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Nota publicada el lunes, 30 de enero de 2017

El Fondo de Cultura Económica y La Casa de España: una visión sesgada
Por: Evodio Escalante
Todo trabajo histórico implica una revaloración. Javier Garcíadiego acaba de sacar un libro que invita a reflexionar acerca de la historia intelectual de nuestro país: El Fondo, La Casa y la introducción del pensamiento moderno en México (México, Fondo de Cultura Económica, 2016). Presentado, de modo inicial, como una conferencia para festejar los ochenta años del Fondo, este texto reconstruye los orígenes de dos instituciones “gemelas” que habrían de jugar (y que siguen jugando) un papel central en la esfera del pensamiento mexicano: el Fondo de Cultura Económica y La Casa de España, convertida pocos años después en El Colegio de México. El Fondo de Cultura Económica, empresa creada por Daniel Cosío Villegas y un grupo de amigos, surgió, como su nombre lo indica, con el propósito de dar a conocer en español algunos de los principales tratados de economía que hacían falta para la enseñanza de esa disciplina en la Universidad; la Casa de España, a cuyo frente se colocó Alfonso Reyes, daría ocupación a un grupo de intelectuales españoles expulsados de la España franquista, con la idea de que impartieran entre nosotros los conocimientos de su especialización. El aspecto “gemelar” de este acontecimiento alude, primero, a que durante sus años mozos ambas instituciones compartieron un mismo techo, en la calle Madero y después en la de Pánuco: Cosío Villegas y Reyes despachaban en oficinas contiguas y mantenían por supuesto una constante comunicación; segundo, a que los profesores contratados por La Casa de España, intelectuales europeos en el pleno sentido de la palabra, conocían el francés, el inglés y el alemán y estaban capacitados no sólo para impartir clases sino para ejercer como traductores en distintas áreas de las humanidades.

Coincidiendo con la fecha en que empiezan a llegar los intelectuales “transterrados” de España, el Fondo había empezado a diversificar sus publicaciones; además de estrictos textos de economía, traducidos al principio por escritores como Salvador Novo y Antonio Castro Leal, el Fondo incluyó en su catálogo libros de historia, de sociología, de filosofía y de psicología. El ramillete de intelectuales españoles estaría abocado a jugar un papel estratégico en esta empresa, cuyo objetivo era el detraducir lo mejor del pensamiento continental pero igualmente de Estados Unidos a nuestra lengua, para hacerlo accesible a nuestros connacionales y, por extensión, a los lectores potenciales de América Latina.

Al destacar el papel que jugaron Cosío Villegas y Alfonso Reyes en la consolidación de estas empresas, me extraña que Javier Garcíadiego omita la participación estratégica del político que hizo todo esto posible: Lázaro Cárdenas. Girado a la izquierda y con una política exterior que facilitó el asilo en México, no sólo de los refugiados españoles, sino de los alemanes, los austríacos, los checos y personas de otras nacionalidades que venían huyendo de los estragos del nazismo (o del poder soviético, como es el caso de Trotsky), a Cárdenas se debe la creación, primero, en 1938, de La Casa de España, y la transformación de ésta, en octubre de 1940, en lo que hoy conocemos como El Colegio de México. Este cambio en el nombre y en las funciones se debió sin duda a que Cárdenas, que ya estaba por dejar el poder, quería asegurar la permanencia de una institución que era uno de los mejores logros de su sexenio. Su primer director y presidente, Alfonso Reyes, con todos los méritos que sin duda le corresponden, no era sino un alfil al servicio de una política concebida por Cárdenas.

II

La traducción, como trasvase del conocimiento y como apropiación y divulgación de los más altos logros intelectuales de otras culturas, ocupa un lugar privilegiado en este libro. Por ello su autor señala que pueden distinguirse claramente dos épocas de nuestra historia en que la traducción jugó un papel primordial. Primero, con la llegada de los españoles al Continente Americano; segundo, con la llegada del exilio español. En mi época de estudiante, y creo que todavía hoy, a ese primer acontecimiento se le conoce como la Conquista. Como historiador preocupado por lo “políticamente correcto”, Garcíadiego prefiere utilizar una voz eufemística. Por eso anota: “Pensando en México, su historia registra dos etapas en las que la traducción fue un elemento decisivo: primero, a lo largo del siglo XVI, cuando se construyó una nueva cultura gracias al trasiego idiomático entre el español, el latín y las varias lenguas prehispánicas; el segundo momento tuvo lugar a mediados del siglo XX, cuando gracias a la llegada de muchos intelectuales españoles, México pudo entrar en contacto con lo mejor de la cultura occidental.” (El subrayado es mío).

La sangre vertida y la política de dominio afianzada en la espada y la cruz, la inmensa destrucción cultural operada por lo españoles en esta época, quedan borrados de un solo trazo por el historiador. No creo que nadie tenga problema para aceptar que durante la invasión española y la etapa de la Colonia hubo un trasiego idiomático del que todos nos hemos beneficiado como nación, pero que no se pretenda que este fue un proceso amigable y que no estuvo acompañado de la violencia y el más brutal ejercicio del poder, como sucede en todas las guerras coloniales. ¿Podemos cerrar los ojos ante un hecho histórico de este calibre?

Acaso el prolongado imperio del pensamiento neoliberal es el que nos obliga a tener la labia larga y la memoria corta. Menciono este eufemismo (“expresión atenuada de ideas duras o malsonantes”, según define Joan Corominas), porque quizás la segunda parte del párrafo que acabo de citar contiene un sesgo mucho más pernicioso: la idea de que el exilio español nos vino a descubrir el Mediterráneo.

Pues bien, esta es la tesis que defiende Javier Garcíadiego. Nuestra apertura intelectual de esta época se la debemos a los españoles. Punto. Esta tesis va acompañada de una complementaria: víctima de su revolución y de su ideología nacionalista, México habría estado cerrado a las influencias del exterior. Al publicar traducciones de algunos de los libros europeos más eminentes, sostiene Garcíadiego, “se pretendía actualizar el conocimiento de los mexicanos, propuesta muy oportuna, pues México se había aislado de la producción intelectual occidental a causa de la violencia revolucionaria y del nacionalismo consecuente”.

La argumentación del autor llega hasta el ditirambo: “Gracias a la obra de estos traductores, y a su labor como docentes, el nacionalista México se hizo un país plenamente occidental, con acceso desde los primeros pensadores del mundo grecolatino hasta a los intelectuales protagonistas de su tiempo.” No se detiene aquí la efusividad del historiador, quien agrega ahí mismo: “…gracias al Fondo y a los traductores españoles exiliados México pudo finalmente, como dijera Alfonso Reyes, participar ‘en el banquete de la civilización’.”

Precisemos que Reyes acuña la frase en un contexto muy diferente. Aplicada al asunto que trata Garcíadiego adquiere un involuntario tono paródico, además de que implica un error de apreciación. Nadie en su sano juicio podría negar las múltiples aportaciones que el exilio español trajo a nuestro país. Desde poetas y hombres de letras como Cernuda, León Felipe, Luis Rius, José Bergamín y Enrique Diez-Canedo padre, hasta filósofos de diverso calibre como Eugenio Ímaz, María Zambrano, Joaquín Xirau, Eduardo Nicol, Juan David García Bacca y José Gaos, para no mencionar a personalidades de otras disciplinas, modificaron para siempre y de modo positivo el clima cultural del país. Pero de esto a señalarlos como el “parteaguas” de nuestra historia, hay un trecho que sólo puede transitarse practicando el olvido y el disimulo. No sólo los exiliados españoles impactaron nuestra cultura; también lo hicieron emigrados de otros tantos países a los que Lázaro Cárdenas abrió generosamente las puertas de nuestra hospitalidad, además de que, por otra parte, es falso que los mexicanos nos hubiéramos cerrado a las influencias del exterior debido a los “excesos” del nacionalismo.

III 

Garcíadiego presume que el Fondo de Cultura Económica, gracias a las traducciones de Wenceslao Roces, dio a conocer en español en 1944 y en 1946, respectivamente, dos importantes títulos de Karl Marx: la Historia crítica de la teoría de la plusvalía, y lo que es sin duda su obra más famosa, El capital. Contra lo que pueda pensarse, no son éstos los primeros libros de Marx que se traducen en México. A principios de 1939, cuando menos seis años antes, una emigrada checoslovaca, Alice Rühle-Gerstel, esposa del diputado de la Bundestag, Otto Rühle, un pedagogo alemán que había venido a México invitado por Cárdenas a trabajar en la Secretaría de Educación, tradujo los Manuscritos económico-filosóficos del joven Marx. Esta edición, hoy del todo olvidada, fue la que leyeron con provecho e imagino que con fruición dos jóvenes escritores que habrían de volverse importantes con el paso del tiempo: Octavio Paz y José Revueltas. Documento lo anterior en el artículo “Conjunciones y disyunciones en Octavio Paz y José Revueltas” que acaba de publicar la revista Literatura Mexicana del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Es cierto, como anota Garcíadiego, que el Fondo no tradujo a Freud, grave pérdida. En su descargo habría que decir que publicó con creces los libros del psicoanalista alemán Erich Fromm, miembro del Instituto de Investigaciones Sociales de Frankfurt y exiliado en México para escapar de la persecución nazi. Muchos fueron los best sellers de este autor, entre ellos, El miedo a la libertad y (el que más recuerdo) Marx y su concepto del hombre.

Es igualmente cierto que el Fondo se dio a la tarea de traducir las obras de Wilhelm Dilthey, y que encargó a José Gaos (que ya había participado en la traducción de las Investigaciones lógicas en España) el traslado del primer tomo de las Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica, de Edmund Husserl, que aparece en español en 1949. No representa esto, sin embargo, una primicia absoluta. Adalberto García de Mendoza había publicado en 1932 en la editorial Cultura los dos tomos de una Lógica que tenía el mérito de introducir por vez primera el pensamiento de Husserl en nuestro país, y algo anticipaba ya de lo que avanzaban quienes por esa época se decía que eran sus más aventajados discípulos: Max Scheler y Martin Heidegger. A ello hay que agregar que apenas dos años más tarde, en 1934, Antonio Caso publicaría El acto ideatorio (México, Porrúa) y La filosofía de Husserl (México, UNAM). De tal suerte, lo principal del pensamiento fenomenológico alemán ya se conocía de cierto modo en nuestro país en la década de los treinta.

Otro tanto hay que decir acerca de Heidegger y su obra fundamental. Es cierto que la traducción realizada por José Gaos de El ser y el tiempo, en 1951 se convirtió en un hito dentro de la lengua española. Con sus virtudes o con sus defectos, esta es la traducción a la que recurrimos dentro y fuera de clase todos aquellos que queríamos saber algo de Heidegger. El mérito de Gaos en este punto es indiscutible. Empero, habría que señalar que el propio Fondo publicó otros dos libros más del autor: Kant y el problema de la metafísica (1954) y Arte y poesía (1958). El primer título en traducción de Gred Ibscher Roth, una emigrada alemana discípula de Werner Jaeger que residía por entonces en Perú, y el segundo, en traducción de uno de nuestros filósofos que habían estudiado en Alemania, Samuel Ramos. En 1951, el mismo año de la aparición de El ser y el tiempo, el mexicano Francisco Larroyo daba a las prensas El existencialismo. Sus fuentes y direcciones, libro en el que expuso con holgura las principales ideas de Heidegger.

Pretender que a los españoles y sólo a los españoles debemos el conocimiento de las nuevas teorías que se difundían por entonces en Occidente es, como quiera que se lo vea, un error imperdonable.

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Fuente: La Jornada Semanal de La Jornada / México / Ciudad de México Versión para imprimir