Una de las características del escritor francés Jean-Marie Gustave Le Clézio (Niza, 1940), Premio Nobel de Literatura 2008, es su pasión por recorrer el mundo. Escribir es escuchar el ruido del mundo, y viajando se escucha mucho mejor, dice. Aunque asegura que no viaja mucho, sino que le gusta quedarse largo tiempo en un lugar.
México es precisamente uno de esos lugares en los que se ha quedado a escuchar y que se deja ver en varias de sus obras, como La conquista divina de Michoacán, El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido (FCE) y Diego y Frida (Temas de hoy).
En este espacio, compartimos hoy dos extractos de su obra reciente, en que también aparece México como escenario o referencia. Además, el testimonio del escritor Adolfo Castañón, quien lo conoció durante su estancia en el País.
Extractos
El Africano
Jean-Marie Gustave Le Clézio
En la actualidad, con la distancia que da el tiempo, comprendo que mi padre nos transmitía la parte más difícil de la educación, la que ninguna escuela da. África no lo había transformado. Había revelado el rigor en él. Más tarde, cuando mi padre vino a vivir su jubilación al sur de Francia, aportó con él la herencia africana. La autoridad y la disciplina hasta la brutalidad.
Pero también la exactitud y el respeto, como una regla de las sociedades antiguas de Camerún y de Nigeria, en las que los niños no deben llorar ni deben quejarse. El gusto por una religión sin florituras, sin supersticiones que, supongo, había encontrado en el ejemplo del Islam. Por eso ahora comprendo lo que entonces me parecía absurdo, su obsesión por la higiene, esa manera que tenía de lavarse las manos. El asco que manifestaba por la carne de cerdo de la que, para convencernos, con la punta del cuchillo, extraía los huevos de tenia enquistados. Su manera de comer, de cocer el arroz según el método africano, agregando poco a poco agua caliente. Su gusto por las legumbres hervidas que condimentaba con una salsa de pimiento. Su preferencia por las frutas secas, los dátiles, los higos y hasta la bananas que ponía a cocer al sol en el borde de la ventana. La atención que ponía cada mañana en hacer las compras muy temprano, en compañía de los trabajadores magrebíes, a los que también volvía a encontrar en la comisaría de policía cada vez que tenía que renovar su permiso de residencia.
Todo esto puede parecer anecdótico. Pero esas costumbres africanas que se habían convertido en su segunda naturaleza aportaban, sin duda, una lección a la que el niño y luego el adolescente no podía ser insensible.
Veintidós años de África le habían inspirado un odio profundo al colonialismo en todas sus formas. En 1954, hicimos un viaje turístico a Marruecos, donde uno de los tíos era administrador de una propiedad agrícola. Mucho más que las imágenes habituales del folclore recuerdo un incidente que me marcó. Habíamos tomado un ómnibus para ir de Casablanca a Marrakech. En un momento, el chofer, un francés, se encolerizó, insultó y arrojó al borde del camino a un viejo campesino que, sin duda, no podía pagar el boleto. Mi padre estaba indignado. Su comentario se extendía a toda la ocupación francesa en ese país, que impedía a los autóctonos ejercer el mínimo trabajo, aun del chofer del ómnibus, y que maltrataba a los pobres. En la misma época, día a día seguía por la radio los combates de los kikiuyus en Kenia por la independencia y la lucha de los zulúes contra la segregación racial en Sudáfrica.
No eran ideas abstractas ni elecciones políticas. En él hablaba la voz de África y despertaban sus antiguos sentimientos. Sin duda, había pensado en el futuro cuando viajaba con mi madre, a caballo por los senderos de Camerún. Era antes de la guerra, antes de la soledad y la amargura, cuando todo era posible, cuando el país era joven y nuevo, cuando todo podía surgir. Lejos de la sociedad corrompida y aprovechadora de la costa, había soñado con el renacer de África, liberada de su esclavitud colonial y de la fatalidad de las pandemias. Una especie de estado de gracia, a imagen de las inmensidades herbosas por donde avanzaban las manadas conducidas por los pastores, o de los pueblos de los alrededores de Banso, en la perfección inmemorial de sus paredes de adobe y sus techos de hojas.
El advenimiento de la independencia, en Camerún y en Nigeria, y después, poco a poco, en todo el continente, debió de apasionarlo. Para él, cada insurrección debía de ser una fuente de esperanza. Y la guerra que acababa de estallar en Argelia, guerra en la cual sus propios hijos corrían el riesgo de ser movilizados, no podía parecerle sino el colmo del horror. Nunca le perdonó a De Gaulle el doble juego.
Murió el año en que apareció el sida. Ya había percibido el olvido táctico en el que las grandes potencias coloniales dejaban al continente al que habían explotado. Los tiranos que se habían instalado con la ayuda de Francia y Gran Bretaña, Bokassa, Idi Amin Dada, a quienes los gobernantes occidentales proveyeron de armas y subsidios durante años, antes de condenarlos. Las puertas abiertas a la emigración, esas cohortes de hombres jóvenes que dejaban Ghana, Benín o Nigeria en la década de 1960, para servir de mano de obra y poblar los guetos de los suburbios, luego esas mismas puertas que se cerraron cuando la crisis económica volvió a las naciones industriales temerosas y xenófobas. Y sobre todo el abandono de África a sus viejos demonios, paludismo, disentería y hambruna. En la actualidad, la nueva peste del sida, que amenaza de muerte a un tercio de la población de África, y como siempre, las naciones occidentales, detentadoras de los remedios, que fingen no ver y no saber.
Al parecer, Camerún había escapado a esas maldiciones. El alto país del Oeste, al separarse de Nigeria, había hecho una elección razonable que lo ponía a cubierto de la corrupción y de las guerras tribales. Pero esa modernidad no aportaba los beneficios que habían sido anticipados. A los ojos de mi padre, lo que desaparecía era el encanto de los pueblos, la vida lenta, despreocupada, al ritmo de los trabajos agrícolas. La reemplazaba el incentivo de la ganancia, la venalidad y una cierta violencia. Aun lejos de Banso, mi padre no podía ignorarlo. Debía de sentir el paso del tiempo como la ola que se retira abandonando la playa del recuerdo.
En 1968, mientras mi padre y mi madre veían crecer bajo sus ventanas, en Niza, las montañas de basura que dejaba la huelga general, y mientras en México yo oía el zumbido de los helicópteros del ejército que se llevaban los cuerpos de los estudiantes que habían matado en Tlatelolco, Nigeria entraba en la fase terminal de una matanza terrible, uno de los grandes genocidios del siglo, que se conoció con el nombre de guerra de Biafra. Por el dominio de los pozos de petróleo en la desembocadura del río Calabar, ibos y yorubas se exterminaban bajo la mirada indiferente del mundo occidental. Peor aún, las grandes compañías petroleras, sobre todo la angloholandesa Shell-British Petroleum, parte interesada en esta guerra, presionaron a sus gobiernos para que se aseguraran los pozos de petróleo y los oleoductos. Los Estados que representaban se enfrentaban por procuración, Francia del lado de los insurgentes de Biafra, la Unión Soviética, Gran Bretaña y Estados Unidos del lado del gobierno federal mayoritariamente yoruba. La guerra civil se convirtió en un problema mundial, en una guerra entre civilizaciones. Se hablaba de cristianos contra musulmanes o de nacionalistas contra capitalistas. Los países desarrollados encontraron una salida inesperada para sus manufacturas: vendían a los dos campos armas livianas y pesadas, carros de asalto, aviones y hasta mercenarios alemanes, franceses, chadianos, que integraban la cuarta brigada de Biafra al servicio de los rebeldes de Ojukwu. Pero a fines del verano de 1968, cercado, diezmado por las tropas federales al mando del general Benjamin Adekunle, llamado por su crueldad el Escorpión negro, el ejército de Biafra capituló. Sólo resistió un puñado de combatientes, la mayoría de los cuales eran niños, que blandían machetes y palos tallados en forma de fusil contra los Mig y los bombarderos soviéticos. Con la caída de Aba (no lejos del antiguo santuario de los guerreros magos de Aro Chuku), Biafra entró en una larga agonía. Con la complicidad de Gran Bretaña y Estados Unidos, el general Adekunle bloqueó el territorio de Biafra e impidió cualquier ayuda y aprovisionamiento. Ante el avance del ejército federal, presa de una locura vengativa, la población civil huyó hacia lo que quedaba del territorio de Biafra, invadió las sabanas y el bosque e intentó sobrevivir con las reservas. Hombres, mujeres, niños cayeron en una trampa mortal. A partir de septiembre ya no hubo operaciones militares, sino millones de personas separadas del resto del mundo, sin víveres, sin medicamentos. Cuando, por fin, las organizaciones internacionales pudieron entrar en la zona insurgente, descubrieron la amplitud del horror. A lo largo de los caminos, al borde de los ríos, a la entrada de los pueblos, centenares de miles de niños se estaban muriendo de hambre y de deshidratación. Era un cementerio vasto como un país. Por todas partes, en las llanuras herbosas iguales a aquellas donde yo, en otra época, iba a hacerles la guerra a los termes, niños sin padres erraban sin destino con sus cuerpos transformados en esqueletos. Mucho tiempo después me sentí atormentado por el poema de Chinua Achebe, Navidad en Biafra, que empieza con estas palabras: No, ninguna Virgen con el Niño podrá igualar El cuadro de la ternura de una madre Hacia ese hijo que muy pronto deberá olvidar.
Vi esas imágenes terribles en todos los periódicos y los semanarios. Por primera vez, el país en el que había pasado la parte más memorable de mi infancia se mostraba al resto del mundo, pero era porque se moría. Mi padre vio esas imágenes, ¿cómo hubiera podido aceptarlas? A los 70 años, sólo se puede mirar y callar. Sin duda, verter lágrimas.
Extracto de El africano, de J.M.G. Le Clézio, publicado por Adriana Hidalgo Editora y traducido por Juana Bignozzi
Orandino
Jean-Marie Gustave Le Clézio
Dalia había regresado de México totalmente deprimida. Había pasado quince días con su hijo Fabio, en el departamento de Xochimilco en el que Héctor cohabitaba con ex revolucionarios salvadoreños del Bloque. Ellos habían hablado mucho, fumado mucho, bebido mucho, cantado mucho. Ella no lo dijo, pero yo comprendí que había cedido y había hecho el amor con Héctor. Había pasado lo esencial de ese tiempo estrechando a Fabio entre sus brazos, acariciándolo y llorando.
Yo no le podía decir todo lo mal que pensaba de su ex marido y de esos presuntos revolucionarios que se habían quedado atrás en el tiempo, que iban a rehacer el mundo al abrigo de su asilo dorado, que proclamaban anatemas contra aquellos que se habían quedado en el país y firmaban órdenes de expurgación, pero que eran incapaces de ocuparse de su propia familia. Les faltaba lucidez y compasión. Solamente le dije: ¿Por qué no te trajiste a Fabio contigo?.
No había pensado en las consecuencias de mi pregunta. Dalia primero lloró, después se puso a reír. Me estrechaba en sus brazos, me besaba, sentía contra mí su cuerpo, su aliento avinado, saboreaba sus lágrimas, mordía sus labios y sus senos. Ella era un animal muy vivo, lleno de instintos y de pasión, dotada de una fuerza extraordinaria. Me apretaba entre sus muslos potentes, yo tocaba los tendones de su espalda, a cada lado de la columna vertebral, la cuadrícula de los músculos de su vientre. Ella se estremecía.
Nos quedamos una parte de la siesta acostados sobre el colchón de la sala, los cuerpos empapados de sudor. Cuando por fin llegó el anochecer, mientras la ronda de vehículos entablaba su rotación alrededor de la plaza, nos vestimos para salir a caminar un poco.
Hacía buen tiempo, el cielo hormigueaba de estrellas. Fuimos al cine Chaplin, lejos del centro urbano. Proyectaban una película rusa, no comprendí muy bien, la cosa sucedía en la nieve, con caballos, era una Paradjanov. Nos fuimos antes de que terminara. Dalia quería quedarse, pero yo tenía náuseas.
Caminamos hasta la plaza. En un pequeño puesto ambulante compré tacos y jugos de sandía. Fumé sentado en un banco. Dalia apoyaba su cabeza contra mi hombro. En un momento me dijo: Tú no eres como él, tú eres bueno. Te ocuparás bien de mi hijo. Yo no estaba seguro de lo que ella quería que respondiera. Sí, sí, pero es por ti, por él y por ti, él te necesita tanto como tú a él. Eso no quería decir nada, pero ella no escuchaba. Entendía lo que quisiera imaginarse.
Sabes, Daniel. Tenía la voz un poco apagada, como si hiciera una confidencia preciosa. Si pudiese tener a Fabio conmigo, si pudiese tenerlo para mí sola. Miraba delante de sí, con una cierta lentitud en la mirada. Sé muy bien lo que voy a hacer. Iré a mi casa allá en San Juan, a mi barrio de Loíza, y no volveré más aquí. Se quedaba callada un momento, proseguía con su voz ronca. Lo criaré yo sola, no necesitaré a nadie, será mi vida, entiendes, mi misión en la vida.
Dijo aquello con una triste gravedad que me llenó los ojos de lágrimas. Y al mismo tiempo, yo sabía que por causa de su inclinación al alcohol ella sin duda no lograría realizar nunca su proyecto, continuaría balanceándose entre los hombres, ahogándose en su desesperación.
Ella hablaba sola, creo que yo ya no la escuchaba en realidad. Hablaba de la gran casa de Loíza, una casa de madera cerca del canal. Hablaba de los hijos de los enfermos de sida, algunos ya contaminados, sin cabello y tan delgados que daban miedo, como pequeños fantasmas. Ella se iría allá, con Fabio, les contaría historias para hacerles reír, les cantaría canciones. Soñaba en voz alta. La llevé al departamento, la acosté en el colchón. En el mes de mayo, las habitaciones son verdaderos hornos. Yo me acosté directamente sobre el embaldosado, con una toalla doblada a modo de almohada. Sabía bien que todo aquello no podía durar. Habíamos realizado juntos un trayecto del viaje, e íbamos a partir cada uno por su lado.
Extracto de Urania, de J.M.G. Le Clézio, editado por El Cuenco de Plata |