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Nota publicada el domingo, 25 de septiembre de 2011

La edición de novelas
Por: Raúl Olvera Mijares

La novela, el novelista y su editor,
Thomas McCormack,
FCE,
México, 2010.

Aspirar a ser narrador, en particular novelista, es una tentación difícilmente resistible. Jóvenes y viejos por igual, hombres y mujeres, gente muy culta o muy ignorante, todos están sedientos de notoriedad y pretenden alcanzarla contando historias con personajes presuntamente seductores y jugosos. Con un valiente manuscrito bajo el brazo, lo único que debe hallar un autor es un editor, quien habrá de contratar, promocionar y apoyar su trabajo. Este encuentro es tan inusual como el de un par de enamorados que se unen para estar juntos toda la vida. La labor de los editores consiste en leer, analizar y sugerir posibles mejoras. Al menos así se la concibe en el mundo anglosajón, en el que se edita el mayor número de libros, en los rubros y disciplinas más dispares. Thomas McCormack, editor y dramaturgo bostoniano, alguna vez al frente del prestigioso sello St. Martin’s Press, tuvo a bien recoger sus experiencias en un breve y enjundioso opúsculo.

McCormack afirma que, si bien la mayoría de sus colegas editores se hallará en desacuerdo, existen elementos del oficio plenamente objetivos que son susceptibles de estudio y aprendizaje. No existe, por supuesto, la carrera de editor. Es imposible aprenderla de una manera formal en una universidad o escuela especializada. La edición de una novela exige repetidas lecturas del manuscrito: en la primera de ellas es la sensibilidad lectora del editor la que le hará saber si la obra funciona o no, si causa fatiga, si es vaga o redundante. Por medio de estas impresiones o sensaciones de carácter general, aquel editor que conoce su oficio, es capaz de detectar los pasajes o elementos dudosos, y las supresiones o adiciones que son necesarias. El arte es la capacidad suprema que no todos los editores poseen, la cual, basada en su sensibilidad como lectores y en su experiencia en el oficio, conduce al acertado diagnóstico y a sugerir al autor soluciones que no minen el valor de su obra sino, al contrario, permitan que ésta brille en toda su grandeza.

McCormack señala que en su experiencia profesional descubrió algunos elementos de análisis que resultan de mucho provecho. La prelibación, un tecnicismo que él acuñó en relación con la edición, si bien ya existía en el derecho, representa el deseo de provocar un efecto determinado en el lector. Se genera en la mente del escritor, fruto de alguna observación precisa que se imprime con fuerza en su memoria y evoca asociaciones con objetos diversos. La sensibilidad gustativa es la facultad que, en el lector, lo hace probar y determinar a qué sabe algo. La sensibilidad salivatoria entraña, además de apetencia, curiosidad, aprensión y demanda cabal cumplimiento; gracias a ella, un editor sensible e inteligente puede guiar a un autor hacia el fin ideal al que tiende éste pero que, por alguna razón, no logra alcanzar de una manera contundente y definitiva.

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Fuente: La Jornada Semanal / México / Distrito Federal Versión para imprimir