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Nota publicada el lunes, 7 de noviembre de 2016

La fiesta de los libros
Por: Socorro Venegas

A diferencia de otros proyectos culturales e incluso sociales y asistenciales que cada año cambian de nombre o desaparecen y reaparecen, existen en México un par de historias atípicas, a veces incluso asombrosas porque han sabido remontar crisis y crecer, como los niños a los que han orientado sus esfuerzos. En este noviembre de 2016 hay dos aniversarios importantes en el mundo de la literatura infantil y juvenil, y su industria: cumple 36 años la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil (FILIJ) y 25 años la colección de literatura para niños A la Orilla del Viento, del Fondo de Cultura Económica.

A menudo percibo cierta incredulidad en los rostros de quienes escuchan cuán importante y rica es la producción de libros para niños en México, que además representa un potente mercado: si México es un país de lectores, ésos son los niños. Hoy en día, más del 40 por ciento de las ventas de libros del catálogo del FCE son de las colecciones de Obras para Niños y Jóvenes. A 25 años de su creación, este catálogo cuenta con más de 600 títulos vivos.

Sin embargo, en general se sabe poco del talento de los escritores e ilustradores mexicanos que trabajan para este público, aunque han cosechado reconocimientos importantes: Juan Palomino, por ejemplo, ganó este año el Premio Internacional de Ilustración Feria de Bolonia-Fundación SM; la misma fundación concedió, por primera vez a un escritor mexicano, el Premio Iberoamericano SM de Literatura Infantil y Juvenil, lo ganó en 2015 el prolífico y enormísimo imaginador Toño Malpica. Otros nombres son los de Irma Bastida, ganadora del premio de la 24 Bienal de Ilustración de Bratislava, la Manzana de Oro BIB 2013; el mexicano Gabriel Pacheco, hoy en día uno de los más reconocidos ilustradores del mundo, dirige Sármede, la escuela de ilustración más antigua en Italia.

La incredulidad viene, creo, de la filiación de estos artistas con el mundo de los niños. Sigue pareciendo menor dedicarse a crear para ellos. No ha sido sino hasta años muy recientes que el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes ha decidido otorgar becas a escritores con proyectos para niños y jóvenes. Juan Villoro explica mucho de esto en su estupendo ensayo La utilidad del deseo, leído precisamente en el Seminario de Fomento a la Lectura de la FILIJ en 2014: Históricamente, la literatura infantil ha sido el género de los seres subordinados. Por eso mismo busca la libertad. La palabra infante viene de fante (servidor, criado). Nepote, que en español significa pariente protegido, viene del griego nepion: el que no habla. Criaturas sin voz, reducidas a una condición de obediencia, los niños fueron vistos durante siglos como desaliñados prólogos de la edad adulta.

Aunque parezca mentira, prevalece esta idea de lo que es un niño y se extiende a aquellos que seguramente cuando maduren producirán para adultos. La realidad es muy distinta. Escritores que comenzaron su trayectoria literaria publicando libros para adultos encontraron en la escritura para niños un mundo vasto, libérrimo, muy gratificante y muy exigente también, ahí están el mismo Juan Villoro, Francisco Hinojosa o Verónica Murguía y María Baranda, pero también Emilio Carballido o Jorge Ibargüengoitia y, desde luego, otros autores que nacieron a la literatura infantil sin ninguna escala previa: Pascuala Corona, Gilberto Rendón, Alicia Molina, Vivian Mansour, entre otros. Hoy, hay varios autores mexicanos creando para niños y jóvenes, algo que hace 36 o 25 años no se podía decir.

Vale la pena mirar en qué contexto surgió la FILIJ. El libro Crecer con la FILIJ. Semblanza histórica de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil (1984-2014), publicado por Conaculta, da cuenta de ello: ... lo que realmente sucedía en 1984 era que la producción infantil en las naciones de habla hispana era poca, en comparación con la de las naciones del norte de Europa, con una tradición más antigua, por lo que en México el Estado intervino. Por ejemplo, en el catálogo de la Asociación Mexicana para el Fomento del Libro Infantil y Juvenil se incluyeron 252 títulos de los cuales sólo 35 eran de autores o editores mexicanos.

No debe escapársenos este dato importante que se menciona en el libro: se trata de dos iniciativas que nacieron y han florecido en el seno del Estado mexicano, esa entidad misteriosa no siempre coherente que en este caso puede presumir del éxito de dos grandes apuestas, y también de lo que han generado. Porque, sin duda, la feria abonó el camino para que surgieran otras ferias estatales y nacionales dedicadas al público infantil, como la de Xalapa, la de San Luis Potosí o la de Morelos, entre otras. Pero también ha sido, desde sus inicios, un extraordinario espacio para la profesionalización de toda la cadena del libro: creó un seminario internacional de fomento a la lectura, programas de formación de libreros, editores, ilustradores y bibliotecarios. La FILIJ ha definido y cuidado su función social, lo que la distingue de otros encuentros libreros en el mundo, como la Feria del Libro Infantil de Bolonia.

Quizás una de las razones del éxito de la FILIJ es que ha sabido establecer y mantener alianzas fundamentales que la convierten en un proyecto colectivo; la unión de fuerzas incluye a la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, la Secretaría de Educación Pública, el Consejo Nacional de Fomento Educativo, IBBY México, embajadas y asociaciones civiles, etcétera.

Esta cita anual ha tenido la suficiente resonancia para convertirse en un referente en el desarrollo de políticas culturales alrededor de la lectura y la infancia. No es casualidad que la FILIJ haya nacido en 1981 y en 1986 se creara el Programa Libros del Rincón, que comenzó llevando libros a escuelas primarias para difundir la lectura recreativa en el ámbito escolar. Años después, también se buscaría atender a otro público, el que no estaba en las aulas y, en 1995, nació el Programa Nacional Salas de Lectura, que convoca a ciudadanos a promover voluntariamente la lectura en sus comunidades, a cambio se les incluye en un esquema de formación y profesionalización, y se les entrega un cuidado acervo según el perfil lector de sus usuarios.

Fue precisamente en la FILIJ de 1991 donde el Fondo de Cultura Económica presentó los primeros títulos de la colección A la Orilla del Viento. Para ese lanzamiento, el editor Daniel Goldin apostó por una autora mexicana; El pozo de los ratones y otros cuentos al calor del fogón, de Pascuala Corona, ilustrado por Blanca Dorantes, fue el libro número uno de la colección que hoy ya cuenta con 224 títulos y una ramificación fundamental: dio paso a una nueva colección de álbumes ilustrados, Los Especiales de A la Orilla del Viento.

Un proyecto editorial es esencialmente un proyecto de fomento de la lectura. Tiene, como ha dicho Goldin, una dimensión política: abrir espacios para el diálogo, para el empoderamiento de los niños, para el reconocimiento de la diversidad. El Fondo ha mantenido, aun en épocas de adversidad económica, su vocación por ofrecer libros de excelente calidad no sólo por su contenido, también se trata de la producción del libro como objeto, de que la población no sólo tenga acceso al libro, sino al libro de hermosa factura; se trata de saber que la gente tiene derecho a un libro excelente en todos los sentidos.

Si seguimos la reflexión de Villoro, los seres subordinados que a menudo son considerados los niños buscan a través de los libros la libertad. Ahí pueden encontrar su voz, desde ahí se reconocerán en el mundo. Esto puede vivirlo cualquier lector, sin importar su edad, como lo he visto en centros de readaptación social donde los reclusos solicitan más y más libros para niños en la biblioteca: descubren en ellos un gozo especial, pero también que cuando los visitan sus hijos pueden compartirles las historias leídas. Un buen libro para niños es un buen libro para cualquiera.

Aunque en sus inicios A la Orilla del Viento se nutrió principalmente de ricas y abundantes traducciones, hoy se ha consolidado como una plataforma para los autores mexicanos e hispanoamericanos que son promovidos por el FCE para ser publicados en otras lenguas. Continúa también con una clara vocación de rescate de voces clásicas para actualizar su lectura entre los jóvenes: se han publicado los cuentos de Octavio Paz ilustrados por Gabriel Pacheco; los Cuentos populares, recopilados y reescritos por Fabio Morábito, y este fin de año tres novedades atraerán la atención de los lectores: Entre noches y fantasmas, selección de cuentos de Francisco Tario, ilustrados por Isidro Esquivel; una versión en álbum ilustrado, sin texto, de Romeo y Julieta, a cargo de la ilustradora española Mercé López, y la edición conmemorativa bilingüe (español-náhuatl) de un álbum con uno de los cuentos del primer libro de A la Orilla del Viento: El pozo de los ratones, de Pascuala Corona, ilustrado por David Álvarez y traducido al náhuatl por Mardonio Carballo.

Por su parte, la FILIJ vuelve a crecer y deja las instalaciones del Centro Nacional de las Artes (Cenart), a donde llegó en 1994, y se muda al Parque Bicentenario, en la delegación Miguel Hidalgo, un lugar diez veces más grande que el Zócalo capitalino, y estará abierta del 11 al 21 de noviembre. No es la primera vez que la feria cambia de casa: antes se llevaba a cabo en el Centro de Exposiciones de la Ciudad de México y antes aún en el Auditorio Nacional, su primera sede.

La fiesta será en grande: Alemania es el país invitado y Colima el estado invitado. Los 25 años de A la Orilla del Viento han convocado a algunos de los autores emblemáticos del FCE como Anthony Browne y Satoshi Kitamura, Sebastian Meschenmoser y Juan Villoro, entre otros, quienes estarán en la feria para celebrar con sus lectores apenas 36, apenas 25 años de historias sin fin para todos.

Programa completo de actividades:

http://filij.cultura.gob.mx/

www.fondodeculturaeconomica.com


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Fuente: Forma y Fondo / Reforma / México / Ciudad de México Versión para imprimir