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Nota publicada el lunes, 22 de noviembre de 2010

Anónimo
Por: Ignacio Trejo Fuentes

Anónimo, primera novela de Ignacio Solares, en 1980, a unos meses de su primera edición, y me sorprendió porque, joven como era, no conocía el espacio en que la obra se mueve, la literatura fantástica. La he vuelto a leer a propósito de su inclusión en la serie Dieciocho para los dieciocho que impulsaron la Secretaría de Educación Pública y el Fondo de Cultura Económica. Volvió a sorprenderme.

La literatura fantástica no es exactamente la de horror (tipo Poe, Lovecraft) ni la maravillosa (Andersen, Perrault, los hermanos Grimm), sino se mueve entre ambas. Exige que un suceso extraordinario irrumpa en la cotidianidad sin que puedan darse explicaciones lógicas, simplemente el orden se convulsiona y se convierte en otra cosa (como en Casa tomada y Carta a una señorita en París, entre otros textos de Julio Cortázar). Anónimo arranca así: Parece cosa de risa pero aquella noche desperté siendo otro. Y sí, el periodista Raúl Estrada se descubre usurpando el cuerpo (y la casa y la mujer y los hijos) del empleado bancario Rubén Rentería. El primero ha muerto, y con la figura del otro asiste a su propio entierro y habla con su mujer y su madre y sus parientes.

¿Cómo ocurre ese fenómeno, tal trasmutación? Quién sabe: de ahí su carácter fantástico: los hechos se dan pero son inexplicables, tanto para el personaje inmiscuido como para los lectores.

Ambos no tienen más que aceptar que las cosas son así y no de otro modo.

Antes de su novela, Ignacio había explorado el asunto en un cuento que, si no recuerdo mal, se llama El hombre habitado, mas al darse cuenta de que tenía en las manos un asunto sensacional determinó darle otro aire, un espacio diferente y escribió la novela. Si bien dije que los vínculos de la literatura fantástica con la de horror son apenas perceptibles, no cabe duda que quien lee Anónimo va del desconcierto al espanto, porque el autor consigue meternos en la psique y en el espíritu del protagonista muerto que ocupa el cuerpo de otro, nos contagia de su angustia, su azoro y su miedo irreductible; es decir, nos ponemos en sus zapatos, en su piel y nos volvemos él mismo, el que no puede explicarse qué demonios ha ocurrido y qué vendrá.

Este tipo de literatura, ya se dijo, no permite explicaciones razonables, aunque los allegados al usurpado (el empleado bancario) adjudican sus extrañas actitudes ni más ni menos que a la locura; su médico personal ha contemplado la posibilidad de encerrarlo en una clínica apropiada, y atribuye su amnesia a una crisis nerviosa. Ellos —familiares, médico— lo ven así, como un loco; pero nosotros, los testigos, sabemos que aquel pobre hombre ha desaparecido (sin saber qué fue de él, si murió) y miramos todo con los ojos del periodista usurpador, sentimos lo que él siente, nos aterrorizamos lo mismo que él, y todo gracias al enorme conocimiento que Solares tiene del asunto y del manejo de las técnicas narrativas.

Lo que ocurre a quien esta en el cuerpo de otra persona es descrito en primera persona utilizando letras redondas, normales, en tanto que lo referente al otro, el empleado, se destaca en cursivas y también en primera persona. En esta sección sabemos que los trabajadores del banco reciben anónimos en los que los previenen de algún peligro que corren, y la paranoia (o como se llame) se apodera de ellos, al grado de que un par de ellos se suicida. De la vida del periodista se dice poco, tan sólo lo que él ofrece cuando recuerda pasajes de su vida anterior: su matrimonio, etcétera.

Si la novela inicia de manera categórica, la tensión se mantiene en cada página y en la última parte alcanza niveles delirantes: Raúl Estrada, enfundado en la persona de Rubén Rentería, va una madrugada a la que fuera su casa, y es recibido por su madre y, luego, por su esposa (su viuda); se hace pasar por gran amigo del difunto, y empieza a revisar sus pertenencias queridas, y al ver que esas dos mujeres amadas no lo reconocen llega al paroxismo y les confiesa lo sucedido: que es el mismo aunque sea otro. La incredulidad de las mujeres (lo consideran loco de amarrar) lo lleva al paroxismo y va a acostarse en lo que fuera su cama.

Sí, quienes rodean al redivivo lo consideran víctima de la peor de las locuras, mas los lectores sabemos que no se trata de eso, podemos atestiguar que la mutación de personalidades ha sucedido realmente, aunque no podamos encontrar, pese a los mayores esfuerzos, algo que aclare el fenómeno. Luego, estamos ante un ejemplo impecable de literatura fantástica (especie no tan frecuentada por los escritores mexicanos).

Anónimo no es sólo una novela espectacular desde el punto de vista temático; lo es también en lo concerniente a la forma, a la técnica, al manejo del lenguaje: si bien se trata de uno de los primeros trabajos narrativos del autor, despliega una audacia ejemplar: cuida (mide) cada frase, cada palabra, nada está de más, y sabe en qué momento desbordar la tensión dramática y en cual atenuarla. Por supuesto, en los pasajes adecuados el narrador-usurpador tiende a la reflexión para tratar de entender la circunstancia que está viviendo, y no parece, por eso, la obra de un joven autor sino la de alguien totalmente maduro. Asombra la eficacia de Anónimo, y lo digo tras su relectura treinta años después, tiempo en el que, se supone, uno afina sus maneras de leer, su percepción, su juicio.

Ya se sabe que luego de esta novela, Ignacio Solares se convirtió en uno de los narradores más productivos y mejor dotados de cuantos hay en este país de notables novelistas y cuentistas.

Libros suyos como Madero, el otro, La noche de Angeles, El gran elector, Nen, la inútil o La invasión confirman esa aseveración. Mas no me cabe la menor duda de que Anónimo es pieza fundamental de su obra. Y su inclusión en la serie referida, cuyos títulos alcanzan los treinta mil ejemplares (se ofrecen tres novelas en cada volumen) es una magnífica oportunidad para que quienes no la han leído se encuentren con una auténtica joya. La novela de Ignacio aparece junto a Elsinore, de Salvador Elizondo y Querido Diego, te abraza Quiela, de Elena Poniatowska. Ignacio Solares. Anónimo, SEP / Fondo de Cultura Económica, México, 2010; páginas: de la 107 a la 251.

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Fuente: Siempre / México / Versión para imprimir