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Nota publicada el jueves, 22 de diciembre de 2016

La epopeya del FCE
Por: Carlos Pallán Figueroa
•    Días de origen que merecen ser recordados 

Una de las acepciones de epopeya se refiere a la “acción o hecho que demuestra gran coraje, esfuerzo o heroísmo en una situación adversa o peligrosa”. El término resulta justo para aplicarlo al proyecto editorial encabezado por Daniel Cosío Villegas, que nació en septiembre de 1934. Eran los últimos tres meses del gobierno de Abelardo Rodríguez, en la cúspide del Maximato, pero en un país que resentía aún los efectos de la crisis mundial detonada en 1929 con el quiebre de la Bolsa de Valores de Nueva York y que en 1932 se había manifestado en una profunda crisis nacional cuyo efecto más evidente fue el decrecimiento del PIB en un ¡14.8 por ciento! (el más pronunciado desde que hay mediciones). Resalto el hecho porque, efectivamente, los fundadores de ese proyecto llamado FCE debieron tener mucho coraje y realizar un esfuerzo enorme para erigir una empresa pública que se proponía ser “una editorial académica especializada en los campos de la economía, las ciencias sociales y las humanidades”. 

Con 11 filiales (que editan y distribuyen) y 37 sucursales (que venden), establecidas en territorio nacional, americano y aun Europa (España), y con la acumulación histórica de más de 10 mil títulos editados, el FCE es una realidad cultural sorprendente en un mundo empresarial que se ha ido achicando, con compañías privadas que dominan el mercado y engullen a otras, y que, como empresa pública, muestra una trayectoria ejemplar para otras de la misma naturaleza que operan en otros ámbitos o mercados. 

Hace tres meses el Fondo publicó un breve y expresivo texto de Javier Garciadiego (El Fondo, La Casa y la introducción del pensamiento moderno en México), cuyo contenido toma al propio FCE como objeto de estudio en sus 107 páginas de texto. Garciadiego pone el acento en los momentos de la fundación del FCE: los que preceden en España, los de 1934 y los primeros 21 años de vida institucional. Los posteriores a 1965 son ocasionales y lacónicos. 

De acuerdo con ello, para el autor referirse al FCE es abordar la diáspora ocasionada por la Guerra Civil. Difícilmente, por no decir imposible, la nueva empresa no hubiera despuntado tan bien y rápidamente sin contar con las decenas de figuras destacadas que trajo el exilio a las instituciones de educación superior de la época y a la cultura nacional. El Fondo fue un beneficiario directo. Ese conjunto de hombres y mujeres vienen de un país que, a partir de 1876, con la fundación de la Institución Libre de Enseñanza por parte de Francisco Giner de los Ríos, había iniciado una transformación en el campo de la educación, la cultura y la ciencia. 

El proceso fue coronado con la creación de la Junta para la Ampliación de Estudios (el Conacyt español de la época) en 1907, institución que conducida significativamente por Santiago Ramón y Cajal (quien había obtenido el Premio Nobel de Medicina el año anterior) envió a estudiar a centenares de jóvenes recién graduados a Alemania, Francia, Inglaterra y Suiza. Quince años más tarde había un flujo de profesionales que fundaban revistas, enriquecían cátedras y fomentaban la investigación. Todo ese proceso cesa súbitamente con la Guerra Civil a mediados de 1936. Los elementos más valiosos que discrepaban con el Franquismo salieron desde el primer momento, llegando la mayor parte de ellos a México por el interés del gobierno de Lázaro Cárdenas. 

A partir de ese último año, hombres y mujeres de la intelectualidad española empezaron, principalmente, a traducir las obras clásicas de la economía (A. Smith, D. Ricardo, T. Malthus, C. Marx) reemplazando o fortaleciendo a los primeros traductores nacionales que, impulsados por la necesidad, como: Salvador Novo, Antonio Castro Leal, Alfonso Reyes y otros, habían iniciado la tarea tanto en libros como en los artículos de la primera y emblemática revista del Fondo: El Trimestre Económico

Como se había expresado, el libro se concentra en los primeros 21 años, quizá por eso es omiso en la más severa escisión que tuvo el Fondo como empresa, en 1965, y que significó una grosera intervención política en los criterios editoriales. Ese año dos libros causaron escozor al Presidente de la República: Los Hijos de Sánchez (de O. Lewis) y ¡Escucha, yanqui! (de C. W. Mills). Esto significo la salida de Arnaldo Orfila Reynal, quien durante 20 años había llevado al Fondo a su mayoría de edad. 

Al carácter de faro cultural que fue México para América Latina, durante la segunda mitad del siglo XX, contribuyó decisivamente el FCE. En tiempos de estrechez del financiamiento público, como ahora, la lección de esfuerzo y coraje de 1934, con Cosío Villegas y una pléyade de mexicanos, merece ser recordada. 
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Fuente: Campus Milenio / México / Ciudad de México Versión para imprimir