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Nota publicada el lunes, 8 de febrero de 2016

El cambio constitucional en México
Por: Rafael Rojas
La Constitución mexicana de 1917, cuyo centenario se celebrará el próximo año, es una de las más antiguas de América Latina. En la mayoría de los países de la región se aprobaron nuevos textos constitucionales en el periodo de 1978 a 1993, correspondiente a las transiciones democráticas desde diversas dictaduras y regímenes autoritarios. Con el surgimiento de una nueva entidad federativa en la Ciudad de México se inicia un proceso de cambio constitucional en la capital que podría tener impacto a nivel nacional.

Era Thomas Jefferson quien decía que la vigencia natural de las constituciones era de unos diecinueve años, a pesar de que la Constitución estadounidense de 1787 sigue ahí, al cabo de más de dos siglos. En un estudio reciente del politólogo Gabriel L. Negretto, profesor del CIDE, La política del cambio constitucional en América Latina (FCE, 2015), se observa cómo algunas de las constituciones latinoamericanas del periodo de la transición democrática, como la brasileña de 1988, la colombiana de 1991 o la peruana de 1993 han vivido más de cinco, diez y hasta dieciséis procesos de reforma o enmienda.

No parece haber otra constitución latinoamericana tan antigua como la de México. La de Costa Rica, por ejemplo, data de 1949, de la época de José Figueres. Como en Costa Rica, al igual que en México, no se produjo una dictadura militar durante la Guerra Fría, en ese país centroamericano sigue rigiendo una Constitución anterior al mundo bipolar y a la caída del Muro de Berlín. Si esa Constitución de Costa Rica ha sido enmendada unas treinta veces, la mexicana va, cómodamente, para más de sesenta procesos de reforma, a razón de cuatro o cinco por década.

Que el origen de aquella Constitución haya sido una Revolución y, en buena medida, un pacto entre las diversas corrientes revolucionarias mexicanas, explica su perdurabilidad. El régimen presidencialista y de partido hegemónico que se derivó de aquel arreglo constitucional, a pesar de ser autoritario, tuvo una legitimidad de origen que le permitió sobrellevar la Guerra Fría sin gravitar hacia las dictaduras militares, los populismos o el comunismo. Esa duradera legitimidad hizo que la transición mexicana tuviera lugar fuera del ciclo latinoamericano de los 80.

Y eso explica, también, que México haya sido el único país de América Latina con la misma Constitución durante casi todo el siglo XX. El mayor contraste regional en ese sentido sería, justamente, el de México y Venezuela, país que tuvo la mayor cantidad de constituciones en la pasada centuria: quince en total y una de ellas, la de 1961, reformada en cuatro ocasiones. México fue, en el siglo XX, el país constitucionalmente más estable de la región y Venezuela el más inestable.

Una Constitución muy reformada, como la mexicana, puede funcionar bien por mucho tiempo, pero llega un momento en que las transformaciones de la sociedad presionan a favor del cambio constitucional. Eso es lo que podría pasar al cabo del centenario de la Constitución de Querétaro, cuando la deliberación, redacción y promulgación de una nueva ley de leyes para la Ciudad de México podría impulsar la reescritura del texto constitucional federal.

La Ciudad de México es una de las grandes urbes del planeta y, como tal, tiene sus especificidades. Pero es también un microcosmos de México que podría alcanzar un reflejo más nítido de la fisonomía del país en esta Constitución estatal del siglo XXI. Buena parte de la legislación de avanzada que tiene el antiguo Distrito Federal en materia de derechos civiles adquirirá rango constitucional por primera vez y ejercerá una influencia favorable sobre otros estados y la federación misma.

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Fuente: La Razón / México / Distrito Federal Versión para imprimir