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José G. Moreno de Alba
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las malas palabras
 

HACE ALGUNOS MESES, en un diario capitalino, se nos explicaba que cierto canal de televisión promovía una “programación irreverente”: “Pasan groserías desde temprano”, “transmiten promocionales con palabras altisonantes”... Esta nota trajo a mi memoria un hermoso libro de Ángel Rosenblat, el gran filólogo venezolano, titulado Buenas y malas palabras en el castellano de Venezuela. En la portada de esa obra se transcriben los siguientes versos del Arcipreste de Hita (Libro del buen amor): “Non ha mala palabra, si non es a mal tenida; verás que bien es dicha, si bien fuese entendida”. Si interpreto bien lo que el Arcipreste quiere decir, sobre todo en el segundo verso, es que sólo puede considerarse mala o, mejor, mal empleada una palabra, cuando no sea bien comprendida. Me parece, por tanto, que quizá no se refería precisamente a lo que hoy llamamos “malas palabras”. Por lo contrario, véase el siguiente texto del propio Rosenblat, que extraigo de las “Palabras preliminares”, en el que justifica el título del libro:
 
        "Desde un punto de vista filológico no hay 'malas palabras'. Toda palabra, cualquiera que sea la esfera de la vida material o espiritual a que pertenezca, tiene dignidad e interés histórico y humano. Como el médico, el filólogo procede sin gazmoñería, con absoluta austeridad e inocencia."

        Sin embargo, añade en seguida:

        "Pero de todos modos, un volumen destinado al gran público, aun a los alumnos y alumnas de colegios, y de colegios hispanoamericanos, no podía permitirse ese lujo o esa ostentación. No hay, pues, en esta obra malas palabras en ese sentido, y se verá defraudado el que las busque."

         Vuelvo a la nota periodística con la que comencé esta minucia. Transcribo un pasaje:

        "En uno de esos promocionales [...] se ve a tres guionistas que cuestionan a su jefe sobre si en la emisión se puede decir “verga”, palabra que se menciona en 11 ocasiones, en sólo 50 segundos."

        En el DRAE (vigésima segunda edición, de 2001), el artículo correspondiente a esa palabra no tiene marca alguna que la señale como vulgar, marca que sí tiene, sea por caso, la voz asina (por así); tampoco se le califica de malsonante, lo que sí sucede, por lo contrario, con el vocablo chile en su acepción mexicana de ‘pene’. Ignoro si a los españoles la voz verga (‘pene’) les parezca malsonante; si nos guiamos por lo que dice el DRAE, ello no sucede. De lo que no me cabe duda es de que en México viene a ser tan malsonante como chile o quizá más. En el español de España la palabra culo es de empleo totalmente normal y de ninguna manera resulta ofensiva a los oídos de nadie. Tengo la impresión de que no sucede lo mismo en México. A la complicación que entraña decidir si una palabra es o no malsonante se añaden las dificultades dialectales: cada variedad geográfica o social de la lengua tiene sus propias voces malsonantes.
        Podría tomar, de la noticia que comento, varios ejemplos más. Lo que me interesa sin embargo es detenerme un poco en el concepto mismo de ‘malsonante’, que parecería contradecir aquello de que no hay malas palabras. La definición de malsonante en el DRAE no es, en mi opinión, muy acertada: “Dicho especialmente de una doctrina o de una frase: Que ofende los oídos de personas piadosas o de buen gusto”. Creo que no es necesario ser piadoso o tener buen gusto para que determinadas frases o expresiones nos resulten malsonantes. En lingüística suele definirse un registro como el “modo de expresarse que se adopta en función de las circunstancias”. No hay que olvidar, por otra parte, que la lengua, además de ser un sistema abstracto de signos, es también un instrumento de comunicación. Como tal instrumento la lengua tiene múltiples registros. Expresiones que en determinadas circunstancias parecen adecuadas pueden resultar impropias en otras. Los registros de la lengua están condicionados, en muchas ocasiones, por la propia sociedad. Son los mismos hablantes los que determinan la calidad de malsonante que pueda tener tal o cual palabra en determinadas circunstancias. El sentido común nos permite, de manera casi inconsciente, emplear tal o cual registro y pasar de uno a otro con toda naturalidad. Por ejemplo, cuando una persona del sexo masculino está reunida con sus amigos en una cantina emplea no pocas expresiones y palabras que no usa jamás cuando está conversando con su esposa o con su hija. Y si lo hace, puede pensarse que se trata de una persona que no pertenece a lo que, en general, suele llamarse “la sociedad”. Es, en alguna medida, alguien que está fuera de ese ámbito, ya sea porque no desea entrar o porque no lo ha logrado, pues no cumple con ciertas reglas aceptadas por los demás, bien porque no las conoce, bien porque, conscientemente desea conculcarlas.
         El gerente de mercadotecnia del canal de televisión al que se refiere la noticia del diario aclara que “no pretenden causar molestia”: “No queremos ofender a nadie, sino buscar el elemento del humor y dar pie para que la gente se divierta”. No dudo de que a algunos televidentes les cause risa y les divierta el empleo de tal o cual expresión altisonante o, mejor, malsonante. No dudo tampoco de que a muchos otros les parecerá una vulgaridad y una muestra de mal gusto. El que no se pretenda causar molestias no quiere decir que en efecto no se causen. Tratándose de medios de comunicación abiertos, a los que cualquiera puede tener acceso, podría pensarse que un canal de televisión o una estación de radio o una publicación periódica están en alguna medida sujetos a ciertas normas, no siempre explícitas, que la sociedad va estableciendo. En esas circunstancias parece explicarse y aun justificarse la llamada “autocensura”. Con ello quiero decir que nuestro sentido común nos lleva a evitar el empleo de ciertas palabras y frases sin necesidad de que algún juez o árbitro determine cuáles son y dónde no deben usarse. Esta autocensura funciona normalmente, casi sin que nos demos cuenta, tanto en las personas como en las empresas de comunicación. La nota periodística que vengo comentando termina explicando que la Secretaría de Gobernación aún no tenía una postura respecto a esos promocionales, pues estaba analizándolos. Coincido con muchos que opinan que es irritante el que los gobernantes, quienes deberían dedicar su tiempo a la solución de los graves problemas del país, tengan que emplearlo en resolver estas minucias casi insignificantes. Sin embargo, si no hay por parte de tal o cual empresa de comunicación sensibilidad alguna para detectar las expresiones que pueden resultar ofensivas a un buen número de personas o, peor aún, si conscientemente las emplean para molestar o para, con esa ingenua “irreverencia”, despertar entre la gente una curiosidad que, en definitiva, resulte en un buen negocio, alguien debe discutir el asunto con ellos en nombre de una sociedad verdaderamente anónima pero real.
        No se me escapa, para terminar, que esta regulación social mete y saca, suprime y añade continuamente palabras de esa especie de lista o de índice de voces y expresiones vitandas. Tengo la impresión de que hace algunos años el vocablo condón resultaba, en alguna medida, ignoro por qué, malsonante. Se prefería preservativo. En los últimos años, debido sobre todo a las campañas publicitarias oficiales, nadie interpreta como poco propio ese vocablo, que ha venido a sustituir a preservativo. Quizá se deba a esa connatural volubilidad de la sociedad en este terreno el que muchos diccionarios, la mayoría tal vez, no considere entre sus marcas la de “malsonante”. Hay sin embargo el otro extremo: diccionarios que no incluyen voces que a los autores les parecen malsonantes. Esta medida puede tolerarse, tal vez, si el diccionario está dirigido a niños; de ninguna manera se justifica en cualquier otro instrumento de consulta. Yo no creo que sobre, en un diccionario, la marca malsonante. A algunos parecerá excesiva en ciertos casos y, en opinión de otros, debería acompañar a vocablos en cuya definición no aparece. Creo sin embargo que los buenos redactores de diccionarios atinarán en la mayor parte de los casos. De cualquier manera es un asunto que permanentemente debe revisarse y actualizarse.


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