tienda
domingo, 15 de agosto de 2010
 
 

Buscando mocha

Por Javier García

  • Joder la paciencia del interlocutor. Eso es lo que hacían los vitandines, filósofos irónicos, promotores del absurdo y la discusión, algo así como el discurso del huaso ladino que desafía a su oponente. Existieron diversas escuelas y hablaban del más allá de la muerte, para luego reírse a carcajadas.

Aquí no corre el que cree tener la verdad. ¿O no? La chimuchina es pobre ante el deseo de los vitandines, filósofos irónicos de la India antigua, quienes participaban en debates para refutar los puntos de vistas ajenos.

“El vitandín es un observador observado, se observa a sí mismo hablar, pensar, escuchar, contempla el mundo mediante palabras pero desconfía sistemáticamente de ellas”, escribe Juan Arnau, el autor del Arte de probar, texto que acaba de poner en librerías Editorial Fondo de Cultura Económica.

Los vitandines tenían fama de arrogantes y provocadores, por eso el término que no deja de ser despectivo, por su actitud crítica y pendenciera.

El debate, en la India antigua, era el arte de probar. En parte, el origen de la filosofía moderna, de los discursos académicos, de los charlatanes, los malhablados, los encantadores de serpientes. Y por qué no, del discurso huaso, ladino, el decir y no decir al mismo tiempo. O la indirecta, que en el fondo va al hueso.

Una pasión por el absurdo, donde la lógica era un error útil, necesario para contradecirla, por eso el vitandín fue, “por encima de todo, un experto en lógica, pero, frente a otros pensadores, mantuvo una actitud descreída hacia ella”, escribe Arnau, y uno de sus más prestigiosos representantes fue Nagarjuna.

En el capítulo “Magia y política del verbo”, el escritor también apunta a la dialéctica de los vitandines como un producto de la magia, un hechizo ante el poder de convicción.

Y recuerda una leyenda de la India en la que el rey reúne a su corte y anuncia un decreto, “se celebrará el debate con una condición: el que pierda deberá morir”.

GOLPES BAJOS

El desacuerdo puesto en escena. Hay un poema de Nicanor Parra que va en esa dirección. Se llama “Saranguaco”, y en sus primeros versos se lee: “Es de noche, no piensa ser de noche/ es de día, no piensa ser de día./ Cómo va a ser de noche si es de día/ cómo va a ser de día si es de noche/ ¿Creen que están hablando con un loco?”, para luego decir más adelante, “dije que hacía frío pero miento/ hace un calor que derrite las piedras”. El antipoeta cachó el mote, y la antipoesía juega en ese terreno.

Volviendo a los vitandines, en la tradición existieron diferentes escuelas, budistas e hinduistas, integradas por ascetas, pensadores y religiosos, los que debían salir al ruedo. El campo de batalla de la palabra. Incluso había manuales de entrenamiento. Los debates y torneos filosóficos eran, principalmente, para estimular el conocimiento, clarificar el entendimiento, incrementar las posibilidades de lo discursivo y apartar las dudas.

Algunos de los temas que se trataban, según Juan Arnau, eran “la identidad o diferencia entre el cuerpo y el alma, la vida después de la muerte, el sentido de la existencia, las reglas de comportamiento social”, entre otras cuestiones, donde se daban tres tipos de debates: El amistoso (las razones de ambos se encontraban justificadas), el hostil (que admitía métodos deshonestos) y un tercero en el que una de las partes sólo quería refutar a la otra. Aquí, por el puro gusto de responder, sin intensión de confirmar una teoría propia o ajena.

Los golpes bajos estaban permitidos. Pero ojo, un dialéctico que perdía un debate debía convertirse en discípulo del que le había ganado.

Además, existían jueces que debían ser correctos e “imparciales”. A pesar de eso aparecían regalías sólo determinadas por la astucia del participante. Ahí, es donde estaba la “chala”, que era la réplica en la que se malinterpretaba intencionalmente la afirmación del interlocutor para ganar tiempo.

Otro elemento que desarrolla el autor en el Arte de probar es la ironía, que define como la economía “miserable o generosa del entusiasmo”.

Entre los vitandines el peligro era la certeza y no la duda, de modo que la ironía se transformó en una fuerza liberadora donde, además, las metáforas se convertían en recursos para combatir la ostentación de lo literal. En fin, esperar para que las palabras abran su silencio. Sin temor al vacío, al vértigo. ¿O no?


Fuente: La Nación.cl / Chile /