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José G. Moreno de Alba
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mexiquense
 

I

RECIENTEMENTE HA VENIDO APARECIENDO, sobre todo en el lenguaje periodístico, el neologismo mexiquense, con función de gentilicio para designar a los originarios del Estado de México o a lo perteneciente o relativo a ese estado de la Federación. Explicablemente esto ha provocado algunas discusiones. Convendría tener en cuenta, al menos, algunas precisiones, unas de carácter lingüístico o filológico y otras que quizá podrían denominarse históricas o sociológicas.
        No debe olvidarse, ante todo, que son sólo los hablantes los verdaderos reguladores de la lengua. Los lingüistas y filólogos son solamente observadores de los fenómenos lingüísticos y descubridores y descriptores de los sistemas y estructuras que subyacen en todo acto de comunicación humana. Los puristas, por su parte, no son tampoco reguladores de la lengua, sino en todo caso tratan (casi siempre en vano) de privilegiar alguna de las variantes lingüísticas sobre otras en razón del prestigio de quienes las usan, aunque algunas veces también lo hacen para evitar imprecisiones y lograr un discurso más inteligible.
        Es la lingüística, en efecto, la que nos enseña que una cosa es la innovación y otra el cambio. Es la primera un simple acto puramente individual de un hablante. La innovación se convierte en cambio si es adoptada por un importante grupo de hablantes y puede así hacerse después norma válida dentro de una comunidad lingüística. El cambio puede ser fonético, morfosintáctico, léxico o semántico. Puede ser condicionado o espontáneo, según tenga o no referencia con el contenido. Así, no es lo mismo una sonorización de t en d (incondicionada) que una etimología popular del tipo vagamundo por vagabundo (cambio condicionado).
        En el caso que nos ocupa, se trataría de una innovación en el inventario de los adjetivos gentilicios usados por los hablantes de México. A reserva de analizar más adelante la propiedad de esta nueva palabra, este neologismo o innovación, lo que me interesa ahora destacar es lo inobjetable del hecho de que "alguien haya inventado el término", pues toda innovación tiene por definición el carácter de individual. Dejará de serlo, pasará a ser hecho comunitario, cuando obtenga el rango de cambio lingüístico, cuando los hablantes, en su mayoría o en un buen número, la hagan suya, cuando sea normal, esto es, perteneciente a la norma, que, de acuerdo con las ideas de Eugenio Coseriu, puede entenderse como suma de hablas individuales. Es así como se puede hablar de "norma mexicana" como la suma de las hablas de los mexicanos, o de la norma de la ciudad de México como la suma de las hablas de sus habitantes. Es un concepto eminentemente relativo y de gran utilidad para los lingüistas y dialectólogos.
        La voz mexiquense puede pasar a formar parte de la norma mexicana cuando un buen número de los hablantes de este país la incorpore a su léxico. Véase que, por ejemplo, la designación hidrocálido, para nombrar al originario del estado de Aguascalientes, tuvo también sin duda su origen en una innovación individual (el término y su aplicación fueron "inventados" por alguien) y después fue adoptada por los hablantes y hoy es quizá tan común como otras designaciones recomendadas por los gramáticos, como aguascalentense o aquicalidense, que no tienen además el carácter de voz híbrida (latín y griego) del término hidrocálido, a pesar de lo cual se impuso sobre ellas o al menos convive con ellas en la norma del español mexicano.
        Aclarado ya que la voz mexiquense, como gentilicio para designar a los originarios del Estado de México, recién introducido, podrá pasar a formar parte de nuestro léxico sólo si así lo determina el uso de los hablantes, convendría detenerse un poco a examinar la propiedad o impropiedad del mecanismo que se utilizó para su formación y la justificación que puede encontrarse al neologismo.
        En cuanto a esto último, hay que recordar que el Estado de México es el único que carece de gentilicio, debido evidentemente a que la voz mexicano, que podría corresponderle, se aplica a los nacidos en los Estados Unidos Mexicanos, nombre oficial del país que es más conocido como México. Haciendo un poco de historia, el territorio del actual Estado de México perteneció primero a la provincia de México, una de las cinco provincias mayores que integraban el reino de México. Fue después la más importante de las 12 intendencias en que se organizó el Virreinato en 1786. En 1821, al consumarse la Independencia, se le reconoció como provincia de México. Cuando en febrero de 1824 se promulgó el Acta Constitutiva de la Federación, el Estado de México nació con una importante reducción de territorio en relación con el que había tenido antes. En octubre de ese mismo año se promulgó la ley que estableció el Distrito Federal. Hubo después otras mutilaciones que redujeron al Estado de México a su actual superficie de 21 461 kilómetros cuadrados.
        En lo que me interesa hacer hincapié es en que la designación de provincia, intendencia o estado de México ha sido siempre la misma, desde la más antigua división de la Nueva España hasta nuestros días. No creo que sea fácil encontrar, en otros países, un caso análogo: el que la designación del país se identifique con la de uno de sus estados, departamentos o provincias; además, claro, de que también se da la identidad de designación en relación con la ciudad capital, lo que, aunque también raro, sucede con otros nombres toponímicos (Guatemala, Panamá). Recuerdo aquel viejo noticiario de televisión que anunciaba al Estado de México como "el estado que lleva por nombre el de la patria misma".
        En conclusión, si buscamos en cualquier enciclopedia o diccionario el significado de mexicano, se nos explicará: 'natural de México, perteneciente o relativo a esta república de América'. Nunca se entenderá por tal ni al oriundo del Estado de México ni al natural de la ciudad de México. A éste quizá, por razones muy poco claras, se le conozca, en nuestro país al menos, como chilango, capitalino o defeño (muy reciente y, creo, aún poco aceptado); a aquél, sin embargo, no hay forma alguna de nombrarlo.
        
        
        II
        
        Debido a que los hispanohablantes hemos determinado por el uso que la voz mexicano designe sólo al 'natural de México, perteneciente o relativo a esta república de América', parece conveniente crear un adjetivo para nombrar al oriundo del Estado de México, habida cuenta sobre todo de que es el único estado de la Federación que carece de gentilicio.
        Ésta es, a mi ver, la simplísima justificación que encuentro para que alguien —ignoro quién y cuándo— haya propuesto el término mexiquense. Se pudieron haber propuesto quizá otros, pero habría que decir lo mismo: el éxito de la designación depende exclusivamente de la aceptación de los hablantes. Veamos empero el mecanismo utilizado para la creación del neologismo.
        Son adjetivos gentilicios, dice el DRAE, los que denotan la gente, nación o patria de las personas, como español, castellano, madrileño. Normalmente éstos se forman mediante la adición de determinados sufijos al nombre propio que designa el lugar (topónimo). Los sufijos gentilicios más comunes son -ano (bogotano), -eno (chileno), -ense (nicaragüense), -eño (limeño), -ero (habanero), -és (cordobés). Más raros son otros, como -eco, de origen náhuatl y frecuente en México (tamaulipeco), -ín (mallorquín), -ita (israelita), etc. No faltan gentilicios especiales que a veces tienen sustento en antiguas designaciones de determinado lugar, como emeritense (de Emerita, designación latina de Mérida), vallisoletano (de Vallisoletum, nombre medieval de la actual Valladolid).
        Por lo que a nuestro país se refiere, y en particular a los gentilicios de los estados de la Federación, los sufijos más comunes son, en orden decreciente: -ense (casi la mitad de los estados forma su gentilicio con esta terminación: sonorense, duranguense, morelense, guerrerense, etc.); -ano (siete estados toman este sufijo, entre ellos veracruzano, poblano, campechano); -eco (chiapaneco, tamaulipeco, yucateco); -eño (oaxaqueño y tabasqueño); con un solo estado aparecen en la lista: -ino (potosino), -és (neoleonés) y -a (nayarita).
        De manera consciente o por casualidad, quien creó el término (recientemente introducido, pero creo que hace ya tiempo inventado) no hizo otra cosa que seguir la regla morfológica al añadir al topónimo México el sufijo gentilicio -ense, que es el más común en nuestro país para ser aplicado a gentilicios de estados de la Federación.
        En resumen, el proponer un gentilicio para un territorio que carece de él parece justificado. Juzgo asimismo adecuado que para ello se haga uso del sufijo más común, más normal. Sin embargo es necesario repetir que a nadie, sino a los hablantes, compete la regulación de la lengua. Puede discutirse, aceptarse o rechazarse la necesidad o justificación de la voz, la conveniencia o propiedad de su formación. Independientemente de ello, el que el vocablo permanezca en nuestro léxico o tenga sólo una vida efímera es asunto que sólo a los hablantes compete.
        
        P. D. En la vigésima primera edición del DRAE (1992) se incorporó la entrada mexiquense ('natural del Estado de México, en la República Mexicana').


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