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Portugal
Mi admiración por Portugal y su política es vieja y emocional. Y este reconocimiento antiguo lo acrecienta la miseria moral de la derecha española de hoy (¿qué parte de su ideología considera más valiosa que la salud, que la vida, de sus conciudadanos?). Cómo envidio a la derecha lusa, hija legítima también de una dictadura, como la española, pero patriótica y con visión de Estado. Una derecha seria, con estilo y elegancia, que es lo que se espera de los conservadores, no un sanedrín de sobreprotegidos pimpollos ocurrentes e insensatos. Recuerdo, es ya lo que me queda, los numerosos viajes al sur en los primeros años setenta, que menudearon después de la Revolución de los Claveles. Vagar por las siempre empinadas calles de Oporto para osmotizar su aire de libertad y pasmar con agitación de bisoño ante las banderolas y rótulos de las agrupaciones políticas, entrar en las sedes y recolectar sus publicaciones (estaba yo por entonces más próximo al ortodoxo leninista Álvaro Cunhal o al inclasificable Saraiva de Carvalho que al socialdemócrata Mário Soares, qué quieren). Recorrer librerías y exprimir el peculio para capturar libros como quien abate piezas de caza. Visto con distanciamiento, la acción quizá respondiese más a un esnobismo que a la procura de títulos inencontrables en España: a Ferrol también llegaban textos de Losada, de Ruedo Ibérico, del Fondo de Cultura Económica y otras editoras comprometidas en dar a la luz aquellas obras políticas o literarias que el franquismo perseguía aún entonces. Y tantos años después, la ferocidad vulgar y faltona de la derecha de mi país me devuelve esos recuerdos envueltos ahora en la melancolía de un fado.