hombre ni mujer puede “morir en mi lugar” en ningún sentido literal. Nadie que no sea yo puede asumir mi muerte. Yo puedo morir con el otro, pero nunca “en lugar de” el otro, por inalienable que sea nuestro vínculo, nuestro parentesco. El ciego, el sordomudo, la inmovilizada víctima de la parálisis o de la enfermedad neuromotriz pueden albergar, formalizar o exponer pensamientos que llegan al borde de nuestro universo. Los pensamientos son nuestra única posesión segura.

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Pensar es algo casi increíblemente despilfarrador. Es un conspicuo consumo de la peor especie. Las investigaciones neurofisiológicas han tratado de localizar y evaluar numéricamente las “ondas cerebrales” emitidas por el córtex. Han intentado identificar los cuantos de energía, el ritmo de los impulsos electromagnéticos asociados con momentos y grupos de pensamiento concentrado. Sí parece verosímil que en lo que denominamos “pensamiento” haya componentes de energía neuroquímica y electromagnética; que las sinapsis del cerebro humano tengan una producción mensurable (el estudio de las lesiones cerebrales proporciona pruebas de ello). Pero, por ahora, muchas cosas siguen estando basadas en conjeturas y los esquemas son aproximados. Intuitivamente, de modo impresionista, sí que experimentamos alguna analogía con la fatiga muscular después de un periodo prolongado de pensamiento secuencial, de reflexión bajo presión. Quienes resuelven problemas de ciencias exactas y aplicadas, los matemáticos, los lógicos formales, los programadores informáticos, los jugadores de ajedrez y los traductores simultáneos informan de fenómenos de agotamiento, de acabar “quemados”. Los criptólogos ante sus descodificadores en tiempo de guerra figuran entre los primeros en registrar tensión mental de una intensidad extrema, “física”. Una vez más, no obstante, nuestro entendimiento de esta tensión y de los mecanismos implicados es rudimentaria.

Un revelador vacío, una tristeza de la saciedad sigue a todos los deseos satisfechos (Goethe y Proust son los despiadados exploradores de esta accidia). El célebre abatimiento post coitum, el anhelo del cigarrillo después del orgasmo, son precisamente las cosas que miden el vacío que existe entre la expectativa y la sustancia, entre la imagen fabulosa y el suceso empírico. El eros humano es pariente cercano de una tristeza hasta la muerte. Si nuestros procesos mentales fueran menos apremiantes, menos gráficos, menos hipnóticos (como en los ratos de masturbación y sueño diurno), nuestra constante desilusión, el gris pegote de náusea que hay en el corazón del ser, sería menos incapacitante. Los colapsos mentales, las evasiones patológicas a la irrealidad, la inercia del enfermo mental son tal vez, en lo esencial, tácticas contra la desilusión, contra el ácido de la esperanza frustrada.

Como he observado, no contamos con ninguna manera segura de comprender los pensamientos ajenos. Una vez más, prestamos demasiada poca atención a esta enormidad. Debería suscitar terror. No hay familiaridad, no hay astucia analítica que pueda garantizar y verificar la “lectura de la mente”. Ni la hipnosis, ni las técnicas psiquiátricas, ni las “drogas de la verdad” pueden extraer de una manera verificable los pensamientos del otro. Sus más vehementes reconocimientos, testimonios orales o escritos bajo juramento o descarnadas confesiones no son capaces de dar un contenido fundamental y garantizado. Pueden ser o no expresión de las intenciones más francas, de la revelación más deliberada. Pueden descubrir o no verdades parciales, fragmentos, por así decirlo, de extrema sinceridad y autorrevelación. Pueden ocultar o no un significado percibido, bien in toto bien en parte. Los intentos de ocultación abarcan desde la palmaria mentira conscientemente declarada hasta todos los matices de la falsedad y el autoengaño. Los matices de la mendacidad son inagotables. Ningún láser de atención inquisitorial, ningún oído, por agudo que sea, ningún interrogatorio cruzado puede dar lugar a la certidumbre. La simple pregunta “¿en qué estás pensando, qué te ronda la cabeza?” solicita respuestas que tienen ya de por sí muchos estratos y que han pasado por complejos filtros.

Aun en momentos y actos de extremada intimidad —quizá más agudamente en esos momentos— el amante es incapaz de abrazar los pensamientos de la persona amada. “¿En qué estás pensando, en qué estoy pensando yo cuando hacemos el amor?” Esta exclusión hace plausiblemente trivial la tan cacareada fusión del orgasmo y su retórica de unísono. Como Goethe gustaba de señalar, innumerables hombres y mujeres han estrechado en los brazos del pensamiento a amantes, recordados, anhelados y fantaseados, que no eran aquellos con quienes estaban haciendo el amor.

¿Es en realidad posible “pensar en línea recta”? ¿Se puede hacer que el pensamiento sea como el láser? Sólo al precio de una concentración adiestrada y disciplinada y absteniéndose de toda distracción. Hay una serie de actividades que dependen de este estrechamiento y “tono único”. El matemático, en su análisis y prueba, parece capaz de excluir y dejar fuera el mundo, a veces durante horas y horas. Lo mismo hacen el campeón de ajedrez ante el tablero o el lógico formal con sus lemas. En las fases cruciales, sentados a su mesa de trabajo, el relojero detrás de su cristal de aumento y el cirujano operando suspenden toda distracción. Fruncimos el ceño, el músico virtuoso cierra los ojos. Los contemplativos, los maestros de meditación y sus acólitos atestiguan ratos, a veces sorprendentemente largos, de absoluta condensación, de un recogimiento de la psique tan excluyente de toda dispersión que permite una intención única y total. Puede que las partitas de Bach para instrumento solista traduzcan estas “singularidades”, pero también lo hace la suspensión del aliento del tirador que espera para matar.

Estas purezas, estos impertérritos rayos de pensamiento son accesibles sólo a relativamente pocas personas, y su extensión normal es breve. Pueden tener lugar en las cumbres de la excelencia humana, o a niveles triviales, como en las artes circenses de los acróbatas de la memoria, capaces de retener y repetir mecánicamente largas series de números o nombres al azar. Hay pruebas, aunque intermitentes, de que los poderes implícitos de suprema concentración pueden extinguirse a una edad bastante temprana. Las matemáticas puras de primer orden y la física teórica son prerrogativa de los jóvenes.

Todos vivimos dentro de una incesante corriente y magma de actos de pensamiento, pero sólo una parte muy limitada de la especie da prueba de saber pensar. Heidegger confesó lúgubremente que la humanidad en su conjunto aún no había salido de la prehistoria del pensamiento. Los alfabetizados cerebrales —carecemos de un término adecuado— son, en proporción con la masa de la humanidad, pocos. La capacidad de albergar pensamientos o rudimentos de ellos es universal y es muy posible que vaya unida a unas constantes neurofisiológicas y evolutivas. Pero la capacidad de tener pensamientos que merezcan la pena de ser pensados, más aún, de ser expresados y conservados, es relativamente rara. No hay muchas personas que sepan pensar con una finalidad que sea original, y mucho menos que sea exigente. Todavía hay menos capaces de poner en orden las plenas energías y el potencial del pensamiento y dirigir estas energías a lo que se denomina “concentración” o pensamiento intencionado.

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Fuente: Emeequis / MÉXICO
Lunes, 20 de agosto de 2007
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