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Interlínea: De la cultura editorial a la comunidad lectora
Interlínea es un programa radiofónico que nació bajo el cobijo de UAM Radio y el pasado 7 de mayo cumplió ocho años al aire de manera ininterrumpida. Aunque su lema es “cultura editorial” y germinó con la idea de darle cabida a todos los agentes que hacen posible el sistema, que no cadena, editorial, la tendencia que ha prevalecido en Interlínea es la de la formación de distintas comunidades lectoras.
Interlínea nació y sigue siendo una emisión pionera de UAM Radio, pero a lo largo de estos ocho años ha construido un proyecto multimedia de referencia académica y vinculado a los nuevos públicos que orbitan alrededor en diferentes plataformas digitales; Interlínea, asimismo, ha conformado una sociedad lectora a la que se debe y que interactúa con distintas figuras del acto lector que en la actualidad se ha vuelto menos monástico y más participativo; más abierto y menos elitista.
En su Genealogía de la soberbia intelectual, Enrique Serna pareciera prefigurar la revolución del conocimiento y la lectura que nadie acierta a entender bien pero que sin duda causa escozor y miedo. Algo similar a lo que sucedió en el Renacimiento acontece ahora. Escribe Serna: “Junto con la ampliación del público lector nace el horror a su intromisión en los juicios de valor estético, prerrogativa que siempre estuvo reservada a la minoría culta. Podría haber miles de lectores, pero los que sabemos paladear la buena literatura seguimos siendo un puñado de gente, proclamaban una y otra vez los talentos forzados a prostituirse en letras de molde.”
Interlínea es de ese tipo de proyectos que en esta época de “nuevas normalidades” se encuentra apto para funcionar sin empezar desde cero y para que eso sea posible me siento obligado a mencionar a la autora intelectual de este proyecto que se ha fortalecido con el tiempo: Sofía de la Mora Campos. Para acercarse a él puede hacerlo a través de la siguiente dirección: http://www.interlineaculturaeditorial.com.mx/es
De mis participaciones en Interlínea compartiré algunos fragmentos, editándolos desde luego, porque eso es lo que he hecho casi toda mi vida y ahora no me voy a detener.
La digitalidad en el sistema editorial. Del programa titulado Libro Electrónico, que tuvo como invitado a Alejandro Zénker, comenté: “Empiezo por una divergencia, digamos, de orden idiomático, es muy común llamarle ‘libros electrónicos’ a los que no son resultado de un proceso cuyo sustrato final sea el papel. A mí me parece que el nombre más correcto es: libros digitales. ¿Por qué? Porque los términos están más ligados a un proceso binario y finalmente eso es la digitalidad: el conjunto de operaciones entre unos y ceros que arrojan múltiples resultados en muchísimas actividades humanas. De hecho, los libros digitales tienen antecedentes en los libros impresos, porque para llegar a un libro impreso, en los últimos veinte, treinta y hasta cuarenta años, hubo procesos digitales que, aunque desembocaban en un sustrato de papel, ya estaban ligados a esa parte binaria, en la que tarde o temprano el sustrato final sería lo que conocemos como pantallas, desde pantallitas de celulares, hasta ‘pantallotas’ que parecen de autocinema”.
Proverbios al vuelo. Del programa titulado Gestión editorial, que tuvo como invitado a Julio Sanz Crespo, escribí lo siguiente y sin querer atrapé un refrán al vuelo: “Muchas veces me he preguntado si los proverbios, los aforismos, los pensamientos y hasta los conocidos refranes, son realizados exprofeso, es decir, como resultado de un complejo ejercicio de síntesis, o, por el contrario, son enunciados fulminantes extraídos de contextos verbales o gramaticales más extensos, pero con la suficiente carga semántica para operar de manera autónoma. Con el tiempo he llegado a la conclusión de que el origen de estas joyas proviene de dos o más campos operacionales. De hecho, hay lectores, y yo me incluyo en este segmento, que a veces sin desearlo y otras voluntariamente, vamos compendiando frases que podrían ser célebres o por lo menos sugerentes, en nuestros subrayados propios o de libros ajenos. Remataría esta colaboración con tres palabras de Julio Sáenz en la charla sostenida con Sofía de la Mora: ‘La tinta envenena’”.
¿Editores llorones o retozones? Del programa titulado Leer y jugar: comunidades escolares, que tuvo como invitado a José Antonio Paoli Bolio, dije: “Los editores discutimos mucho en nuestro quehacer el impacto salvajemente mutante de la tecnología; discutimos cómo nos afecta en nuestras formas aprendidas de recepción, corrección, diseño, puesta en página, distribución y gestión de lo que hacemos. Discutimos también que estas formas mutantes impiden la correcta planeación y procuramos adaptar y adoptar saberes adquiridos así como nuevas herramientas de trabajo y vincularnos con nuevos e indiscutibles actores y canales de amplificación y distribución de contenido.
Lo cierto es que una vez que hemos avanzado un trecho, surgen nuevas herramientas, dispositivos, programas y modos de almacenamiento que parecieran volver obsoletas las formas de trabajo aprendidas y aplicadas a estos nuevos proyectos. Si vemos esto como una condena al estilo de Sísifo, creo que estamos destinados al sufrimiento o al pesimismo; sin embargo, tenemos que cambiar el enfoque. El objetivo, ya lo sabemos, más que llegar a Itaca es disfrutar las aventuras del viaje y mientras las calamidades del editor llorón las leemos, las escuchamos y a veces hasta nos contagiamos de sus plañidos, personas como Toño Paoli nos descubren que el secreto está en la acción constructiva, en el viaje, pues.”
Del programa titulado El libro y sus orillas, que tuvo como invitado a Roberto Zavala, leí al aire: “¡Qué gusto escuchar en este programa a Roberto Zavala! Mi maestro, mi brody, mi sensei y el de muchos editores, correctores, diseñadores y alguno que otro impresor instruido que, aunque menos, todavía los hay. Sus trabajos, sus ejemplos, sus anécdotas del mundo editorial, siempre ilustrativas, muy frecuentemente con paradoja y albur incluido, son memorables por su aguda ironía, en la oficina o discusiones con otros colegas, cuando hay controversia, lo primero que hacemos es acudir a nuestro clásico de cabecera El libro y sus orillas, y lo que dice ahí despeja la duda y dirime la controversia; es más yo lo uso como un convincente revólver, cuando alguien me pide sin fundamento cambiar el orden de una cita o aumentar la tipografía porque se ve más bonita, desenfundo mi revólver y le muestro página y párrafo del libro de Roberto Zavala para decirle porqué las cosas son como son en la profesionalización editorial.
Si Roberto escribiera alguna vez las memorias que aluden a su trabajo desde la parte anecdótica estoy seguro que sería un libro muy sabroso que no tendría desperdicio, después de algunas ediciones y numerosas reimpresiones El libro y sus orillas dejó la UNAM y halló cobijo en una nueva y espléndida edición del Fondo de Cultura Económica que me obligará sin duda a cambiar mi viejo revólver, aunque todavía le quede mucho parque. ¡Felicidades Roberto!”
Del programa titulado Cultura lectora, que tuvo como invitada a Luz María Chapela (QDEP), interpreté lo siguiente: “Luz hablaba de lectura orgánica, y aquí sí creo interpretar bien su pensamiento, en nosotros habitan libros, autores, citas, respuestas que circulan por nuestro torrente sanguíneo y se integran a nuestros procesos sinápticos, a veces de manera muy consciente y otras sin darnos cuenta”.