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Nota publicada el domingo, 30 de marzo de 2014

Jóvenes y nuevos medios
Por: Sergio González Rodríguez
Desde décadas atrás, y mediante la cultura, la moda, los usos y costumbres, se impuso en el planeta el protagonismo de los jóvenes

La palabra joven, me consta, tuvo su símil reiterado en el término consumidor, que al paso del tiempo cobró mayor importancia en demérito de otro tipo de participaciones, por ejemplo, las de cariz político.

La revolución tecnológica en la vida cotidiana que inició desde la última década del siglo anterior, derivada de la revolución tecnológica en los asuntos militares en Estados Unidos, logró que el consumidor (sobre todo los jóvenes) se transformara en proveedor de productos comunicativos para el nuevo sistema emergente. Fue el paso del consumer tradicional al prosumer multimedia de hoy en día: ahí están los usuarios que difunden a través de Internet imágenes producidas por ellos mismos.

Un malentendido habitual ha fortalecido la idea de que basta que la persona se incluya en los procedimientos u operaciones de las redes sociales mediante opiniones individuales o acciones colectivas vía algún hashtag (etiqueta de metadatos) para que se considere cumplida una participación válida en la vida pública.

Se pasa por alto que, en tales casos, la operación digital termina por favorecer más al propio sistema que la soporta que al contenido que se desea manejar. Tal tendencia comunicativa termina por convertirse en ruido. ¿Cómo evitar tal circunstancia y dirigirla hacia una mejoría colectiva? Mediante la comprensión de los procesos que hay de por medio.

Michel Serres acaba de publicar un libro en México, Pulgarcita (FCE, 2013), que examina cómo las ciencias cognitivas muestran que el uso de la red, la lectura o la escritura de mensajes con los pulgares en los miniteclados, o la consulta de Wikipedia o Facebook están lejos de estimular las mismas neuronas o las mismas zonas corticales que el uso del libro, la tiza en la pizarrón o el cuaderno.

Los internautas, apunta Serres, pueden manipular varias informaciones al mismo tiempo, pero no conocen ni sintetizan como sus ascendientes: ya no tienen la misma cabeza. A su vez, y por las telecomunicaciones y el espacio virtual-reticular de la tecnología, ya no habitan el mismo espacio que aquellos. Sin que nos diéramos cuenta, nació un nuevo ser humano, durante un intervalo breve, el que nos separa de los años 70, añade.

Según el VI Estudio de Consumo de Medios entre Internautas Mexicanos (IAB, 2014), el 96 por ciento de los internautas (que tienen 24 años de edad en promedio y suman 59.2 millones) se ocupa de tres actividades: enviar correos, entrar en redes sociales y chatear.

El 40 por ciento de los internautas dice consultar bibliotecas, pero el libro electrónico es nulo entre ellos. En redes sociales, las tareas primeras son ver y subir fotos, enviar mensajes y consultar actualizaciones de contactos. El 77 por ciento de este vecindario virtual y flexible utiliza las redes sociales para informarse. Facebook (96 por ciento), Twitter (56) y Google (54) atraen el mayor uso. Los internautas mexicanos ocupan 2.4 dispositivos para conectarse a Internet. Desde el punto de vista humanista, esta situación es una especie del analfabetismo digitalizado. Desde la perspectiva transhumanista, allí se gesta la promesa de lo nuevo.

Aquel estudio señala que Internet es el medio que ofrece mayor accesibilidad y confianza para la mayoría de los internautas y ha construido una sinergia con la televisión: el 44 por ciento de los usuarios ven tele y navegan en Internet al mismo tiempo. El complemento de tal práctica es el manejo de redes sociales y buscadores de información. Así, uno de cada cuatro internautas sigue la transmisión de algún canal televisivo a través de Internet.

Entre ellos, el formato en video es muy apreciado, ya que prefieren los videos musicales (57 por ciento), películas (49) y series (39). También suelen compartir videos en redes sociales, sobre todo musicales (37) o filmados por sí mismos (33 por ciento).

Desde luego, se trata del triunfo del infoentretenimiento, que se ve potenciado por el pensamiento algorítmico y la aplicación generalizada de códigos digitales. Pero ¿cuántos de los usuarios conocen ese trasfondo o, menos aún, comprenden su trascendencia? Una minoría, pues el sistema está hecho para que la gente se concentre en operarlo, no en conocerlo.

Las sociedades actuales enfrentan dos retos mayores que gravitan sobre los jóvenes. El primero es la hipertrofia del Derecho: conforme más se legisla menos se respeta lo legislado, lo cual provoca que el esfuerzo político-normativo se diluya en la alegalidad. El segundo atañe a la hipertrofia de la información: cuanto más se proveen datos y metadatos, o prolifera el acceso a ellos, se anula la eficacia y la eficiencia de la participación política de las personas, y amplía la brecha entre lo real o sustancial y lo formal o procedimental.

En mayo, se celebra en Sri Lanka la Conferencia Mundial de la Juventud 2014, cuya plataforma incluye siete puntos: El logro de buen gobierno y rendición de cuentas; Participación juvenil inclusiva a todos los niveles; Derechos de los jóvenes; Globalización incluyente impulsada por la juventud para el desarrollo; Clausura sistémica de desigualdades; Igualdad de género y, por último, Empoderar a los jóvenes marginados. Si bien los temas son valiosos, persiste el formalismo que se limita a enunciar una retórica repetitiva sin propósito de admitir nuevos enfoques.

Serres propone: Frente a estas mutaciones, es probable que convenga inventar novedades inimaginables, fuera de los marcos caducos que siguen formateando nuestras conductas, nuestros medios de comunicación, nuestros proyectos sumergidos en la sociedad del espectáculo.

Ante todo eso, tengo una definición optimista: juventud es el intervalo que la persona tiene en su vida para construir una promesa y atestiguar su incumplimiento. Carpe diem.

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Fuente: Reforma / México / Distrito Federal Versión para imprimir