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Nota publicada el lunes, 30 de octubre de 2017

Linda 67, la forma de una novela
Por: Martín Solares
“Para la mayoría de los escritores policiacos convencionales, escribir una novela negra equivale a preparar una hamburguesa en la que siempre deben aparecer los mismos ingredientes. Pero Linda 67 poco tiene que ver con esta receta”, escribe Martín Solares. A propósito de la reedición por el FCE de Linda 67, presentamos este ensayo, incluido en el libro, sobre las complejas estructuras de las novelas del erudito escritor mexicano.

Como Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Jorge Luis Borges o Umberto Eco, Fernando del Paso aceptó el reto que constituye escribir una impecable trama criminal luego de una carrera dedicada a escribir libros reconocidos por sus virtudes literarias. Fiel a su pasión por las más ambiciosas formas narrativas, el autor de Noticias del Imperio, Palinuro de México y José Trigo eligió una de las variantes más oscuras de la novela policiaca para llevarla a un rumbo desconocido. Luego de desarrollar con recursos joycianos el español que se habla en México, de contar rabelesianamente la vida de un joven que muere en una represión de estudiantes, y el delirio trágico y surrealista que constituyó el imperio mexicano de los Habsburgo, don Fernando no podría elegir el consabido esquema en que un detective hiper racional, de supuesta gran capacidad analítica, afronta un crimen y lo resuelve a pesar del laberinto de pistas falsas dispuestas por los delincuentes —aunque Linda 67 tiene algunas pinceladas que vienen de esta tradición, cada vez que el narrador opta por seguir al inspector Gálvez en sus elucubraciones. No adoptó tampoco la relación de una lucha entre dos grupos de criminales, al estilo de Cosecha roja, aunque desde el principio su novela plantea una enorme tensión entre Dave Sorensen y su suegro —un hombre que mató por pasión y un hombre que desea matar por venganza. Del Paso optó por una vía más estrecha y exigente, que surgió a finales de los años treinta y acaso es una de las que han dado mayores logros literarios: la confesión del hombre que comete un crimen por pasión y lucha por escapar a la justicia, como se ve en El cartero siempre llama dos veces, de James McCain, y más tarde, en las gloriosas novelas de Patricia Highsmith, por mencionar sólo dos de los casos más contundentes.

Para la mayoría de los escritores policiacos convencionales, escribir una novela negra equivale a preparar una hamburguesa en la que siempre deben aparecer los mismos ingredientes: un detective sarcástico pero infalible, capaz de hacer justicia aún en las circunstancias más adversas; una mujer fatal, que traiciona todo menos su belleza; una ciudad que aloja alegremente la corrupción más reprobable, y un enemigo poderoso, que establece un duelo a muerte con el protagonista. Pero Linda 67 poco tiene que ver con esta receta. Lejos de la comida rápida por definición, Fernando del Paso prefirió ofrecernos una exquisita langosta Thermidor construida con material siniestro, pero contada con recursos que provienen de sus novelas anteriores.

Con Linda 67 Del Paso hizo evidente su capacidad para provocar explosiones de poesía dentro de una trama vertiginosa y demostró a la vez que un narrador puede adaptar los rasgos de su estilo a un género conocido por sus restricciones. Una de las peculiaridades más famosas de la prosa de José Trigo, de las aventuras de Palinuro y los monólogos de Carlota es la enumeración de elementos que comparten una intensa naturaleza poética. En Linda 67 no desaparece este recurso, sino que responde a las necesidades de la historia, a veces incluso de modo microscópico. Mientras el asesino planea la trampa mortal que tenderá a su mujer, también enumera las tiernas fotografías que le tomó a su amante, Olivia, a medida que ambos paseaban por San Francisco. Y cuando el crimen ocurre y llegan los remordimientos, una serie de imágenes poéticas, que condensan los temores de este personaje, pasan frente a nuestros ojos a medida que el mundo acosa sin tregua al culpable. Sumergido en las consecuencias pesadillescas de sus actos brutales, ¿qué mejor lugar que el acuario de San Francisco para que Dave dé rienda suelta a su angustia, e imagine la cabeza de Linda Lagrange flotando en las profundidades? La famosa erudición de del Paso, presente en todo el libro, también ayuda a construir y desarrollar la acción y los momentos placenteros, en ocasiones teñidos de un tono tétrico: cuando el flamante asesino camina por las calles de la ciudad y no encuentra sosiego en los lugares públicos de San Francisco.

A su vez, algunos hechos provenientes de la historia reciente pavimentan la carretera por la cual se desliza este veloz relato de ficción. La realidad periodística es uno de ellos. Dos hechos reales fueron mencionados en este libro: el polémico caso del deportista americano O. J. Simpson, acusado y luego exonerado de asesinar a su esposa y a un amigo de esta, y el misterioso atentado que destruyó un edificio federal en Oklahoma —mismo que no fue resuelto hasta 1996, cuando fue detenido Ted Kaczynski, el terrorista conocido como Unabomber. Pero ninguna de estas dos menciones es empleada aquí para sazonar a la novela de realidad y volverla contemporánea: la persecución de O. J. Simpson coincide con el momento en que Dave comprende que pronto el perseguido será él, mientras que la noticia de la caída del edificio ocurre cuando la confianza del asesino en sí mismo se resquebraja y va a derrumbarse también. Así, toda la personalidad de Dave Sorensen queda definida por dos palabras: persecución y caída.

Uno de los mayores logros de este relato es la construcción de los personajes. En el caso de Dave Sorensen, un ser “con el cuerpo limpio y la conciencia sucia”, como diría Palinuro, del Paso consiguió un asesino tan humano que no parece advertir la gravedad de sus actos hasta que “la bruma que había ofuscado no su pensamiento, sino su conciencia durante toda la noche y parte del día anterior, comenzaba a desaparecer. Vio entonces, comprendió con una claridad alucinante, el horror de lo que había hecho y el horror de todo lo que aún tenía que hacer”. Pero si en la primera parte de esta novela el autor despierta nuestro aprecio hacia el culpable con un vertiginoso flashback hacia su pasado, la segunda mitad de la novela es una carrera a muerte hacia el futuro. Primero presenciamos los pasos que le permiten a Sorensen matar a su esposa y encubrir su culpa; después, cómo las fuerzas del destino se encargan de atacar su cuidadosa urdimbre. Una de las grandes sorpresas novelescas de esta historia ocurre cuando Sorensen recibe un anónimo y debe leerlo a hurtadillas durante la junta a la que fue convocado en la agencia publicitaria. En ese capítulo es francamente envidiable la manera como Del Paso interrumpe la lectura del anónimo cada vez que está a punto de revelarnos la información. Todas las voces son verosímiles en esta novela, pero la breve aparición del chantajista es flamígera. Del Paso hace gala de un humor y un suspenso infalibles a medida que emerge, en medio de la junta entre publicistas, la voz de este último, una especie de taimado Big Lebowski, sin duda la voz más divertida de la novela, la cual le infunde a Linda 67 una dosis extra de vitalidad.

En cambio, al construir a sus personajes femeninos, Del Paso invoca una de las tradiciones más eficaces de la narrativa criminal, que consiste en crear al mismo tiempo el desierto y el oasis, como sucede en El cartero siempre llama dos veces y en Mar de fondo: a la bellísima y poderosa esposa del protagonista, que a lo largo del tiempo se vuelve tan frígida como caprichosa, y engaña al marido con uno de sus conocidos, el autor contrapone a la amante comprensiva y enamorada, dispuesta a todo por su nueva pareja, incluso a la complicidad.

En Linda 67 la descripción de la belleza de las mujeres siempre es espectacular, en el mejor sentido de la palabra. Pero esta novela cuenta también con un personaje invisible que aparece página a página y controla el fino mecanismo de la trama: la cruel maquinaria del destino, que lo mismo parece reír a carcajadas al empujar la historia en una dirección sorpresiva que ocultarse cuando el protagonista más necesita de su ayuda. A veces las nubes parecen correr más aprisa que otros días y a veces se espera un milagro con desesperación.

La elección de San Francisco como personaje y escenario de la historia no es una extravagancia: allí tuvieron lugar algunos de los más emblemáticos films noirs hollywoodenses: El halcón maltés, Dark passage, The lady from Shanghai, Death on arrival y Vértigo. El largo túnel de horror que recorrerá Dave Sorensen parece emparentado con el viaje de dimensiones existenciales cada vez más estrechas que sufre el protagonista de Death on arrival. Y si en Dark passage la cámara adopta exclusivamente el punto de vista del héroe durante los primeros cuarenta minutos, en la primera mitad de Linda 67 también percibimos la acción desde los ojos y la piel de Dave Sorensen. Otras referencias y guiños son constantes: Linda y Dave viven en la calle Sacramento, la misma en la que el protagonista de Death on arrival visita a su doctor. Las inclinadas calles de esta ciudad asedian sin tregua al protagonista de Linda 67, quien, aquejado por la ansiedad, con frecuencia pierde el aliento y se las ve negras para regresar a su casa, como le ocurrió al exánime Humphrey Bogart en Dark passage. Pero Del Paso no invoca estos escenarios porque haya sucumbido a la pulsión de incluir en su novela los sitios más emblemáticos que esta ciudad ofrece a los turistas, y ni siquiera por cumplir con una deuda hacia sus ancestros cinematográficos, sino para expresar mejor la altura del drama que viven los personajes. Si las empinadas calles de Lisboa ayudan a expresar el desasosiego de los héroes de Antonio Tabucchi, las pendientes de San Francisco ayudan a Del Paso a ilustrar la angustia de Dave Sorensen. Además, adoptar a la perla de California como escenario implica un reto adicional: luchar y vencer a ese lector que busca contradicciones o errores en las referencias locales, saber más que él y mostrar a San Francisco bajo un punto de vista sin igual.

La isla policiaca o cómo la técnica crea la emoción novelesca

Si la primera parte de esta novela es un siniestro flashback que paso a paso construye la escalera hacia el asesinato, la segunda es una lección de técnica narrativa: a diferencia de la prosa predecible de una novela policiaca tradicional, el relato de Linda 67 lo mismo se ramifica y sigue tres conversaciones simultáneas que alterna una discusión entre publicistas con la exposición de la ya mencionada carta anónima. El capítulo 19, que presenta tres largas digresiones del extorsionador, recuerda los mejores monólogos de Noticias del Imperio. Aunque parezca imposible, también aquí hay numerosos instantes en las que incluso el más procaz de los personajes se permite un poco de veloz y prosaica poesía. Asimismo, la costumbre del asesino de dialogar mentalmente con un interlocutor imaginario a quien le cuenta todos sus planes constituye un detalle exquisito. Y en lugar de presentarnos una fría recapitulación, como es habitual, el capítulo final cuenta, desde la oscura imaginación del asesino, una escena que corona el rompecabezas de la trama con macabra elegancia.

En cuanto a la estructura se refiere, don Fernando se propuso explorar nuevas vías y recursos, como hizo en cada uno de sus libros anteriores. Quien intente dibujar cada una de sus novelas advertirá su extrema originalidad. La forma de Palinuro de México recuerda a la de una extraña flor vertical, nutrida con la fuerza de la poesía: una flor con un lado masculino (dedicado a narrar las aventuras de Palinuro, Molkas, Fabrizio y los tíos) y uno femenino (consagrado a contar los andares de Estefanía y las tías). El resultado es una estructura de geometría singular que sorprende al lector con la inclusión de la obra de teatro “Palinuro en la escalera” en el penúltimo capítulo (encerrado en un círculo en el siguiente dibujo), y porque luego de morir a manos de agentes del gobierno, el protagonista no fallece de modo definitivo, sino que renace en el desenlace de la historia.

Por su parte, Noticias del Imperio alterna los delirantes monólogos de Carlota con series de tres capítulos que abrevan a fondo en la historia de la guerra franco-mexicana y narran diversos episodios de la misma, contados con extrema concisión y creando en cada uno de ellos a un narrador de rasgos únicos, capaz de dotar a su relato de un sentido eminentemente literario:

Exceptuando los recursos técnicos que provienen de estas dos narraciones y reaparecen discretamente en Linda 67, poco parece tener en común la novela policial de don Fernando con semejantes logros narrativos. En cambio, Linda 67 guarda cierta similitud estructural con José Trigo, al grado que podríamos aventurar que la estructura de la primera novela de don Fernando predice hasta cierto punto la forma de la más reciente. La lectura de José Trigo, como Del Paso lo ha dicho en algunas entrevistas, equivale a subir y bajar por una relato en forma de pirámide, donde cada capítulo incita al lector a realizar un juego verbal fuera de lo común, que consiste en desaparecer las palabras que usamos en la vida cotidiana y sustituirlo por un lenguaje novedoso, y una vez establecidos en el centro del libro, el autor nos obliga a viajar de la cima a la sima, y regresar al inicio con un método vertiginoso, que consiste en despojar al relato de las invenciones verbales previamente establecidas, de modo que terminamos por reencontrarnos ante la misteriosa imagen inicial de un anciano que carga un ataúd infantil y atraviesa las vías del tren que parte de la estación de Nonoalco-Tlatelolco:

Linda 67, por su parte, cuenta un viaje tenebroso por un sendero inestable. La primera parte de la novela construye escalón por escalón tanto la personalidad y coartadas de Dave Sorensen como su descenso a la oscuridad, para, una vez realizado el crimen, mostrar cómo las fuerzas del destino se dedican a atacar y desmontar sus planes. Mitad caída libre, mitad duelo a muerte con un rival que quiere ir en sentido contrario, la forma de la novela policiaca de Fernando del Paso recuerda una pirámide invertida.

En 1995 un joven reportero entrevistó a don Fernando sobre esta novela suya, luego de haber leído con enorme admiración las tres anteriores. Don Fernando le dijo en broma: Cuando escriba sobre mi libro, no vaya a contar el final a nadie —como si el valor de esta novela sobrecogedora residiera en la solución de un acertijo, y no tuviese el mérito de crear a un personaje tan entrañable como el Ripley de Highsmith, una prosa tan apta para la acción como para la poesía, y una historia tan angustiante como las de James McCain. Lamento decepcionarlo, don Fernando: el valor de su novela policiaca no radica en el final. Linda 67 supera, y por mucho, el estrecho esquema de esas novelas de detectives en las que el lector sigue leyendo sólo por el afán de descubrir quién es el culpable. Podríamos argumentar que con su habilidad para multiplicar la emoción de sus lectores, Linda 67 se disfruta porque es una novela de aventuras que permite entender la complejidad y riqueza de la mente y el corazón humanos, un relato que sube y baja por las calles de San Francisco gracias a sus inesperados giros novelescos; la historia de una mujer que cae por un precipicio pero reaparece viva o muerta cuando menos se la espera; el caso de dos enemigos que luchan a muerte contra el destino y una narración que no se olvida nunca, acaso porque todo está meticulosamente planeado, desde esa primera frase que constituye el título del libro a las últimas, brillantes líneas del remate, donde el héroe imagina las placas que tenía un automóvil y que quedaron grabadas en su piel. Podríamos concluir que el final es tan preciso como el de El halcón maltés y tan delirante como el de Death on arrival. Podríamos decir que es una novela sobre el momento en que el amor y la muerte se toman de la mano para jugar a las vencidas, pero eso requeriría otro dibujo.

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Fuente: El Universal / México / Ciudad de México Versión para imprimir