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Nota publicada el lunes, 22 de octubre de 2012

La RAE no debe prescribir, sino registrar los usos de las palabras
Por: Silvina Espinosa de los Monteros
Con un total de 11 ediciones previas y habiendo transcurrido 20 años de que apareciera por primera vez, El libro y sus orillas, de Roberto Zavala Ruiz —un clásico manual de consulta en el oficio editorial—, se publica dentro de la colección Libros sobre Libros del Fondo de Cultura Económicaen una edición actualizada, que comprende 432 páginas.

La aparición de este volumen en una editorial como el Fondo de Cultura Económica provoca entusiasmo, sobre todo porque durante mucho tiempo estuvo agotado o simplemente su circulación estaba restringida a los circuitos tradicionales de oferta editorial que tiene la UNAM. Estamos hablando de un volumen imprescindible para editores, impresores y todos aquellos interesados en conocer a detalle el proceso de elaboración de un libro.

Por ello nos reunimos con Roberto Zavala Ruiz, quien alguna vez acuñó una frase que sintetiza el contenido de El libro y sus orillas: De los pliegues de la escritura a los pliegos de la encuadernación.

—Yo estoy contentísimo— confiesa el autor porque el tiro en esta primera edición del Fondo es de cinco mil ejemplares; casi la mitad de lo que se hizo en la UNAM en 20 años. Como los tirajes eran pequeños, el total de ejemplares que se tiraron a lo largo de 11 ediciones fue alrededor de 13 mil 500.

El libro y sus orillas está integrado por cinco capítulos: el primero es una breve introducción a la historia de la imprenta, las partes del libro y la tipografía; el segundo se refiere a la presentación de originales; el tercero ofrece consejos útiles en torno a la redacción; el cuarto versa sobre la puntuación y la gramática; y el último aborda la corrección de estilo y de pruebas antes de entregar el texto final al impresor.

-Hace 20 años, ¿con qué espíritu nació este libro?

-Una vez me entrevistaron en Radio UNAM y la conductora me dijo: Conozco bien tu libro y me parece que nació de un gran amor, de una gran entrega a los demás..., a lo que le respondí: Siento desilusionarte mucho, pero en realidad el libro nació de un reconcomio largamente acariciado. ¿A qué me refiero? Durante un par de años yo trabajé en la Dirección de Publicaciones de la UNAM. Ahí había un jefe de correctores que, yo pensé, tenía la obligación de resolver las dudas de sus subalternos. Él se llamaba Jesús Arellano, ya murió. Y después de mucho pensarlo, un día me levanté de mi lugar y le fui a preguntar una duda sobre cuándo había que acentuar o suprimir el acento de palabras como éste o aquél; es decir, palabras que pueden ser adjetivos determinativos o pronombres demostrativos. Me contestó: Hay que estudiar, lo que me pareció una respuesta poco adecuada y poco generosa; pero la acepté. Así que me puse a hacerlo. Durante la huelga de 1972, en que se formó el Sindicato Independiente de Trabajadores de la UNAM [SITUNAM], me di a la tarea de preguntar sobre tipografía a los maestros formadores, a los linotipistas, a los correctores de galeras o la gente que formaba en monotipo manual y mecánico. Así, pues, este libro fue una respuesta diferida a aquella frase que me soltó Jesús Arellano. El propósito inicial del libro, que era demostrar que sí había estudiado, con el tiempo se convirtió en una manera de allanar el camino a los demás y facilitarles el aprendizaje.

-¿A qué atribuye el que este volumen se haya convertido en un manual ya clásico de consulta, tanto para editores como impresores?

-Yo creo que, en primer lugar, a la oportunidad, porque en mis tiempos sólo existía un folleto que había escrito ese mismo señor Jesús Arellano, el cual tuvo una vida larga, porque enseñaba cómo marcar un original y cómo corregir las pruebas durante el proceso editorial. Pero, fuera de eso, no había otros materiales para formarse. Incluso hoy en día éste sigue siendo un campo descuidado.

-¿Qué partes fueron las que se actualizaron?


-En realidad actualizamos todo lo que se pudo. Del primer capítulo, por ejemplo, suprimimos algunas partes relacionadas con los sistemas de composición tradicional; ahora se dan elementos nada más, para comparar cómo era el proceso antes y cómo se hace hoy. También se actualizó la parte del libro electrónico, que es algo obligado. No es un curso para formarse en el tema, pero da una idea general. En lo concerniente a la parte de la presentación de originales, antes se hablaba de cómo se presentaban físicamente, algo que en nuestros días ya se hace en un disco o una memoria. En cuanto a la redacción y la corrección de estilo, también se hicieron muchos cambios, que tienen que ver con las nuevas reglas ortográficas. Cuestión por la que medio me peleo con la Academia, porque ésta ha creído que su papel es prescribir, cuando en realidad debería contenerse un poco y saber que su rol debería ser el de registrar los usos de las palabras y no decirle a la gente cómo acentuar.

-¿Los constantes guiños humorísticos que aparecen en su libro son una forma de vindicar el gozo por el oficio editorial?

-Yo diría que el gozo por la vida misma. El libro no es sino una parte de mi vida. Mi padre, por ejemplo, era muy sarcástico y usaba mucho ese recurso como método de enseñanza. Le decíamos: Oye, papá, voy a salir tantito afuera para jugar coladeritas. Y él nos contestaba: Oiga, mijito, ¿y por qué no sale usted para dentro? Por lo menos sería más original o interesante. Y así crecimos. Yo creo que ese sarcasmo es una manera de salpimentar las cosas. En el libro hay temas que podrían ser áridos y una manera de comérselos enteros es justamente ponerle un poco de humor al asunto.

-Resulta poco frecuente que un autor realice la corrección y revisión editorial de su propio libro, ¿su trabajo se habrá salvado de las erratas?


-Habría que buscarlas y darle un premio al que las encuentre -responde divertido-. Seguramente las tiene. Además no sólo yo lo revisé, me ayudó un grupo de colaboradores y gente de la editorial. No se puede ignorar, como decía Alfonso Reyes, que la errata es esa viciosa flora microbiana, siempre tan reacia a todos los tratamientos de la desinfección.

DIGNOS
Correctores de estilo

Roberto Zavala Ruiz (1949) tiene más de 40 años como editor y estudioso de su oficio. Estudió ciencias de la comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, así como una maestría en estudios latinoamericanos. Ha impartido numerosos cursos de redacción, corrección de estilo y técnicas de investigación documental. Actualmente se desempeña como director editorial de Sans Serif Editores.

-Yo crecí en la colonia Escuadrón 201 y frente a mi casa vivía un impresor. A mí me daba vuelcos el corazón con el ruido de la maquinita, que era una vieja Chandler —rememora Zavala—. Lo que me maravillaba era ver entrar el papel en blanco y que luego saliera impreso. Aquello era magia... una magia que, yo creo, apenas voy entendiendo. A los 18 años publiqué mi primer cuento en la UNAM y a partir de ahí no he parado. Llevo más de cuatro décadas publicando y ejerciendo diversas tareas editoriales.

-¿Cómo es la formación de los editores en este país?

-En México no se estudia en la universidad para ser editor; en América Latina, que yo sepa, sólo hay un país que imparte una licenciatura: Brasil. En México nos formamos a trompezones, en la brega, en el trabajo diario, con todo lo bueno y malo que eso conlleva. El año pasado en Argentina se fundó una especie de asociación de editores y correctores de estilo. Este 2012 la sede de su reunión será Guadalajara, con el pretexto de la FIL. Yo espero que a la larga esto derive en alguna organización de defensa del gremio, ya que los correctores de estilo ganan poco, cosa que en buena medida se debe a que los editores juzgan que cualquiera puede hacer ese trabajo. Y no. Se tienen que tener conocimientos. Para ejercer el oficio se necesita una buena cultura, saber idiomas y tener conocimientos profundos de la lengua española. Esto, aunado a que en el medio mismo hay mucha gente que se ningunea y no exige lo que debe exigir. En las reuniones, por ejemplo, no falta quien llegue y te diga que escribió una tesis de 800 cuartillas, a ver si le echas una manita. Te piden una manita de gato, cuando necesitan una garra de león y, además, lo quieren gratis. La función de corrector de estilo es tan importante como la del médico con el enfermo; uno debe convertirse en auxiliar del autor para que éste logre su mejor prosa. Hay mucha gente obsesiva-compulsiva que le anda buscando errores a todo. Yo les digo a aquellos que tienen ese defecto de personalidad que lo pueden convertir en una virtud, claro, si se preparan para ello.

Los deslumbramientos amorosos de los nativos digitales

Lo mismo en el chateo que en los duelos de mensajes empuñando el celular se emplea una jerigonza en la que abundan los iconos y las abreviaturas. Como lenguaje y pensamiento son inseparables, y puesto que resulta saber cuál determina al otro a estas alturas en la historia de la red ya podrían evaluarse los efectos. El lenguaje abreviado habrá abreviado ya la capacidad de reflexionar profundamente. Ignoro si los lingüistas habrán escrito algo al respecto, pero no creo que los resultados sean el enriquecimiento del lenguaje en los nativos digitales o una mayor capacidad de concentración en la lectura profunda. Por otra parte, sé de muchos -pero, sobre todo, de muchas- que han creído enamorarse o conseguir amistades entrañables por Internet. La información recabada por quien deja aquí la invitación a reflexionar da más hacia la tragedia y a las historias de amor con hache que a los encuentros verdaderos en el campo del amor o en el de la amistad. Con toda seguridad el twittero solitario está más solo hoy que nunca.
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Fuente: El Financiero.com.mx / México / Distrito Federal Versión para imprimir