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Nota publicada el viernes, 22 de marzo de 2013

Objeciones de la memoria / No sólo se privatiza vendiendo
Por: Martí Batres Guadarrama
En su Estrategia Nacional de Energía, el gobierno de Peña Nieto plantea la incorporación más amplia del sector privado en la industria energética nacional. Claro que quiere privatizar el petróleo, ¿por qué lo niega?: porque sabe que es una traición a los mexicanos. Dice que no venderán Pemex, pero tenemos el caso de CFE, nunca ha estado en venta, pero 50% de la generación eléctrica  ya la producen empresas extranjeras. Poco a poco las transnacionales van desplazando a CFE. 

El gobierno federal y quienes lo apoyan dicen que no se venderán las instalaciones de Pemex. Pues no porque las compañías extranjeras no quieren las antiguas instalaciones de Petróleos Mexicanos, les interesa construir las nuevas instalaciones de exploración, explotación, refinación y transportación del petróleo mexicano. 

Las compañías extranjeras van por la renta petrolera y, ¿por qué quieren el negocio del petróleo?: porque sacar un barril del subsuelo cuesta 10 dólares y se vende en 100, una ganancia de 1000%. Esa es la ganancia que quieren las compañías extranjeras y eso es lo que el gobierno mexicano les quiere dar. Por eso no construyeron la nueva refinería de Tula, para que la construya una transnacional y se quede con las ganancias. 

El proyecto de Peña Nieto es que los nuevos yacimientos, pozos, refinerías, plantas petroquímicas, gasoductos y oleoductos sean propiedad de un puñado de poderosísimas transnacionales que se llevarían las ganancias a sus países como sucedía hace un siglo. 

Tenemos memoria, llevamos 30 años de reformas estructurales y el potencial económico prometido simplemente no llega, no llegó ni llegará con este modelo económico neoliberal. Son sólo engaños. 

Recordemos que en 1982 había mil 155 empresas de la nación, y 10 años después sólo quedaban 217. Hoy prácticamente sólo quedan Pemex y la CFE. 

Con Ernesto Zedillo se vendieron los ferrocarriles, y esa industria quedó en manos de las transnacionales. 

Modificaron el artículo 27 para permitir la compra-venta del ejido y la inversión extranjera en el campo. Dijeron que sería el gran detonador y, sin embargo, el campo quedó más seco y más improductivo que nunca. 

Éramos exportadores de fertilizantes, privatizaron Fertimex y nos convertimos en importadores; privatizaron la banca privada y, ahora, como usuarios pagamos una de las comisiones más altas del mundo; privatizaron las carreteras, las aerolíneas, los ingenios azucareros y luego fueron rescatados con los recursos públicos. 

También reformaron las leyes del IMSS y del ISSSTE, dijeron, para que tuvieran mejores finanzas, y ahora atienden un porcentaje menor del total de los mexicanos. Reformaron las pensiones, pero ahora un trabajador tiene que laborar 54 años para lograr su pensión. 

Hace 100 días impusieron su reforma laboral con el argumento de que se generarían cientos de miles de empleos, y no hemos visto uno solo. Y ahora aprobaron la reforma educativa para que puedan despedir fácilmente a los maestros y cobrar cuotas en las escuelas que son gratuitas constitucionalmente. Así también, acaban de presentar una reforma en telecomunicaciones que abrirá 100% el sector a la inversión extranjera, como pidió el Banco Mundial. 

Decimos no a la venta de Pemex porque si se privatiza el petróleo disminuirá el presupuesto para educación, salud, vivienda, bienestar social, jubilaciones, obra pública, pues hoy las ganancias del petróleo representan 40% del presupuesto nacional, y si se las llevan las compañías extranjeras ya no habrá los recursos para la inversión pública y la inversión en salud. Peña Nieto no quiere transformar nada, sólo seguir vendiendo al país como si fuera una venta de garaje. 

Según la Enciclopedia de la política, de Rodrigo Borja (FCE, 1997), “los grupos privatizadores usualmente enmascaran sus intenciones detrás de las sugestivas fórmulas de reforma del Estado, desregulación, nacionalización, descentralización y otras. Pero con cualquier denominación el fin es el mismo: entregar los negocios más atractivos del sector público, los que tienen altas rentabilidades y que por lo mismo despiertan mucha codicia, a manos privadas”. 
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Fuente: El Gráfico / México / Distrito Federal Versión para imprimir