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Nota publicada el jueves, 16 de febrero de 2017

El humanismo tenaz
Por: Sergio Muñoz Riveros
El 7 de febrero murió en París, Tzvetan Todorov, un pensador que merece ser leído por los jóvenes chilenos. Tenía 77 años y había vivido hasta los 24 en su Bulgaria natal, bajo la dictadura comunista impuesta en 1945. Quienes gobernaban allí, afirma Todorov, “estaban decididos a inmolar a los hombres en el altar de la Humanidad”. Por eso, agrega, “desconfío de las grandes palabras, ‘paz’, ‘justicia’, ‘igualdad’; trato de saber cuál es el precio que se paga y cuáles son las realidades que se disimulan” (Deberes y delicias, FCE, 2002).

En 1963, Todorov viajó por un año a Francia, pero se quedó para siempre. Allí, se produjo su viraje intelectual. Pasó de la lingüística y la teoría literaria a la reflexión sobre la historia, la sociedad y la política, guiado por el deseo de “entender mejor la condición humana”. Se abocó al estudio de la vertiente humanista de la Ilustración, que exalta la autonomía del individuo, el conocimiento sin fronteras, la libertad y la tolerancia, y consiguientemente la oposición al oscurantismo, la autoridad arbitraria y el fanatismo. En El jardín imperfecto (Paidós, 1999) exploró la obra de Montaigne, Rousseau, Montesquieu, Constant y otros autores, acervo que a su juicio debía servir para pensar nuestro tiempo.

En Frente al límite (Siglo XXI, 2004), Todorov analizó la experiencia de los campos de concentración de Hitler y de Stalin, y resaltó la virtud de la conmiseración en circunstancias extremas. En Memoria del mal, tentación del bien (Península, 2002), revisó la odisea de 6 personas que sufrieron el totalitarismo: Germaine Tillion (Francia), Vasili Grossman (Rusia), David Rousset (Francia), Primo Levi (Italia), Margarete Buber-Neumann (Alemania) y Romain Gary (Francia). Ellos no eran héroes ni santos, dice Todorov. Eran seres falibles como todos, pero fueron lúcidos y nos transmitieron lo aprendido, “sin por ello convertirse nunca en perentorios aleccionadores”. 

Dedicó luminosas páginas a reflexionar sobre los usos de la memoria, los relatos que concentran la bondad en “los nuestros” y la maldad en “los otros”. Sostuvo la necesidad de reconocer el mal en cualquiera de sus formas para combatirlo eficazmente, y no ceder a la creencia de que basta con identificarse con los héroes irreprochables o las víctimas inocentes para conquistar un estatus de superioridad que incluso autoriza la venganza. “No es posible entender el mal que llevan a cabo los otros -dice-, si nos negamos a preguntarnos si seríamos capaces de cometerlo nosotros mismos. Y si no lo entendemos, ¿qué esperanzas tenemos de impedir que vuelva a producirse?” (La experiencia totalitaria, Galaxia Gutenberg, 2010).

Todorov hizo suyo “el humanismo bien temperado”, sugerido por Montesquieu. O sea, la visión de que el ser humano no se agota en la colectividad, lo cual exige tomar distancia de las abstracciones que lo anulan y revindicar su perfectibilidad. Esto implica rechazar el sueño del paraíso en la tierra, oponerse a todas las servidumbres y sostener el valor de la libertad en cualquier circunstancia.

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Fuente: latercera.com / Chile / Versión para imprimir