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Nota publicada el jueves, 28 de septiembre de 2017

Laberintos y atajos del editor independiente
Por: Osvaldo Aguirre
Un día, sobre la mesa de su oficina, Francisco Porrúa encontró un libro de Poldy Bird recién impreso con el sello de Sudamericana. El título en cuestión se convertiría rápidamente en un éxito extraordinario de ventas. Contra lo que podía esperarse, Porrúa presentó entonces su renuncia al cargo que ocupaba como director literario de la editorial. El episodio exponía un conflicto de largo aliento, el que mantiene la publicación de obras que requieren tiempo para su circulación y la demanda urgente de rentabilidad, y ponía en escena a un nuevo protagonista en la toma de decisiones: el gerente comercial. Y la reacción del impulsor de Rayuela y de Cien años de soledad prefiguraba la actitud de otro actor no menos importante, el editor independiente.

Desde principios de siglo, las llamadas editoriales independientes ocupan un lugar de creciente importancia en la producción de libros. Sin embargo parece difícil definir su carácter, al margen del hecho de que no integran grupos multinacionales y constituyen pequeñas empresas o microemprendimientos. La denominación resulta tan amplia como confusa. En Independientes, ¿de qué?, Hernán López Winne y Víctor Malumian (Fondo de Cultura Económica) se proponen precisamente describir las particularidades y los desafíos del sector, sobre la base de entrevistas con editores de Argentina, Chile, Colombia, México, Perú y Uruguay.

López Winne y Malumian entienden lo independiente como “una zona dentro del campo de la edición”, inestable, cambiante, y poco propicia para las generalizaciones. Los editores consultados comparten un conjunto de problemas –la distribución de los libros, la generación de canales de venta que aseguren mayor fluidez de caja, las estrategias de difusión– pero sus soluciones son diversas y a veces contradictorias. Las coincidencias se producen incluso por defecto: “La gran pregunta que en ningún caso tuvo una respuesta muy definida fue cuánto tiempo creían que pasaría hasta que la editorial fuera, al menos, autosustentable”.

Si no una historia, las editoriales independientes tienen al menos una etapa cumplida, un desarrollo que se mide en términos de un aprendizaje concreto: el pasaje de un estado amateur a una tarea profesional, de una actividad informal a una empresa. El entusiasmo por los libros aparece como la causa más común en el origen de este tipo de emprendimientos; la preocupación por las cuestiones legales, la administración y las ventas, una adquisición frecuentemente posterior, pero necesaria para la continuidad. En su maduración, los editores parecen desprenderse de cierto discurso romántico para comprender, como dice Leonora Djament, que “en tanto empresas precisamos como mínimo no perder dinero”.

Estar dispuesto a las apuestas más arriesgadas y a la vez llevar las cuentas con prolijidad: el ideal del editor proviene de una cita muy frecuente de Pierre Bourdieu, “que hoy las multinacionales con sus dinámicos Ceos están poniendo en cuestión”, dice Jorge Lafforgue en Manuel Pampín, editor argentino (Colihue). La lógica de la rentabilidad mediata, la guillotina como condena literal a los libros que no se venden rápido, alteran el equilibrio que por tradición trataron de preservar los editores y reducen a los libros a su condición de mercancía. Pero también, paradójicamente, revaloriza la experiencia de quienes desarrollaron prácticas que se sostuvieron en el tiempo y lograron aportes significativos a la cultura.

Manuel Pampín expresa un saber y un afecto que podrían reivindicar los jóvenes editores. “Tengo hacia los libros una cuestión sentimental, un vuelco hacia algo que te hace sentir bien”, dice. Puede publicar ocasionalmente títulos que le gustan poco o por razones ajenas a su deseo, cuenta en una entrevista con Lafforgue, pero sobre todo trabaja por placer y “no hace falta que sea un éxito”. Inscribiéndose en el linaje de los grandes hacedores del libro en la Argentina, representa la figura fuerte del editor, aquel que no requiere estudios de mercado ni se recluye en ámbitos inaccesibles sino que recorre todas las instancias del circuito, conoce el terreno y al público por historia de vida y contacto directo, y finalmente asocia su nombre y el de la empresa a contribuciones perdurables, que en su caso remiten a la difusión de Macedonio Fernández, la poesía argentina del siglo XX, el tango y la ensayística histórica y política.

Hasta la oficina de Pampín, dicen Florencia Garramuño y Gonzalo Aguilar en un texto recopilado en el libro, alienta el mito: primero hay que pasar por un ambiente donde se exhiben muchos de los 3000 títulos de Corregidor; después, cruzar por las salas donde trabajan quienes lo acompañan, entre ellos varios familiares, y finalmente, en el despacho, más libros, manuscritos, fotos y objetos diversos “rodean a una de las leyendas de la edición en nuestro país”. La biografía de Lafforgue es también “un llamado de atención sobre la industria editorial argentina y la correlativa configuración de la literatura nacional” en tiempos de concentración de empresas.

El problema más importante del negocio es la distribución, dicen López Winne y Malumian, por otra parte responsables de Ediciones Godot. La historia contiene enseñanzas ejemplares al respecto, como la gestión de Eudeba por parte de Boris Spivacow y la instalación de puestos de venta en lugares estratégicos, que modificaron el mercado del libro a principios de los 60, o la venta a través de quioscos de diarios y revistas, impulsada por el Centro Editor de América Latina como forma de recuperar la inversión y realimentar la producción. La principal innovación de las nuevas editoriales independientes es la organización de ferias –como la Furia del Libro en Santiago de Chile y la Feria de Editores, en Buenos Aires– que consolidan un circuito propio junto con las librerías ajenas a las grandes cadenas.

López Winne y Malumián citan el caso de un editor chileno que cometió “el grave error” de publicar un libro con aporte de dinero del autor. La referencia descubre un aspecto generalmente opaco en el ambiente, donde la edición se confunde con el servicio (la contratación por parte de un autor de la producción del libro, desde su diseño hasta su distribución, que algunas editoriales desarrollan por separado). La denominación “editoriales independientes” muestra aquí los riesgos de la imprecisión, ya que comprende tanto a editoriales que asumen los costos como a otras –por ejemplo las de poesía– donde los autores solventan parte o la totalidad del financiamiento de los libros, lo que también redunda en acuerdos diversos para el pago de derechos de autor.

En ese sentido, la reciente Unión de Escritoras y Escritores dio cuenta de “manejos poco claros y abusivos” por parte de editoriales independientes. También los traductores reclaman desde hace tiempo por la mejora de sus condiciones de trabajo y promueven una ley que ampare sus derechos. Nada mejor que un contrato, recomiendan los autores de Independientes, ¿de qué?

El editor independiente redescubre para la industria la importancia del catálogo y del aporte de cada libro a la cultura donde se inserta, y a la vez renueva las formas del contacto con los lectores. La Bestia Equilátera, dice Luis Chitarroni, surgió como respuesta a “una especie de asfixia, de ahogo”, producida por lo que publicaban los grandes grupos editoriales. Alquimia, en Chile, se propuso crear un espacio para autores que no tenían lugar en el mercado. El portazo de Francisco Porrúa todavía sigue resonando.

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Fuente: Clarin.com / Argentina / Versión para imprimir