La dificultad de los Íncipits

Hace tiempo escuché una plática entre dos personas, quizá ya a punto de convertirse en vicarios de Baco, la cual versaba sobre los hábitos de lectura entre los adolescentes; uno de los comensales arguyó que no solo tendría que hablarse de los jóvenes, sino también incluir a los adultos. Esta disquisición me hizo pensar en los orígenes y en el porqué de dicha perorata, recordé la importancia de ir al génesis de la situación de análisis gestada entre botellas de cerveza.

A inicios de diciembre del 2019 se publicaron los resultados de la prueba PISA, evaluación que ha sido criticada debido a la subjetividad de la evaluación, pero arroja algunos elementos de análisis. México obtuvo 420 puntos en comprensión lectora, esto lo sitúa debajo de los 487 puntos promedio de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos.

Suena alarmante pero pensemos en los hábitos de lectura, diferentes a los que tienen países que encabezan el ranking: China, Singapur, Estonia, Canadá y Finlandia, encontramos dos extremos. Por un lado, naciones que tienen una dinámica de sesiones largas con disciplina estricta y otras que se caracterizan por presentar al mundo un programa educativo dedicado a darles tiempo y espacio de esparcimiento a los alumnos.

Además, no se tiene que dejar de lado el aspecto económico y hacer énfasis en las actividades que han acaparado o han sido más llamativas para la sociedad mexicana. Al parecer, la lectura sigue arraigada en la idiosincrasia como una acción ociosa, para descansar o desconectarse del mundo, los optimistas dicen que sirve para aprender palabras o mejorar la ortografía pero sigue estando más allá de todo eso y no tiene que ser vista como una ocupación de unos cuantos elegidos.

José de la Colina, en De libertades fantasmas o de la literatura como juego (FCE, 2013), aboga por disfrutar o dejarse llevar por el deleite de la obra de arte, más allá de los aspectos teóricos o las metodologías de análisis está el goce estético, inmerso en la percepción de cada persona; en el libro se explora la posibilidad de la ficción como diversión, muchas veces velada detrás de elementos sencillos como los libros que nunca existieron, las dedicatorias o los íncipits, en este apartado dedicado a los inicios escribe, siempre en modo juguetón: “Hace un tiempo leí, en no recuerdo qué libro o artículo de uno de los santones de la dizque ciencia de la literatura, qué hay Cosas Que Ya No Se Pueden Hacer”[1].

El guiño que hace puede aplicarse no solo en la literatura sino en otras artes como el cine, piénsese en un par de escenas de La sociedad de los poetas muertos (1989) donde el profesor Keating hace que sus alumnos arranquen las primeras hojas de un manual para analizar poesía y cuando modifica la dinámica de las sesiones y sale de lo habitual.

Estos pequeños cambios parecen extraños y sinsentido, los alumnos, acostumbrados a realizar acciones repetitivas y dejándose guiar por los preceptos que les son enseñados, no disfrutan el aprendizaje, solo siguen de forma autómata las indicaciones, sin analizar o preguntarse el porqué; esto sucede en muchos aspectos sociales como en el acto de la lectura, no se sabe para qué sirve, no se busca salir de lo establecido y esto se convierte en hastío, no se tiene la capacidad de analizar, poner en tela de juicio lo leído o adecuarse para experimentar una nueva sensación.

La lectura ha sido relegada a una actividad escolar y pareciera que es ahí el único sitio donde se tiene que aprender o utilizar, el trabajo del docente se complica si no se sientan las bases desde casa, es imposible que una persona, cuya labor es despreciada y cuya función social cada vez pierde más autoridad, sea el encargado de intentar guiar el inicio hacia el acercamiento y paulatino goce de cualquier manifestación artística, aunado a que en varias ocasiones quien está frente a grupo no tiene dicho hábito, entonces, cómo motivar la lectura si quien lo propone no lo hace.

Si no somos capaces de ser los primeros en acercarnos a la lectura, será difícil fungir como ejemplo para los niños o jóvenes que ven esta actividad como algo aburrido. El punto está en inmiscuirse en una experimentación que puede resultar grata, lo difícil es comenzar y el trabajo está en hacer ver eso no por medio del discurso sino de la práctica, así se puede tomar un hábito que no tiene nada de extraordinario pero que puede, sin problema, convivir con las demás actividades que hoy en día ocupan la mayor parte del tiempo: teléfonos inteligentes, tabletas, servicios streaming o videojuegos, no se trata de satanizar el uso de los gadgets sino de fomentar o enseñar(nos) a utilizarlos y convivir con ellos sin olvidar que la lectura no acepta imperativos.

Solo nos queda tratar de hacer la invitación y dejarles la libertad de elección a conciencia, siempre sabiendo lo que aporta la lectura a la vida y seguir los preceptos de José de la Colina: jugar con la lectura y disfrutarla dejando de lado los puritanismos teóricos, los prejuicios y decidir aventurarse a emprender el viaje por los senderos de la literatura.

[1] De la Colina, José, De libertades fantasmas o de la literatura como juego, Fondo de Cultura Económica, México, 2013, p. 82.

 

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